SS Padre León XIV visita la Academia Eclésica Potificial

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VISITA A LA ACADEMIA ECLÉSICA PONTIFICIAL

DISCURSO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
A LA COMUNIDAD DE LA ACADEMIA ECLÉSICA PONTIFICIAL
CON MOTIVO DEL 325 ANIVERSARIO DE SU FUNDACIÓN

Academia Eclesiástica Pontificia
Lunes, 27 de abril de 2026

 

Su Eminencia,
Sus Excelencias,
Estimados Superiores y Exalumnos de la Pontificia Academia Eclesiástica:

Me complace realizar mi primera visita como Romano Pontífice a esta antigua y noble institución, con motivo del jubileo de su 325.º aniversario. Ya hace algunos años, cuando vine aquí como Prefecto del Dicasterio para los Obispos, en el marco de los encuentros ofrecidos a los Exalumnos, tuve la oportunidad de reflexionar sobre la misión esencial de la Alma Mater de los Diplomáticos Pontificios. Hoy, casi un año después del inicio de mi ministerio petrino, acompañado por el diligente compromiso de la Secretaría de Estado y las Representaciones Pontificias, esos sentimientos se han confirmado. Por lo tanto, contemplo con profunda gratitud la historia de dedicación y servicio que este gozoso aniversario celebra.

Esta historia —arraigada en la misma catolicidad de la Iglesia— ha visto, a lo largo de los siglos, una cadena ininterrumpida de sacerdotes de diversas partes del mundo, que han contribuido con sus humildes esfuerzos a la construcción de esa unidad en Cristo que, a pesar de sus diversos orígenes, hace de la comunión una característica fundamental del servicio diplomático de la Santa Sede. Las reformas —la última de las cuales fue encargada por mi inmediato predecesor, de venerada memoria— siempre han tenido como objetivo preservar esta característica distintiva y constitutiva de la acción de nuestra diplomacia, llamada diariamente a orar y trabajar «para ser» (Jn 17,21).

En particular, los recientes cambios en diversos aspectos de la formación académica e intelectual han otorgado a la Institución la autonomía necesaria para renovar el marco de estudio de las disciplinas de derecho, historia, ciencia política y economía, así como el de las lenguas utilizadas en las relaciones internacionales. Quisiera reiterar, sin embargo, que la reforma más importante que se exige a quienes cruzan el umbral de esta Comunidad es un ejercicio constante de conversión, orientado a cultivar la cercanía, la escucha atenta, el testimonio, la fraternidad y el diálogo […] combinados con humildad y mansedumbre (Francisco, El Ministerio Petrino, 25 de marzo de 2025): virtudes que deben impregnar todo su ministerio sacerdotal.

La reunión de hoy, en esta Casa que ha contribuido al crecimiento intelectual, humano y espiritual de numerosos santos y beatos —entre ellos algunos de mis ilustres predecesores—, me brinda la oportunidad de esbozar con ustedes algunas de las características del sacerdote diplomático papal que, participando del ministerio del Sucesor de Pedro, abraza y cultiva una vocación especial al servicio de la paz, la verdad y la justicia.

Debe ser, ante todo, mensajero del mensaje pascual: «¡La paz sea con ustedes!» (Jn 20,19). Incluso cuando las esperanzas de diálogo y reconciliación parecen desvanecerse, y la paz «tal como la da el mundo» es pisoteada y puesta a prueba severamente, estás llamado a seguir llevando a todos las palabras de Cristo Resucitado: «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn 14,27). E incluso antes de intentar construirla con nuestros propios y modestos esfuerzos, ante aquellos que no la buscan como un don de Dios, tu misión te llama a ser «puentes» y «canales» para ella, para que la gracia que viene del cielo encuentre su camino a través de los pliegues de la historia.

El diplomático papal, pues, —trabajando en los contextos culturales más diversos y en organizaciones internacionales— está llamado particularmente a dar testimonio de la Verdad que es Cristo, llevando su mensaje a la asamblea de las naciones y convirtiéndose en un signo de su amor por esa parte de la humanidad confiada a su misión como pastor, incluso antes que a la de diplomático. Como tuve ocasión de señalar a principios de este año al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, hoy es urgentemente necesario que «las palabras vuelvan a expresar inequívocamente ciertas realidades», porque «solo así podrá reanudarse un diálogo auténtico, libre de malentendidos» (Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 9 de enero de 2026). Por ello, también es importante que lleven al mundo la Palabra de Vida, que se reveló no mediante la afirmación de principios e ideas abstractas, sino al encarnarse.

Finalmente, se están preparando para llevar a cabo un ministerio particular, que implica no solo salvaguardar el bien de la comunidad católica, sino de toda la familia humana que habita una nación o participa en los órganos de diversas organizaciones internacionales. Esto les exige ser promotores de todas las formas de justicia que ayuden a reconocer, reconstruir y proteger la imagen de Dios impresa en cada persona.  En la defensa de los derechos humanos —entre los que destacan los derechos a la libertad religiosa y a la vida—, les exhorto a seguir marcando el camino, no mediante la oposición y la reivindicación, sino mediante la protección de la dignidad de la persona, el desarrollo de los pueblos y las comunidades, y la promoción de la cooperación internacional. Estas son las únicas herramientas que nos permiten emprender auténticos caminos de paz.

Queridos Superiores y Estudiantes, en un mundo marcado por las tensiones, que parece hacer del conflicto la única vía para abordar las necesidades y preocupaciones, nuestra capacidad para dedicarnos al diálogo, la escucha y la reconciliación puede parecer insuficiente, a veces incluso inútil. ¡Esto no debe desanimarnos! Sigamos invocando con confianza y sin temor el don de la paz que Cristo nos ofrece. Tengan la seguridad de que su generoso ministerio, en todo momento y lugar, siempre será un medio para promover y salvaguardar la dignidad de cada hombre y mujer, creados a imagen y semejanza de Dios, y para impulsar el bien común.

Con estos deseos y con benevolencia paternal, invoco sobre cada uno de ustedes y sobre el futuro de la Pontificia Academia Eclesiástica, por la intercesión de la Santísima Virgen María y de San Antonio Abad, su Patrono, la Bendición Apostólica.