Kristalina Georgieva, “Cuidar de nuestra casa común”.

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3. Cuidar de nuestra casa común

Esto me lleva al tercer ámbito prioritario: cuidar de nuestra casa común mediante la lucha contra el cambio climático.

Ninguno de los retos económicos a los que nos enfrentamos serán relevantes dentro de 20 años si no abordamos ahora el cambio climático.

Los costos humanos de los desastres vinculados al cambio climático son inconmensurables. Los costos económicos, sin embargo, sí pueden medirse. Solo un ejemplo: los daños del huracán María ascendieron a más del 200% del PIB de Dominica y más del 60% del PIB de Puerto Rico.

Y suelen ser los pobres los más vulnerables a los shocks climáticos. El Banco Mundial estima que, a menos que alteremos la trayectoria climática actual, 100 millones de personas adicionales podrían vivir en extrema pobreza en 2030 [viii].

Así pues, ¿cómo podemos despejar la sombra climática que pesa sobre la humanidad?

Reconozcamos que tenemos que adaptarnos a las nuevas realidades. Para muchos países, esto significa invertir en ámbitos como la protección de las zonas costeras y en una agricultura e infraestructuras más resilientes.

Estos tipos de inversiones pueden rendir un «triple dividendo»: evitar pérdidas futuras, producir beneficios en materia de innovación y generar beneficios sociales. Y los estudios de la Comisión Global para la Adaptación indican que los beneficios de estas inversiones podrían superar con creces sus costos.

Pero la adaptación solo nos llevará hasta cierto punto. Necesitamos también unos esfuerzos mucho mayores para reducir las emisiones de carbono y compensar las que no puedan reducirse. La realidad es que nuestra especie solo puede prosperar si nuestras actividades están en equilibrio con nuestro medio ambiente.

La mejor forma de avanzar es poner un precio al carbono. Países como Chile, Colombia y Sudáfrica han aplicado recientemente impuestos sobre el carbono; y China está a punto de iniciar un régimen de comercio de derechos de emisión. Estas iniciativas animarán a los hogares y las empresas a utilizar menos energía y a optar por combustibles más limpios. Y necesitamos más iniciativas de este tipo.

Estimamos que el precio mundial del carbono deberá aumentar desde USD 2 por tonelada hasta USD 75 por tonelada si queremos mantener el calentamiento global por debajo de 2ºC. Esta transición debe ser justa y favorecer el crecimiento. Por ejemplo, los ingresos procedentes del impuesto sobre el carbono pueden utilizarse para proporcionar asistencia por adelantado a los hogares más pobres, reducir los impuestos onerosos y respaldar inversiones en salud, educación e infraestructura.

Desde luego, la gestión de la transición hacia un mundo sin emisiones de carbono no será fácil. Pensemos en los «activos abandonados», como las reservas de petróleo, carbón y gas, que podrían quedar inutilizadas. Algunas estimaciones sugieren que los costos potenciales de devaluar estos activos se sitúan entre USD 4 billones USD 20 billones [ix].

El sector financiero deberá tener en cuenta los riesgos de transición, para lo que tendrá que adoptar un enfoque más sostenible, un enfoque que se fundamente en una mejor gestión de riesgos y una visión de más largo plazo.

Normas de divulgación más sólidas pueden ayudar a que los prestamistas y los inversionistas tengan una visión completa. Si aumenta el precio de un préstamo para un proyecto en situación de riesgo, las empresas pueden simplemente decidir que sería mejor dedicar el dinero de ese proyecto a otra cosa.

Lograr finanzas más sostenibles también significa aprovechar nuevas oportunidades: el FMI estima que la transición hacia una economía con bajas emisiones de carbono requerirá inversiones de USD 2,3 billones anuales en el sector energético durante una década [x].

La buena noticia es que los bonos verdes tienen un impacto en la inversión, y muchas otras formas de finanzas sostenibles están creciendo con rapidez. Aunque esto no es suficiente. El sector privado puede hacer más, y estoy convencida de que lo hará en un futuro próximo. ¿Por qué? Porque el precio de la inacción es demasiado alto.

¿Cómo puede contribuir el FMI? Intensificando nuestras actividades en materia de cambio climático, centrando la atención en el impacto macroeconómico. Estamos profundamente comprometidos con el apoyo a los esfuerzos de adaptación y mitigación, a través del asesoramiento de política económica, el apoyo financiero y el fortalecimiento de las capacidades.

Incluiremos pruebas de tensión frente al riesgo climático en los Programas de Evaluación del Sector Financiero (PESF). Instaremos a los países a considerar en mayor medida los factores climáticos a la hora de preparar las estadísticas nacionales. Y trabajaremos con nuestros socios para elaborar normas comunes de divulgación ambiental.

Mediante el aprendizaje mutuo y la aplicación de políticas adecuadas, podemos contribuir a financiar la transición hacia la nueva economía del clima. Nuestros hijos y nietos cuentan con nosotros.

Conclusión

Así pues, ¿cómo son las nuevas prioridades para la economía? Sabemos cuáles son: crecimiento inclusivo, integración mundial justa, acción por el clima. Ahora debemos actuar.

Permítanme concluir con una cita de Leo Tolstoy, quien dijo: «Toda la diversidad, todo el encanto, toda la belleza de la vida está hecha de luces y sombras».

El Papa Francisco nos ha reunido, y espero desde luego con interés nuestros debates sobre cómo podemos despejar las sombras y aportar más luz.

[viii] Jean-Pierre Robin, “Kristalina Georgieva: Global warming can add 100 million poor people by 2030”, Banco Mundial, 14 de septiembre 2017.

[ix] Sarah Breeden, “Avoiding the storm: Climate change and the financial system”, Banco de Inglaterra, 15 de abril de 2019.

[x] Publicación del FMI: Informe Monitor Fiscal de octubre de 2019. La estimación de USD 2,3 billones incluye la inversión actual de USD 1,8 billones más necesidades adicionales de inversión equivalentes a USD 0,5 billones.

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