A la escandalosa suma de errores y/o delitos de alguno de nuestros cardenales, obispos, sacerdotes y diáconos; en los días recién pasados, y gracias al Periodismo, se ha tomado conocimiento de la existencia de verdaderas mafias de sacerdotes pedófilos; y de la total inepcia de su obispo para sancionarlos. Como era de suponer, ello ha aumentado en la Opinión Pública un anti catolicismo vociferante y hasta militante.

La verdad es que en general, esa Opinión Pública, – e incluso muchos sedicentes católicos-, mal conocen lo que es la Santa, Católica, Apostólica y Romana Iglesia de Jesucristo, fundada por Jesús de Nazareth, quien está a la cabeza de ella y la dirige desde la Eternidad, gracias a la acción del Espíritu Santo.

No hay que confundir pues la Santa Iglesia Católica, presidida por Jesús y a la que pertenecen también los santos, las benditas almas del Purgatorio, y los bautizados; no hay que confundirla pues con alguna minoría de sus miembros escandalosos, por muy importantes que sean en la jerarquía terrena de la Iglesia.

La Iglesia Católica no son solo los curas u obispos o cardenales corruptos, sino sus 24 ritos o iglesias que la componen, esto es, la Iglesia latina y 23 Iglesias orientales, que se encuentran en completa comunión con el Papa y que en conjunto reúnen a más de 1200 millones de fieles. En esta Iglesia universal subsiste la única Iglesia fundada por Cristo, encomendada por Él al apóstol San Pedro, a quien le confió su difusión y gobierno junto con los demás apóstoles. Es pues la Iglesia Católica un «sacramento», un «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano». A la Iglesia Católica pertenecemos todos los bautizados según alguno de los 25 ritos propios, siempre que no hayan realizado un acto formal de apostasía.

Pero en toda actividad humana hay buenos y malos administradores, y como en esta Tierra la Iglesia está formada por humanos pecadores, Jesús previene de ello y advierte y sanciona duramente el pecado de escándalo. Y en la Iglesia también ha habido pésimos administradores, a tal punto que la pedofilia del cura chileno de origen griego Karadima, o la mafia de curas corruptos de Rancagua, parece una minucia frente a otros episodios sufridos por la Iglesia en estos 1985 años de existencia, siendo el primero y muy grave la traición de Judas Iscariote. No siempre todos los Papas fueron buenos y ejemplares. En efecto, en el pasado hubo Papas corruptos, violadores y asesinos, como Sergio III que fue Papa de 904 a 911, y que se dice mandó a asesinar a su predecesor el Papa Leo V, y fue padre de un hijo ilegítimo que posteriormente se hizo también Papa: Juan XI.

“Otro que bien baila” fue el Papa Juan XII, (955 a 964), que violaba a peregrinas en la Basílica de San Pedro y robaba ofrendas a la Iglesia. El Papa Benedicto IX (Papá de 1032 a 1044, luego en 1045 y otra vez papa entre 1047 a 1048), “no lo hacía mal”. Este último vendió el papado por cuantiosas cantidades de oro a su padrino, regresó al poder y volvió a venderlo para casarse y finalmente regresó una tercera vez hasta que lo expulsaron. De este último Papa se ha dicho que era homosexual, inmoral y hasta se le llamó “un demonio del infierno en el disfraz de un monje”.

Y para qué hablar del conocidísimo español Rodrigo Borja (ancestro de una distinguida familia de nuestra aristocracia), quien fue Papa con el nombre de Alejandro VI (1492 a 1503). (El apellido Borja se italianizó como Borgia), y ostenta con frecuencia el título del “peor Papa de la historia”.

El hecho de que haya estos pésimos administradores eclesiales no significa que sea toda la Iglesia de Cristo la malvada. Jesús y su Iglesia condenan de manera terrible el pecado de escándalo (así como el pecado de soberbia), pues el escándalo constituye además para el prójimo una ocasión de ruina espiritual y pérdida eterna de su alma.

“¡Ay del hombre por quien viene el escándalo!” Si grande es la pena que el escandaloso causa a Dios, grande ha de ser también el castigo que le espera. Jesús habla así del castigo: “Quien escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, mejor fuera que le colgasen alrededor del cuello una muela de tahona y le sumergiesen en alta mar”. El escandaloso merece que se le arroje al mar con una piedra de molino al cuello, y no con una piedra cualquiera, sino con una piedra asnaria, es decir, una piedra enorme, a la que con ella en Palestina daban vuelta los asnos a los molinos. Por esto dice un autor que Jesucristo habló de esta suerte de castigo en relación con el escandaloso, para declararlo tan odioso a los mismos ángeles y santos que ni siquiera tienen ánimo de encomendar a Dios a quien se ha hecho reo de la perdición de una sola alma: “Es indigno de que se le vea y de que se le ayude.”

No se contenta Dios con no dejar nunca impune al escandaloso, sino que le trata siempre con la más rigurosa justicia, porque lo aborrece soberanamente. “Dios, dice San Juan Crisóstomo, es paciente con ciertos pecados aun gravísimos, pero nunca con el escándalo, por lo horrible que es a sus ojos”. El Señor lo había ya declarado por boca de Ezequiel: Tornaré mi rostro contra tal hombre y (lo convertiré) en ejemplo (y proverbio) y lo extirparé de en medio de mi pueblo; y sabréis que soy yo Yahvé (Ez. 14, 8).

No hay que confundir pues la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, presidida por Jesús y a la que pertenecen también los santos, las benditas almas del Purgatorio, y los bautizados; no hay que confundirla pues con sus miembros escandalosos, por muy importantes que sean en la jerarquía…

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