Soberanía real y el fin de los tutelajes: ¿Por qué América Latina debe recuperar su destino?

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A veces uno se sienta frente al televisor o revisa las redes sociales y siente que el guion ya está escrito en algún despacho refrigerado de Ginebra o Washington. Como sociólogo, pero sobre todo como peruano que camina las calles, me asalta una duda constante: ¿en qué momento cedimos la llave de nuestra casa a cambio de promesas de papel? Hablo de esa red invisible, pero asfixiante, de tratados internacionales que, bajo el barniz de la «fraternidad global», terminan convirtiéndose en camisas de fuerza para el desarrollo de naciones como la nuestra.

El Perú, y por extensión buena parte de nuestra sufrida pero resiliente América Latina, vive hoy una paradoja. Somos repúblicas independientes en el mapa, pero en la práctica, nuestras decisiones más críticas —desde cómo manejamos nuestra justicia hasta cómo explotamos nuestros recursos para salir de la pobreza— están condicionadas por organismos que nadie eligió en las urnas. Es hora de hablar, sin complejos y con la frente en alto, sobre las ventajas de recuperar nuestra autonomía. No se trata de aislarnos, sino de madurar. De entender que el verdadero progreso nace de la libertad individual y el respeto a la propiedad, no de manuales ideológicos disfrazados de convenios humanitarios.

El mito del consenso y la trampa de la supranacionalidad

Durante décadas nos vendieron la idea de que firmar cada tratado que se nos ponía enfrente era el certificado de entrada a la civilización. «Si no firmas, eres un paria», nos decían. Pero miremos el resultado. Muchos de estos acuerdos, especialmente aquellos que tocan temas de justicia y derechos sociales mal entendidos, se han transformado en herramientas de presión política. Han servido para proteger a quienes vulneran el orden público y para maniatar a las fuerzas del orden que intentan protegernos.

Cuando un país como el Perú decide, por ejemplo, que es momento de imponer mano dura contra la criminalidad que desangra nuestras esquinas, salta un comité internacional a decirnos que «así no se puede». Me pregunto: ¿esos burócratas caminan por San Juan de Lurigancho o por los cerros de Villa María del Triunfo? No. Ellos dictan cátedra desde distancias seguras, mientras el ciudadano de a pie vive preso en su propia casa. Retirarse de ciertos tratados, como la cuestionada competencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en puntos específicos, no es un ataque a la humanidad; es un acto de legítima defensa de nuestra soberanía judicial. Es devolverle al Estado la capacidad de ejercer autoridad real.

La libertad económica como único motor

Hablemos de lo que realmente llena la olla: el mercado. La historia no miente, aunque algunos se empeñen en reescribirla. Los países que prosperan son aquellos que protegen la inversión, reducen el tamaño del Estado y permiten que el ingenio individual vuele sin trabas. Sin embargo, nos encontramos con tratados ambientales o laborales que parecen diseñados para que los países en vías de desarrollo jamás dejen de ser eso, «en vías de».

Son regulaciones que imponen estándares europeos a realidades andinas o selváticas. Es como pedirle a un corredor que apenas está comprando sus zapatillas que compita con los mismos lastres que alguien que ya tiene todo el equipo de alta gama. Al desvincularnos de normativas internacionales que asfixian la explotación responsable de recursos, abrimos la puerta a una bonanza necesaria. El Perú es un país minero, agrícola y emprendedor por naturaleza. Cada traba impuesta por un organismo externo es un puesto de trabajo menos para un joven que hoy piensa en irse porque aquí siente que «no lo dejan ser».

El beneficio de recuperar esta autonomía económica es inmediato: predictibilidad. Cuando las reglas del juego las ponemos nosotros, pensando en nuestro crecimiento y no en quedar bien con una agenda globalista, el inversor serio llega. El capital huye de la incertidumbre ideológica, pero ama la soberanía firme que respeta el derecho de propiedad y la libertad de empresa.

El valor de la identidad frente al uniformismo global

Hay algo profundamente humano en querer ser dueños de nuestro destino. América Latina tiene una herencia riquísima de valores tradicionales, de familia y de fe, que a menudo chocan frontalmente con las agendas que estos tratados internacionales intentan imponer por la puerta trasera. Se nos imponen visiones del mundo que nos resultan ajenas, transformando nuestras leyes en experimentos de ingeniería social.

Recuerdo conversar con colegas en diversos foros donde el discurso imperante es siempre el mismo: «el Estado debe proveer», «el tratado tal obliga a…». Es un pensamiento que infantiliza al ciudadano. La verdadera oportunidad para la derecha moderna en nuestra región radica en rescatar al individuo. Al salir de estas estructuras supranacionales que uniformizan el pensamiento, devolvemos la discusión a la plaza pública local. Que sean los peruanos, en su diversidad y con sus valores, quienes decidan su modelo educativo y social.

El retiro de tratados que lesionan la identidad nacional permite fortalecer las instituciones propias. En lugar de mirar hacia afuera buscando validación, empezamos a fortalecer nuestro Poder Judicial, nuestra Policía y nuestras Fuerzas Armadas. La confianza no se importa; se construye barriendo la casa por dentro.

El costo de la inacción y la oportunidad del cambio

¿Qué perdemos si seguimos así? Perdemos tiempo, y el tiempo en economía es sangre. Cada año que pasamos sometidos a cortes internacionales que tienen una clara inclinación a favorecer visiones colectivistas y garantistas extremos para el delincuente, es un año perdido para la seguridad ciudadana. Y sin seguridad, no hay inversión. Sin inversión, no hay empleo. Es un círculo vicioso que solo se rompe con un acto de voluntad política valiente.

Miremos ejemplos cercanos sin miedo. Aquellos que han decidido poner su soberanía por encima de las presiones externas suelen ser criticados por la prensa internacional, pero celebrados por sus pueblos que ven, finalmente, resultados concretos en el orden público. El beneficio es un país donde se puede caminar tranquilo, donde el criminal sabe que la ley se aplica y donde el empresario sabe que su esfuerzo no será confiscado por un capricho legislativo dictado desde el extranjero.

Una reflexión necesaria sobre el Perú

En nuestro país, el debate sobre el retiro de ciertos convenios siempre se tiñe de un dramatismo innecesario. Nos dicen que si nos salimos del Pacto de San José, por poner un ejemplo recurrente, nos convertiremos en una dictadura. Nada más alejado de la realidad. El Reino Unido salió de la Unión Europea para recuperar su capacidad de legislar y nadie diría que dejaron de ser una democracia ejemplar. El autogobierno es la máxima expresión de la libertad.

Para el Perú, recuperar la autonomía total significa poder reformar nuestra Constitución para hacerla aún más amigable con el desarrollo, sin el temor de que un tribunal internacional nos sancione por querer progresar. Significa que nuestras sentencias judiciales sean firmes y finales, sin instancias externas que las dilaten por décadas, generando una sensación de impunidad que corroe el alma nacional.

Es momento de apostar por un modelo donde el mérito valga más que el subsidio, donde la libertad de expresión no esté limitada por «códigos de conducta» internacionales y donde la propiedad privada sea sagrada. Esa es la verdadera ventaja de sacudirse el polvo de los tratados que ya no nos sirven.

Conclusión: Hacia una nueva independencia

No estamos ante una cuestión de odio al mundo, sino de amor propio. América Latina ha pasado demasiado tiempo buscando aprobación externa mientras sus pueblos sufren por la falta de seguridad y oportunidades. El giro hacia políticas de soberanía, defensa de la propiedad y libertad individual es la única salida real al estancamiento.

Retirarse de tratados internacionales obsoletos o sesgados es un paso hacia la madurez política. Es aceptar que nadie cuidará mejor de nuestros intereses que nosotros mismos. Es abrir la puerta a un futuro donde el Perú no sea un seguidor de agendas, sino un líder de su propio desarrollo. Al final del día, lo que queda no son los aplausos en un salón de conferencias en Ginebra, sino la prosperidad y la paz en los hogares de cada peruano. Y ese es un beneficio que ningún tratado internacional ha logrado darnos por sí solo. Es hora de recuperar el timón.