Como bien saben ustedes, Eurolat nació hace ya 20 años, primero como una propuesta en Lima y luego posteriormente constituida en Bruselas en el año 2006 a partir de una intuición política, diría yo, y profundamente acertada, que la relación entre Europa y América Latina no podía depender únicamente de las coyunturas diplomáticas o de los baivenes políticos de los diferentes gobiernos, que no podía haber voluntad variable en esta relación y por eso se necesitaba una arquitectura política más estable, profunda, democrática con sus parlamentos. Por eso se creó este espacio parlamentario permanente, una manera de entender la política internacional, también la que compartimos hoy, no solo por nuestros vínculos económicos o históricos, sino una manera de ver el mundo basada en el diálogo, el derecho y la cooperación, que es la que nos reúne a todos nosotros. 20 años después, aquella decisión ha demostrado un enorme valor estratégico. Eurolat siguió reuniéndose cuando otras instancias birregionales dejaron de hacerlo. Mantuvo abierto el diálogo incluso momentos de distanciamiento político, diría yo, y preservó una relación birregional que hoy vuelve a adquirir una relevancia central en el escenario internacional.
Este aniversario, por tanto, no es únicamente una conmemoración institucional, es la prueba de que las relaciones construidas sobre intereses compartidos pueden fluctuar, pero las relaciones construidas sobre valores compartidos perduran y nosotros somos el vivo ejemplo de ello. Eso hoy adquiere una importancia especial en el mundo que tenemos hoy ante nosotros. El orden internacional basado en reglas construido tras la Segunda Guerra Mundial atraviesa probablemente su mayor momento de debilidad, fragilidad y repleto de fracturas. Seamos honestos.
Vivimos una etapa marcada por la competición geopolítica, el debilitamiento de las instituciones multilaterales y el regreso de lógicas de poder que creíamos superadas.
Observamos como el comercio, la energía, la tecnología o incluso las cadenas de suministro han dejado de ser únicamente instrumentos económicos para convertirse en instrumentos de influencia, de coerción, incluso en armas. La frontera entre economía y geopolítica prácticamente ha desaparecido. En ese contexto, Europa y América Latina tienen una responsabilidad compartida, porque ambas regiones siguen defendiendo una idea esencial, que los grandes desafíos del siglo XXI no pueden resolverse desde el repliegue nacional ni desde la confrontación permanente, ni el cambio climático y las desigualdades, la gobernanza económica, la inseguridad, las migraciones, la defensa de nuestras democracias. admiten respuestas aisladas o únicamente nacionales. Solo pueden afrontarse mediante cooperación, instituciones fuertes y respeto al derecho internacional.
Porque la alternativa al multilateralismo no es más libertad para nuestros países, es menos reglas. Y cuando desaparecen las reglas siempre se impone una lógica que es la lógica del más fuerte y una ley, la ley de la selva. Por eso la relación entre Europa y América Latina tiene hoy un valor que va mucho más allá de lo económico. Tiene un profundo significado político y estratégico para nuestros intereses en el mundo actual. Representamos conjuntamente más de 1000 millones de ciudadanos en sociedades diversas, democráticas, abiertas en un mundo, digámoslo también, con una creciente polarización, desinformación, desconfianza hacia las instituciones y el papel de los parlamentos vuelve a ser central. Eurolat demuestra algo muy importante, que es posible discrepar sin destruirse, debatir sin deslegitimar al adversario y cooperar sin renunciar a las convicciones propias.
Eso en el mundo actual no es una formalidad diplomática, diría yo, es una afirmación democrática y no es casualidad que esta reunión tenga lugar precisamente aquí en México. Quiero agradecer muy sinceramente al Senado Mexicano, a Beatriz, a la Cancillería, a todos los representantes del pueblo de México por su hospitalidad, su acogida, su compromiso con esta asamblea y con la relación birregional. Nos reunimos además en un momento muy importante para nuestras relaciones bilaterales después de la reciente cumbre México Unión Europea, después de 10 años en cumbres al más alto nivel y tras la firma de la modernización del acuerdo global Unión Europea México. Y conviene decirlo claramente, eso para nosotros, esa modernización de este importante acuerdo no es solo una importante herramienta comercial y económica, que también lo es. También es una declaración de principios, una instrumento geopolítico.
Europa necesita fortalecer relaciones con socios fiables, democráticos, estratégicos en un contexto internacional cada vez más incierto y fragmentado. Socios capaces de aportar estabilidad institucional, capacidad industrial, seguridad jurídica, cooperación tecnológica y una visión compartida sobre la apertura económica y el respeto a las reglas internacionales.
Por eso recientemente actualizamos el acuerdo con Chile. Por eso hemos firmado recientemente el acuerdo con Mercosur y por eso hemos modernizado el acuerdo global con México. México es una de las grandes potencias económicas del planeta, incrustada en las cadenas de valor de Norteamérica, puente con América Latina y con una relación fuerte y especial con Europa. una gran potencia industrial y exportadora, una democracia vibrante de más de 130 millones de habitantes y un actor con un gran peso diplomático internacional.
Pero México es mucho más que un socioeconómico para Europa. Es un país con una identidad extraordinariamente fuerte y sólida que reconocemos. Una sociedad que ha sabido combinar historia y modernidad, raíces culturales profundas, milenarias y ambición de futuro. Europa mira México con respeto porque compartimos principios esenciales. Compartimos el compromiso con el derecho internacional, la Carta de Naciones Unidas y con la defensa de la soberanía y la integridad territorial de los Estados. Creemos que la fuerza no puede convertirse en un mecanismo legítimo para resolver controversias. Es un mecanismo ilegítimo para resolver discrepancias o conseguir objetivos políticos por la fuerza. Lo defendemos en el este de Europa ante la agresión rusa contra Ucrania. Lo defendemos también en Oriente Medio, donde el sufrimiento humano exige una respuesta basada en el derecho internacional y la protección de la población civil. Y lo defendemos también en el Caribe o en cualquier lugar donde la paz, la legalidad internacional y la dignidad humana se vean amenazadas.
Quiero también reconocer aquí hoy el liderazgo de la presidenta Claudia Shimbaum Pardo. Su firmeza, su humanidad, su serenidad es una referencia hoy internacional. Su apuesta por la transición energética, por la modernización industrial, por una relación ambiciosa y constructiva con Europa que comprobamos en nuestra cumbre Unión Europea México, abre una etapa de grandes oportunidades compartidas.
Tenemos mucho por hacer juntos en innovación, en transición verde, en autonomía tecnológica, en cooperación industrial, en derechos sociales. Y si hay algo que expresa de manera singular la fuerza de México ante el mundo, es su cultura.
México puede ser una tradición intelectual, artística, literaria inmensa, una cultura capaz de interpretar las tensiones de la sociedad contemporánea con una enorme profundidad humana. Pienso, por ejemplo, en la obra de Fernando Melchar, que es una de mis autoras favoritas y en sus novelas Temporada de Huracanes o Paradise, donde aparecen la desigualdad, la violencia, los feminicidios, el miedo, la frustración, pero también la complejidad moral de sociedades que buscan una salida.
Y quizá ahí existe también una lección política importante para nuestro tiempo, porque las fracturas sociales ignoradas durante demasiado tiempo terminan convirtiéndose en profundas crisis políticas. La desigualdad permanente, la precariedad, la desinformación, la pérdida de expectativas no desaparecen solas, se acumulan y acaban incubando crisis de nuestras democracias aparecen quienes pretenden sustituir la complejidad por el odio, el pluralismo por el autoritarismo y la cooperación por el enfrentamiento. Por eso necesitamos más democracia, no menos más instituciones fuertes, no menos más cooperación internacional, no menos.
Gonzalo Celorio, recientemente reconocido con el premio Cervantes, ha trabajado en su obra sobre la memoria como una conversación permanente entre generaciones. Y creo que esa idea resulta especialmente pertinente hoy, porque las relaciones entre Europa y América Latina no pueden construirse ni desde la ignorancia, ni desde el reduccionismo, ni la confrontación.
Deben construirse desde la memoria, el respeto mutuo, la voluntad de comprendernos mejor. Los europeos y particularmente los españoles tenemos mucho que agradecer a México. Durante el siglo pasado, cuando Europa atravesaba algunos de los momentos más oscuros de su pasado y millones de personas eran perseguidas y sufrían la guerra, México abrió sus puertas a quienes huían del exilio, de la violencia y la persecución política. México ofreció refugio, dignidad y esperanza. Especialmente tengo un recuerdo hoy con el exilio republicano español.
Y esa memoria forma parte también de los cimientos morales de nuestra relación.
Ese espíritu de cooperación, de respeto, de construcción compartida es el que nos reúne hoy aquí. Diría, Europa necesita fortalecer sus relaciones con América Latina, no solo por interés económico, sino porque hay más regiones comparten una determinada visión del mundo, una visión basada en la democracia, la apertura, el diálogo, el derecho internacional. Y en un momento de creciente fragmentación global, esta alianza, Europa y América Latina, Europa y México, pueden convertirse en uno de los grandes espacios de estabilidad democrático del siglo XXI. Y estoy convencido de que desde esta asamblea, desde las instituciones mexicanas y europeas, desde el Parlamento Europeo, estaremos a la altura de esta responsabilidad. Muchas gracias.









