“Rusia es un misterio dentro de un enigma” (Churchill)

Tratar de que Rusia siga las formas occidentales de la democracia es una aberración: en toda su historia, desde los zares a Putin, el absolutismo ha predominado, (una mezcla entre Iván El Terrible, Pedro I y Catalina La Grande con la dictadura soviética, pasando por Boris Yeltsin y los oligarcas y, luego, el super poderoso Vladimir Putin.

En cada una de estas situaciones, desde los zares hasta Putin, el pueblo ruso ha sufrido lo indecible: en el paso de la economía planificada de la Unión Soviética al capitalismo brutal de Yeltsin y la aparición de los oligarcas, el pueblo ruso se sintió desamparado en manos de un alcohólico consumado, que hacía tiempo había dejado su cima de popularidad, y el gobierno, por tanto, estaba en manos de los corruptos oligarcas, (muchos de ellos, ex gerentes de las empresas estatales).

Rusia sigue siendo el país más grande del mundo en extensión de su territorio y, como el águila bicéfala en su Escudo, mira a Europa y al Asia. Las ex Repúblicas Socialistas Soviéticas eran, en gran parte, un escudo protector ante el peligro de las invasiones venidas de occidente, (Napoleón Bonaparte y, luego, los alemanes con Hitler y los nazis), y la madre Rusia se desangró. En este sentido, Ucrania y Bielorrusia se consideraban el tapón que protegían a la URSS, y a Rusia en particular, del peligro de las invasiones europeas.

La posesión del mar es geopolíticamente fundamental para Rusia, pues gran parte del océano que posee el país más extenso del mundo permanece helado, por consiguiente, la posesión de Ucrania y, sobre todo, de Crimea, (la península y el Puerto de Sebastopol, por tener el acceso al mar cálido, constituyen un objetivo estratégico para Rusia). Desgraciadamente, un error de Nikita Kruchov, que entregó Crimea a la entonces República Socialista Soviética, Ucrania, terminó siendo un drama cuando esta república se independizó y, además, intentó ser parte de Europa y la OTAN.

La mayoría de los habitantes de Crimea habla ruso y se siente parte de Rusia. Putin no tuvo mucha dificultad para recuperar Crimea, lo cual le valió el castigo de la OTAN y los miembros esta Organización, sobre todo, de Estados Unidos. El bloqueo a Rusia no se hizo esperar, y con un costo económico para el pueblo ruso, por consiguiente.

Putin nunca ha disimulado su admiración por la Rusia de los Zares y su prolongación en la Unión Soviética, y pretende recuperar el orgullo perdido: para este ex Agente de la KGB la disolución de la URSS es el acontecimiento más lamentable ocurrido en el siglo XX.

Durante el auge del capitalismo salvaje y corrupto del decenio de los 90, Rusia había llegado al culmen de la humillación: de haber sido la segunda potencia del mundo, (después de Estados Unidos), se había convertido en un país invadido por la hambruna, además, en manos de mafias corruptas. La vergüenza de los rusos a causa de su alcohólico Presidente era inmensa.

Boris Yeltsin, que había podido vencer en dos elecciones al Partido Comunista, gracias al apoyo económico de los corruptos y mafiosos oligarcas, al final de su segundo período estaba enfermo y desprestigiado y, sobre todo, temeroso de terminar sus últimos días en la cárcel a causa de corrupción, nombra como Primer Ministro a una Agente de la KGB, muy desconocido por la mayoría de los ciudadanos, Vladimir Putin. Los oligarcas estaban felices, pues estaban seguros de que podrían manipular fácilmente a este pequeño y gris funcionario de los Servicios Secretos.

En 1999, Yeltsin renunció al cargo de Presidente y nombró como interino a su Primer Ministro, Putin, que aprovechó, muy hábilmente, una serie de atentados contra edificios, en Moscú, atribuyéndolos a la pequeña república islámica de Chechenia, antes invadida, en forma brutal e inhumana, por el gobierno de Yeltsin, en la llamada “primera guerra chechena”.

En una conferencia de prensa, Vladimir Putin, que se veía obligado a ganar las siguientes elecciones presidenciales, amenazó a los chechenos con aniquilarlos y perseguirlos hasta en los baños. Esta presentación, tan violenta y decidida, terminó con el irrestricto apoyo de una buena mayoría del pueblo ruso, que se sentía abandonado, hambriento, sin futuro y, lo peor, en manos de los corruptos oligarcas.

Putin había prometido a Yeltsin que no lo tocaría mientras detentara el poder, promesa que cumplió hasta la muerte de Boris Yeltsin.

A comienzos del siglo XXI, Putin ganó, en primera vuelta la elección con un 57% de las votaciones. Los millonarios rusos, seguros de que su triunfo también era el de ellos, (cual gato maula al mísero ratón), se encontraron con un funcionario empoderado y, por ningún motivo, dispuesto a dejarse dominar: los citó a una reunión y se las cantó claras, con palabras como: “ustedes pueden enriquecerse lo que quieren y nadie los perseguirá por sus actos, pero no deberán nunca mezclase en política, mucho menos hegemonizar el poder del Estado, y si lo hacen, pagarán las consecuencias”. Esta fue la segunda promesa cumplida por Putin, que le permitió someter a los oligarcas a su poder.

(En el próximo artículo continuaremos con la trayectoria política de Vladimir Putin)

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