Los niños en los conflictos armados en tiempos de pandemia

0

Contrariamente a lo que señala el sentido común, en un conflicto armado son los civiles quienes sufren las mayores consecuencias, por sobre las partes beligerantes sean fuerzas armadas regulares o actores no estatales. Por lo mismo, en la práctica, la protección de los civiles se constituye actualmente como el principal objetivo de las operaciones de paz de las Naciones Unidas. Entre las víctimas, son aquellos más vulnerables quienes sufren de manera más brutal las inclemencias de los enfrentamientos, esto es, las mujeres y los niños. Para los efectos de esta columna, me centraré en estos últimos, el principal recurso con que cuentan las sociedades para cimentar su futuro, particularmente si consideramos los efectos que está dejando la expansión de la pandemia del COVID-19.

Los niños son las principales víctimas de los conflictos, pues afectan directamente su vida diaria, muchas veces les arrebatan sus familias, sometiéndolos a traumas físicos y psicológicos que los seguirán por toda la vida. Asimismo, las vidas de los niños se ven igualmente afectadas por los ataques sobre las escuelas y los hospitales, el bloqueo de la

asistencia humanitaria o por la obligación de desplazarse a países vecinos o al interior de sus propias naciones en busca de un entorno más pacífico y coherente con el resguardo de sus derechos. Los infantes a menudo son víctimas de asesinatos, raptos, mutilaciones y violencia sexual, sin olvidar su frecuente reclutamiento como soldados. 

En este último caso, se trata de menores secuestrados, reclutados a la fuerza o a cambio de dinero, que son empleados como combatientes, mensajeros, cocineros u obligados a prestar servicios sexuales. En tal contexto, liberar a los niños es un proceso largo y difícil, que requiere de un constante apoyo psicológico, a fin de reintegrarlos plenamente en sus sociedades. El libro Un largo camino. Memorias de un niño soldado, de Ishmael Beah, entrega un testimonio notable sobre esta materia, dando cuenta de aquellos niños traumatizados y drogados que, empuñando un AK 47, se ven a temprana edad convertidos en soldados.

En consecuencia, es un imperativo de la comunidad internacional avanzar hacia la construcción de sociedades pacíficas y resilientes, que aseguren condiciones mínimas de seguridad para el disfrute de los derechos de la infancia. Desde luego, eso se relaciona directamente con la necesidad de acabar o atenuar los conflictos vigentes en el mundo, los que se ven presionados por un contexto global marcado por la expansión de la pandemia. Lamentablemente, los últimos acontecimientos en el mundo no parecen promisorios. 

En el marco de las Naciones Unidas, el día 30 de marzo de 2020 se adoptó un llamado para un cese al fuego global, considerando los impactos del COVID-19. Se trataba de un esfuerzo colectivo de la comunidad de naciones para enfrentar la expansión de la pandemia en aquellos lugares azotados por conflictos armados y otras graves crisis humanitarias. Una serie de actores beligerantes acogieron favorablemente este llamado, pero el impulso inicial no ha mantenido su ímpetu.

Por lo demás, las relaciones entre las potencias globales, tradicionales o emergentes, no han colaborado con la paz global. Actualmente el mundo asiste a una suerte de renovada Guerra Fría, donde diversos países, particularmente Estados Unidos, China y Rusia, se disputan esferas de influencia a la manera del siglo XX. Países secundarios han seguido tendencias conflictivas semejantes, como es el caso de Israel que, apoyado por la potencia norteamericana, ha anunciado la anexión de territorios de la Cisjordania, poniendo en riesgo décadas de esfuerzos internacionales por establecer la paz en la zona.

También es el caso de los últimos enfrentamientos que se han desencadenado entre China e India en torno al eventual traspaso de la Línea de Control Real, donde varios soldados han resultado muertos sin la utilización de armas de fuego, es decir, literalmente a palos. El telón de fondo de estos enfrentamientos, que derivan de la guerra de 1962, está marcado por la presencia y actividad de potencias globales, con una China que se acerca a Pakistán y un Estados Unidos que fortalece cada vez más sus vínculos con India, en el marco de su estrategia hacia el Indopacífico. Como es posible apreciar, el mundo emergente no escapa al juego de ajedrez que se despliega en la política internacional, el que no se ha visto atenuado por la expansión de la pandemia, es decir, un contexto donde el mundo justamente requiere de cooperación interestatal y unidad en la acción.

América Latina contribuye otro tanto a este complejo escenario, con diversos roces bilaterales y un crimen organizado que se agudiza y aprovecha el desorden generado por el COVID-19. En la región destaca la difícil situación que vive Colombia, cuyo proceso de postconflicto demuestra débiles atisbos de estabilización. En este país, en los últimos veinte años han sido reclutados unos 14.000 niños por parte de grupos armados ilegales, según ha informado el Alto Comisionado para la Paz, Miguel Ceballos. Últimamente, la opinión pública colombiana se ha visto otra vez sacudida por la violación colectiva de una niña indígena, presuntamente por parte de soldados del Ejército. 

Tampoco la situación de Haití parece promisoria, en tanto la llegada de la pandemia encuentra a un país con una sumamente débil gobernabilidad política, definida por la falta de unidad en el gobierno y la incertidumbre sobre la realización de un proceso electoral pendiente, cuestiones que amenazan con que esta nación retroceda en su sinuoso proceso de postconflicto y construcción institucional, tras una crisis de seguridad que obligó al despliegue de fuerzas de paz de Naciones Unidas por más de una década.

Además, cabe agregar que los escenarios de conflicto en los cuales se despliegan cascos azules en el mundo están siendo fuertemente afectados por la pandemia, la que ha obligado a la suspensión de las rotaciones de los efectivos, a fin de prevenir el contagio de los contingentes, así como la puesta en marcha de diversos programas para asistir a las comunidades en la prevención y respuesta ante el virus. Es muy posible que en este contexto de crisis una serie de países contribuyentes se vean obligados a restringir sus aportes financieros y en personal a las operaciones de paz de Naciones Unidas, afectando eventualmente sus posibilidades de éxito y logro de los objetivos propuestos.

El Informe del Secretario General de las Naciones Unidas sobre Niños en Conflictos Armados, de junio de 2020, incluye una lista de las partes que cometen violaciones contra los niños, es decir, “que los reclutan y utilizan, los matan y mutilan, los violan y cometen otras formas de violencia sexual contra ellos, que atacan escuelas, hospitales y personal protegido, y llevan a cabo secuestros”. Según se señala en el documento, la Organización comprobó más de 25.000 violaciones graves contra los niños, más de la mitad de ellas cometidas por agentes no estatales, y un tercio por fuerzas gubernamentales e internacionales. Asimismo, se “verificó que 7.747 niños, algunos de tan sólo 6 años, habían sido reclutados y utilizados. El 90 % de ellos fue utilizado por agentes no estatales”. También plantea que “unos 10.173 niños resultaron muertos (4.019) y mutilados (6.154). Si bien es cierto que el número de víctimas infantiles verificadas ha disminuido en general, el número de incidentes de muerte y mutilación de niños es el más elevado de los que se han verificado”.

La situación de los niños en conflictos armados, como es posible apreciar, pasa por uno de sus peores momentos, lo que se ve agudizado por las consecuencias de la pandemia del COVID-19. Existen una serie de mecanismos multilaterales para resguardar los derechos de los niños en contextos de conflicto armado. Es el caso de los denominados “Principios de Vancouver”, destinados a la prevención del reclutamiento y empleo de los niños soldados ante situaciones de conflicto; la Declaración sobre Escuelas Seguras, adoptada en Oslo en 2015; el “Grupo de Amigos para la cuestión de los niños y conflictos armados”; la campaña “Actuar para Proteger a los Niños Afectados por los Conflictos”; la resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas “El derecho a la educación en situaciones de emergencia” de 2010 y el reciente establecimiento del 9 de septiembre de cada año como “Día Internacional de la Protección de la Educación contra los Ataques”. Se trata de una serie de iniciativas multilaterales destinadas a resguardar los derechos de los niños en el marco de los conflictos armados, pero aún falta un enorme camino por recorrer, a la luz de los resultados del citado Informe del Secretario General.

En este complejo escenario, la comunidad de naciones debe poner sus mayores esfuerzos en resguardar los derechos de este grupo altamente vulnerable, otorgándoles seguridad, educación, rehabilitación y redes de apoyo. Proteger a los niños y sus derechos es un imperativo moral, por cuanto representan el elemento más valioso para el futuro del mundo y para alcanzar una paz duradera, particularmente en el complejo momento histórico que vivimos, con una pandemia que no da muestras de detenerse.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here