
A veces, mientras camino por el centro de Lima y observo el bullicio de los comerciantes, los estibadores y ese ingenio casi eléctrico del peruano que se las busca solo, me asalta una reflexión recurrente. ¿Cómo es posible que, viendo esa energía vital, todavía existan quienes insisten en que un burócrata sentado en un despacho ministerial sabe mejor qué le conviene a esa gente que ellos mismos? Como sociólogo, uno aprende a leer las estructuras, pero como periodista me toca ver la realidad cruda. Y la realidad es tozuda: cada vez que el Estado mete la mano para «planificar» la felicidad, termina repartiendo escasez. En cambio, cuando se deja que la libertad económica respire, el país vuela.
No es una cuestión de teorías abstractas de pizarrón. Es algo que sentimos en el bolsillo y en la mesa familiar. El liberalismo económico, a menudo caricaturizado por quienes prefieren el control social, no es otra cosa que el reconocimiento de la dignidad humana: tú eres dueño de tu esfuerzo, de tu propiedad y de tus sueños. Frente a esto, el modelo de intervención estatal se presenta siempre con un rostro amable y protector, pero debajo de esa máscara suele esconderse una maquinaria que asfixia la creatividad y condena a los pueblos al estancamiento.
El mito del «Estado presente» y la realidad de la asfixia
Nos han vendido durante años la idea de que un Estado hipertrofiado es la red de seguridad que todos necesitamos. Pero seamos sinceros: en América Latina, ese «Estado presente» ha sido, históricamente, un Estado estorboso. La intervención no es otra cosa que la sustitución de millones de decisiones individuales por la decisión de un pequeño grupo de «iluminados» que creen tener la brújula moral del mercado.
Cuando el Estado interviene precios, cuando impone aranceles absurdos para proteger a industrias ineficientes o cuando crea empresas públicas que solo sirven para colocar a los amigos del régimen de turno, está robándole el futuro al ciudadano de a pie. El modelo intervencionista parte de una premisa arrogante: que el mercado es un caos que necesita ser domesticado. Pero el mercado no es un ente abstracto; el mercado somos tú, yo, el panadero de la esquina y el agroexportador de Ica intercambiando bienes de manera voluntaria.
La estabilidad que ofrece el liberalismo no es la paz de los cementerios que ofrecen los regímenes que lo controlan todo, sino la estabilidad de las reglas claras. Cuando hay propiedad privada respetada y libertad de empresa, el emprendedor sabe a qué atenerse. Sabe que si se esfuerza y asume riesgos, el fruto de su trabajo no le será arrebatado por un plumazo legislativo bajo el pretexto del «bien común», ese concepto tan elástico que sirve para justificar cualquier atropello.
La falacia de la redistribución frente a la creación de riqueza
Hay un discurso muy ensayado que dice que el problema de nuestras naciones es la distribución. «Hay que repartir la torta», gritan en las plazas. Pero nadie se pregunta quién cocina la torta. El intervencionismo se obsesiona con el reparto de lo existente, olvidando que la riqueza no es una cantidad fija que cae del cielo, sino algo que se crea.
La mentalidad colectivista, esa que siempre busca culpables externos para nuestros fracasos, prefiere un país de dependientes de bonos que un país de propietarios. Y ahí radica la gran oportunidad del modelo de libertades: transformar al ciudadano de súbdito a protagonista. El liberalismo económico es, en esencia, profundamente democrático. En el mercado, cada vez que compras algo o decides no hacerlo, estás votando. Estás premiando la eficiencia y castigando el mal servicio. En el modelo estatal, en cambio, si el servicio es malo, te aguantas, porque no tienes otra opción.
Pensemos en la experiencia peruana de las últimas décadas. A pesar de nuestras crisis políticas, lo que ha mantenido el barco a flote ha sido ese núcleo de libertad económica que se blindó en los años noventa. Esa autonomía del Banco Central y ese respeto básico por el libre comercio nos permitieron reducir la pobreza de una manera que ningún programa asistencialista hubiera soñado jamás. La riqueza no se decreta; se genera quitando las trabas que impiden que el talento florezca.
La propiedad privada: el muro de contención contra el autoritarismo
No hay libertad política sin libertad económica. Es una verdad que muchos prefieren ignorar. Cuando el Estado se convierte en el único empleador, en el único proveedor y en el único juez de lo que es «estratégico», la libertad individual desaparece. Si dependen del Estado para comer, no eres libre de criticarlo. Por eso, defender el libre mercado es, en última instancia, defender la democracia real.
La propiedad privada es mucho más que tener una casa o un terreno; es el espacio sagrado donde el individuo es soberano. Los modelos intervencionistas siempre empiezan atacando la propiedad, a veces de forma directa con expropiaciones, y otras de forma sibilina con impuestos confiscatorios que desincentivan la inversión. Pero miremos a nuestro alrededor: ¿dónde vive mejor la gente? ¿En los países que respetan el capital y la iniciativa privada o en aquellos donde el Estado decide quién puede importar un repuesto o cuántos dólares puede comprar un ciudadano? La respuesta es tan obvia que asusta que todavía tengamos que debatirla.

La eficiencia del sector privado frente al elefante blanco estatal
Se suele decir que el sector privado es egoísta. Yo prefiero decir que es responsable. Un empresario que gestiona mal su dinero, quiebra. Un burócrata que gestiona mal el dinero de los impuestos, simplemente pide más presupuesto. Esa falta de incentivos en el modelo de intervención estatal es lo que genera esos servicios públicos deplorables que todos conocemos.
El liberalismo propone algo revolucionario para nuestras tierras: la competencia. La competencia obliga a mejorar, a bajar precios, a innovar. Cuando el Estado monopoliza sectores, la innovación muere. ¿Para qué esforzarse si el cliente no tiene a dónde ir? En el Perú hemos visto cómo la apertura de telecomunicaciones, por ejemplo, transformó un servicio que era un lujo para pocos en una herramienta cotidiana para todos. Eso no lo hizo la planificación estatal; lo hizo la libertad de entrada a nuevos competidores.
El reto cultural: desaprender el estatismo
El gran triunfo de las corrientes colectivistas no ha sido económico, sino cultural. Han logrado sembrar la idea de que el éxito es sospechoso y que la ganancia es un pecado. Han convencido a muchos de que el Estado es un «papá» bondadoso que siempre estará ahí. Pero ese papá está quebrado y nos pasa la cuenta cada vez que vamos al mercado y vemos que la inflación (hija predilecta del gasto público descontrolado) devora el salario.
Es momento de una derecha que no pida perdón por defender el mercado. Una derecha que hable de oportunidades, no de privilegios. La verdadera oportunidad está en la desregulación, en bajarle el peso de la mochila al que quiere poner una bodega, una textilera o una app de servicios. El modelo intervencionista es el modelo de los privilegios: beneficia a los que tienen acceso al poder para conseguir permisos especiales. El liberalismo, en cambio, abre la cancha para todos.
La estabilidad no es estática
Se confunde a menudo la estabilidad económica con la inmovilidad. Pero la estabilidad que ofrece el modelo de libertades es dinámica. Es la capacidad de adaptarse a los cambios globales. Mientras que los modelos de intervención estatal suelen ser rígidos y colapsan cuando el precio de un «commodity» baja, las economías libres tienen la flexibilidad para reinventarse.
El Perú tiene una herencia de resiliencia envidiable. El emprendedor peruano es liberal por instinto, aunque a veces no use la etiqueta. Es alguien que cree en su esfuerzo, que cuida su mercadería y que busca lo mejor para sus hijos. Ese es el motor que debemos potenciar. Menos trámites, menos impuestos asfixiantes y más respeto por el contrato. Si algo hemos aprendido de la historia reciente de nuestra región, es que los experimentos de control estatal terminan siempre en migración masiva y desolación.
Reflexiones desde la sociología del éxito
Mirando hacia el futuro, el desafío es consolidar esta mentalidad. No podemos permitir que el relato del resentimiento gane la partida. El intervencionismo se alimenta del conflicto; necesita enemigos (el empresario, el imperio, la banca) para justificar sus fracasos. El modelo de libertad económica, por el contrario, se alimenta de la cooperación voluntaria. Nadie te obliga a comprar un teléfono de marca X; lo haces porque consideras que te da valor. Esa cooperación es el pegamento social más fuerte que existe.
A veces me pregunto si seremos capaces de dar el salto definitivo hacia el desarrollo. La respuesta está en si nos atrevemos a soltar la mano del Estado y confiar en nosotros mismos. El beneficio de un modelo de derecha económica no es que los ricos sean más ricos, sino que los pobres dejen de serlo y se conviertan en una clase media pujante, propietaria y con voz propia. Esa es la verdadera revolución, la que no necesita fusiles ni consignas vacías, sino solo un marco legal que proteja la libertad de trabajar en paz.

El papel de la ética en el mercado libre
Muchos críticos dicen que el liberalismo carece de alma. Se equivocan. El mercado libre requiere de una ética profunda: el respeto a la palabra empeñada, el cumplimiento de los contratos y la responsabilidad individual. En el modelo intervencionista, la ética se diluye en la burocracia; «no es mi culpa, es el sistema», dicen los funcionarios. En libertad, tú eres responsable de tus actos. Y esa responsabilidad es la que construye ciudadanos de verdad, no dependientes.
Para el Perú, el camino es claro. Tenemos los recursos y, sobre todo, tenemos la gente. Solo nos falta sacudirnos ese complejo de inferioridad que nos hace pensar que necesitamos a un gobernante «fuerte» que controle la economía. La economía más fuerte es la que está en manos de ciudadanos libres.
Conclusión: la libertad como único destino posible
En definitiva, no estamos ante una elección técnica, sino ante una elección de vida. ¿Queremos ser un país que mendiga favores al poder político o un país que crea valor para el mundo? El modelo de intervención estatal ha demostrado su obsolescencia en todos los rincones del planeta donde se ha aplicado. Solo ha dejado tras de sí burocracias obesas y pueblos hambrientos.
El liberalismo económico, con todas sus imperfecciones porque es una obra humana, es el único sistema que ha logrado sacar a miles de millones de la pobreza extrema en un tiempo récord. En el Perú, es la garantía de que el esfuerzo de nuestros padres no se pierda en la siguiente crisis inflacionaria provocada por un populista con ínfulas de economista.
Recuperar la fe en la libertad, en la propiedad privada y en el mercado es el acto más rebelde y necesario que podemos hacer hoy. Es hora de dejar atrás los cuentos de camino del colectivismo y abrazar la madurez de la responsabilidad individual. Porque, al final del día, la mejor política social es un empleo productivo, y eso solo lo crea la libertad.









