Construir y destruir ¿de que parte estás?

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Recuerdo mi último año universitario en la Universidad de San Marcos, en Lima, Perú.

Los grupos comunistas hablaban continuamente de desigualdad y justicia social. Sin embargo, mi experiencia fue muy distinta. La desigualdad que yo veía no provenía de los discursos, sino de los daños concretos que producían quienes decían combatirla. Rompían salones, bancas y vidrios de la universidad. Impedían el ingreso a las clases. Interrumpían a los profesores. Mientras algunos estudiantes intentábamos estudiar y aprovechar una oportunidad que para muchos era difícil de alcanzar, otros dedicaban su tiempo en marchas, consignas y acciones que terminaban deteriorando la propia universidad. He comprendido que aquellos episodios dejaron una huella más profunda de lo que imaginaba.

Este sábado lo descubrí, esta vez en Milán, Italia.

Había pasado la tarde en la Gallerie d’Italia, participando en un seminario sobre la prescripción del arte, una propuesta que reflexiona sobre la capacidad del arte para contribuir al bienestar de las personas. Al concluir el encuentro me dirigí hacia la parada del tranvía para regresar a casa. Fue entonces cuando escuché unos sonidos que reconocí inmediatamente.
No vi nada. Lo escuché.

A lo lejos llegaban voces, golpes, una vibración particular del ambiente. Alrededor mío, los turistas seguían caminando, tomándose fotografías, conversando o disfrutando un helado. Nadie parecía especialmente preocupado. Yo aceleré el paso. Cuando llegué a la parada del tranvía encontré a numerosas personas esperando.
—¿Desde hace cuánto tiempo esperan?
—Media hora.
No hice más preguntas. Continué caminando, crucé el centro y seguí avanzando hasta encontrar una ruta alternativa para volver a casa. Durante el trayecto comprendí algo. Aquello que para muchos era apenas ruido de fondo, para mí era otra cosa. La memoria también escucha. Existen sonidos, olores, movimientos colectivos y tensiones ambientales que permanecen archivados en algún lugar del subconsciente. Quienes han vivido situaciones conflictivas los reconocen antes de que aparezcan las explicaciones. No porque posean información privilegiada. No porque sean más inteligentes. Simplemente porque ya estuvieron allí.

Horas más tarde pensé en el contraste vivido esos días.

Había pasado parte de la semana en el MADEBACK Festival observando a estudiantes que aprendían técnicas de reparación textil. Vi a una profesora japonesa transmitir el arte del sashiko. Vi a una estudiante llegada desde Sevilla para un intercambio académico descubrir nuevas formas de reutilización y diseño. Vi jóvenes construyendo. Construyendo conocimientos, relaciones, creatividad y futuro.

Y pocas horas después aparecía ante mí la imagen contraria.

Destruir. Romper un escaparate requiere segundos. Diseñar un proyecto requiere meses. Romper una banca exige un instante. Construir una universidad exige generaciones. Interrumpir una clase requiere un grupo. Formar un estudiante requiere años.

Quizás por eso sigo pensando que el verdadero conflicto de nuestro tiempo no es únicamente político. Es cultural. Es una elección permanente entre construir y destruir.

Vivimos además en una época dominada por la imitación inmediata y por la amplificación constante de las redes sociales. Jóvenes muy jóvenes, a veces casi niños, observan lo que ocurre en otras ciudades y otros países, adoptan lenguajes, símbolos y formas de actuación que circulan a una velocidad inédita. La sensación de anonimato que proporciona el grupo y la exhibición digital puede alimentar una percepción de invulnerabilidad propia de la edad, sin una reflexión suficiente sobre las consecuencias de los propios actos.

Lo que más me sorprendió al leer las noticias posteriores fue comprobar que junto a las consignas y la protesta aparecieron también actos de saqueo. Algunos jóvenes no sólo dañaron escaparates y mobiliario urbano, sino que aprovecharon el caos para apropiarse de productos de su interés. Cuando la destrucción se combina con el beneficio personal, resulta difícil seguir hablando únicamente de protesta.

Entre la reivindicación y el saqueo existe una diferencia fundamental. La primera pretende transmitir un mensaje; el segundo aprovecha el desorden para obtener una ventaja individual.

Europa atraviesa tensiones que no deberían ignorarse. Las ciudades perciben cambios, incertidumbres y conflictos que generan preocupación en muchos ciudadanos. Pero más allá de cualquier análisis ideológico, sigo creyendo que la pregunta fundamental permanece intacta.

¿Qué hacemos con aquello que recibimos? ¿Lo mejoramos o lo deterioramos? ¿Lo cuidamos o lo rompemos? ¿Lo transmitimos enriquecido a la siguiente generación o lo entregamos más pobre de lo que lo encontramos?

Tal vez por eso me impresionó tanto el sashiko.

Porque su filosofía consiste exactamente en lo contrario de la destrucción. Cuando una tela se rompe, no se tira. Se repara. Cuando aparece una herida, no se oculta. Se cose. La marca permanece visible, pero transformada en parte de una nueva historia.

Quizás las sociedades también necesitan aprender esa lección, sobre todo las familias de los tantos menores de edad que deberán quitar la evasión del celular de sus hijos, que sean responsables por los daños causados, reparar con un ajuste del principio de autoridad. Siempre y cuando, los padres decidan de que parte quieren estar.

El movimiento 17 octubre ha comunicado, en su cuenta Instagram, que repetirán todos los sábados la escena.