En un período en que el Perú buscaba recuperar la estabilidad tras años de tensiones políticas, el Ministerio de Cultura tuvo una idea visionaria: reunir en un mismo espacio al Perú que crea con las manos, con el ingenio y con la tradición.
Con el nombre de Ruraq Maki «hecho a mano», en quechua, nació un proyecto que, con el paso del tiempo, se convertiría en una de las iniciativas culturales más importantes del país.
Recuerdo haberlo visitado siempre en la sede del Ministerio de Cultura, en la avenida Javier Prado. Allí se daban cita artesanos provenientes de todas las regiones del Perú, inicialmente seleccionados directamente por la organización. Más adelante se incorporaron concursos y procesos de selección que permitieron ampliar la participación y reconocer la excelencia del trabajo artesanal. Desde entonces, Ruraq Maki se ha consolidado como una cita imprescindible que acompaña cada año las celebraciones de Fiestas Patrias.
Cada edición presenta una configuración diferente. Esa capacidad de renovarse es, precisamente, una de sus mayores fortalezas. Este año marca además un nuevo paso en su evolución: por primera vez la muestra adquiere un carácter internacional con la participación de artesanos provenientes de Ecuador, ampliando el diálogo entre las tradiciones artesanales de los países andinos.
La distribución de los expositores también ha cambiado. En esta edición todos se encuentran reunidos en el primer piso, una decisión que facilita el recorrido del visitante y permite apreciar con mayor comodidad la extraordinaria diversidad de técnicas, materiales y expresiones culturales presentes en un mismo espacio.
El Estado ofrece a cada artesano el lugar donde exponer. Todo lo demás, el traslado, la organización, la presentación de las piezas y el esfuerzo comercial, corre por cuenta de quienes hoy podríamos definir como artesanos-empresarios. Conservan el saber heredado de generaciones anteriores, pero al mismo tiempo asumen el desafío de comercializar sus creaciones y abrir nuevos mercados sin perder su identidad.
La verdadera riqueza de Ruraq Maki no reside únicamente en la calidad de los objetos que allí se exhiben. Su mayor fortaleza es mostrar un Perú profundamente diverso, donde cada pieza refleja la historia, la cultura y la identidad de la comunidad que la creó.
Personalmente, uno de los aspectos que más me fascina es el encuentro con las personas. En esta edición conocí a una amable artesana cusqueña, que conversaba naturalmente en su lengua originaria y también en castellano. Llevaba el rostro decorado con pinturas tradicionales y, al preguntarle cómo debían aplicarse, respondió con una sonrisa: «Como a usted le guste; puede ser con rayas o con puntitos.»

Su respuesta resumía, con una sencillez encantadora, el espíritu de Ruraq Maki: una tradición viva que conserva sus raíces, pero que también deja espacio a la creatividad y a la expresión personal. Son las representantes de la Asociación de Artesanos Mañanka de Matsigenka-Cusco.
Los sombreros, el señor Abelardo me hizo una reflexión que me sorprendió. Me explicó que el tradicional sombrero había dejado de despertar el interés de muchos visitantes porque, según él, en los últimos años algunas personas comenzaron a asociarlo con determinadas figuras políticas. Miré los sombreros cuidadosamente alineados en su puesto. Permanecían allí, silenciosos, esperando un comprador. Pensé entonces que, cuando la política se apropia de un símbolo cultural, no solo cambia su significado: también puede alejar a quienes antes lo reconocían como parte de su identidad. Aun así, regresaré. Uno de esos sombreros me ha conquistado.
Las cerámicas desde Piura, con su significación cultural, vasos ya sea para colocar velas, como para colocar flores, se unen a la cerámica de Lima, tan llena de colores como la de «Arte y Barro Perú», sólo alegría.

Otra tradición que ha logrado mantenerse viva gracias a la transmisión del conocimiento entre generaciones y al acompañamiento de proyectos impulsados por la UNESCO es la cerámica de la Comunidad de Checca Pupuja, en la provincia de Azángaro, Puno. Sus célebres toros y caballos fueron popularizados con el nombre de «Toritos de Pucará», denominación que se difundió porque durante décadas eran comercializados en la estación ferroviaria de Pucará, situada a pocos kilómetros de la comunidad.
La tradición alfarera de Checca Pupuja se remonta a finales del siglo XIX y conserva un rasgo distintivo que sus artesanos reivindican con orgullo: cada pieza es modelada íntegramente a mano, sin utilizar moldes. El maestro ceramista Ignacio Quispe nos muestra uno de sus toritos y explica que su producción alcanza apenas cuatro piezas al día, testimonio del tiempo, la dedicación y el conocimiento que exige cada obra. Durante nuestro encuentro también nos presentó el libro publicado por el Ministerio de Cultura dedicado a la cerámica de Checca Pupuja, una expresión artística que continúa fortaleciendo la identidad cultural del altiplano peruano.

Veinte años después de su creación, Ruraq Maki ha demostrado que es mucho más que una exposición de artesanía. Es un espacio de encuentro donde el Perú se reconoce a sí mismo a través de sus creadores. Detrás de cada tejido, cada pieza de cerámica, cada joya de plata o cada piedra tallada hay una familia, una comunidad y un conocimiento transmitido durante generaciones. Lo cual nos hace recordar que el Perú no es una sola cultura, sino un mosaico extraordinario de pueblos, lenguas, técnicas, materiales y formas de entender la belleza. Un patrimonio vivo que continúa reinventándose sin perder sus raíces y que encuentra, en este espacio, un lugar donde dialogar con el presente y proyectarse hacia el futuro.
Asimismo, nos invita a reflexionar sobre cuán fuerte es esta cultura peruana que después de 291 años de España sigue hablando quechua, cultiva su cultura, mantiene sus costumbres, invita también a reflexionar sobre el papel que estos maestros artesanos pueden desempeñar en el Perú del siglo XXI. Su conocimiento original, su creatividad y su relación respetuosa con la naturaleza constituyen un patrimonio vivo que puede inspirar nuevas formas de desarrollo y proyectar al país ante el mundo.
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