Estimados amigos:
Gracias por recibirme hoy aquí, en este hermoso país que es Portugal, ahora que están a punto de cumplirse los doscientos días de guerra en Europa. Como conclusión de los intensos debates mantenidos en estos encuentros de Estoril, se me ha pedido que les hable del «mundo de mañana».
Me pregunto si quienes reflexionaban sobre este tema en 1945 habrían podido imaginarse que, en 2022, tantas personas iban a olvidar las consecuencias del nacionalismo, del populismo, de imponer la ley del más fuerte. O si los oradores de los años sesenta habrían podido imaginarse que, ahora que todos estamos conectados de forma instantánea a través de nuestros teléfonos móviles, más personas que nunca se sienten solas, o que una buena parte nuestra política se halla más fragmentada que en el pasado. Me pregunto si habrían podido imaginarse que podríamos acceder a todos los conocimientos del mundo con unos pocos clics y, sin embargo, muchos parecen haber olvidado las lecciones de la historia. O que el flujo constante de noticias, Instagram, Twitter y Facebook harían que las personas, en lugar de interesarse más por el mundo y estar al tanto de las noticias, se mostraran menos interesadas y atentas; que las noticias falsas o la desinformación viajarían literalmente por todo el mundo a la velocidad de la luz. Me pregunto si los oradores de los años noventa, tras la caída del Muro de Berlín, habrían podido imaginarse que los fundamentos de la democracia liberal, que habían acabado con décadas de miedo, de generaciones perdidas y de opresión, volverían a ponerse en tela de juicio. O que, a pesar de todas las advertencias, el mundo seguiría sobrecalentándose; que nuestros ríos empezarían a evaporarse y nuestros bosques, a incendiarse.
Me pregunto si habrían podido imaginarse que las mujeres seguirían teniendo sueldos más bajos que los hombres. O que, si bien somos la sociedad más rica de la historia, la brecha entre ricos y pobres seguiría siendo abismal. O que los tanques volverían a cruzar las fronteras europeas.
Les estoy describiendo un panorama, a primera vista, un tanto sombrío. Pero no pretendo entristecerles. Lo que pretendo con mis palabras es hacer un llamamiento claro a favor del cambio e incentivar el activismo para así replantearnos nuestro papel en la sociedad; les invito a que encuentren su voz y tomen la palabra. Solo juntos podremos crear el mundo de mañana.
El destino no está predeterminado; nosotros lo forjamos. Este proyecto al que llamamos la Unión Europea se creó para responder a los problemas a los que se enfrentaban nuestros ciudadanos.
Fue nuestra manera de garantizar que el mundo no cejara en su búsqueda de justicia, igualdad de oportunidades y democracia real.
Hizo falta mucho valor para soñar con una Unión Europea.
Hizo falta aún más para convertirla en una realidad. Fueron unos auténticos soñadores los que lo consiguieron, los que crearon este bastión de derechos y de relaciones de confianza, de apertura económica y pluralismo.
Y, amigos míos, a pesar de los desafíos, miro al futuro con esperanza. Con optimismo. Con determinación.
Porque es cierto que debemos hacer frente al nacionalismo y al populismo, pero también es cierto que contamos con millones de jóvenes europeos comprometidos, dispuestos a hacerse oír.
Por cada supuesto hombre fuerte en ascenso, hay quienes consideran la política una fuerza positiva para el cambio. Por cada autócrata que amenaza a nuestros vecinos, nuestra unidad resiste a las presiones.
Si bien aún existe una brecha salarial entre mujeres y hombres y los derechos de las mujeres siguen estando amenazados, estamos adoptando legislación para resolver este problema.
Más personas que nunca están consiguiendo salir de la pobreza y sobreponerse a la desesperanza. Aunque la discriminación sigue presente, sobre nuestra comunidad LGBTI recaen menos preocupaciones.
Aún nos queda un buen trecho del camino por recorrer, pero el racismo es menos frecuente. Seguimos luchando contra el cambio climático y las pandemias, pero nuestros bomberos, respiradores, vacunas y médicos circulan a escala transfronteriza. Vamos a convertirnos en el primer continente neutro en carbono de la historia.
Este es el poder de Europa. Y esto, amigos míos, es el progreso. Incluso si no siempre es lo suficientemente rápido ni lo suficientemente profundo, seguimos avanzando. Esta es Europa. Esto es lo que Europa ha hecho y debe seguir haciendo.
Pero, estimados amigos, Europa solo sobrevivirá si luchamos por ella. Si dejamos de darla por sentada. Si entendemos y explicamos sus ventajas. Si escuchamos. Si nos oponemos a quienes pretenden socavarla. Si somos capaces de aplicar reformas. Si somos capaces de reinventar nuestro proyecto. Esta es la razón por la que el Parlamento Europeo hizo un llamamiento a favor de una Convención sobre el Futuro de Europa; para garantizar que seguimos dialogando con el objetivo de dejar a la siguiente generación una Europa que funcione.
En estos debates no pueden permitirse los dogmas irrebatibles ni los temas intocables. No podemos correr el riesgo de quedar rezagados solo porque nuestra burocracia sea demasiado engorrosa, ni dejar que prevalezcan los intereses particulares. La última reforma en profundidad la llevó a cabo la generación anterior a la nuestra. Sabemos que lo que una vez funcionó para la Europa de los Dieciocho se halla ahora al límite de sus capacidades para la Europa de los Veintisiete, y no se adaptará a la Europa de los Treinta y dos ni la Europa de los Treinta y seis.
Ha llegado el momento de actuar. Europa no pretende meternos a todos nosotros en el mismo saco, sino que tiene la profunda convicción de que todos, en toda nuestra diversidad, debemos disfrutar de las mismas oportunidades.
Y, amigos, antes de nada, Europa es esperanza.
Esperanza de futuro. Esperanza en la próxima generación. Una chispa brillante, un faro de luz en medio de la oscuridad.
Cuando echamos la vista al este y vemos los tanques de Putin, o a China alzándose sobre un conjunto de valores muy distante al nuestro; cuando echamos la vista al norte y vemos las consecuencias del Brexit; o al oeste, con las profundas divisiones sociales que ha sabido explotar el trumpismo; cuando miramos a nuestro continente y vemos que los principios que habíamos dado por sentados se ponen ahora en tela de juicio, significa que el mundo necesita que Europa dé lo mejor de sí.
Necesitamos esta esperanza. Necesitamos los valores que defiende Europa. Me gustaría que los ciudadanos recuperaran este sentimiento de urgencia y de optimismo en el potencial de nuestro proyecto.
Seguir aplazando las reformas no es una opción.
Para mí, Europa siempre ha representado una oportunidad; una evolución; una posibilidad. En 2004, la adhesión de diez nuevos países, incluido el mío, supuso la culminación de años de progreso, de enormes cambios sociales.
Tuvo un profundo significado; transformó Europa; ofreció un futuro a millones de personas. Exigió confianza. Exigió valor. Debemos volver a encontrar ese valor al mirar ahora a Ucrania, Moldavia, los Balcanes Occidentales y Georgia.
Europa posee un poder transformador, pero debemos encontrar la valentía política de dar ese paso adelante; para cambiar el mundo. Podemos y debemos hacerlo. Porque si no escribimos el futuro nosotros, lo harán otros con una narrativa muy diferente que engendrará un futuro también muy diferente. El mundo, como sabemos, ha cambiado radicalmente. El punto de inflexión se alcanzó el 24 de febrero con la invasión brutal, injustificada e ilegal del Estado soberano ucraniano. Estoy orgullosa de la manera en que ha reaccionado Europa. Hemos estado al lado de Ucrania, le hemos ofrecido ayuda militar, apoyo político y diplomático, hemos acogido a millones de personas que huían de la guerra y hemos proporcionado financiación a una escala sin precedentes. Hemos dejado patente nuestra implicación.
Sin lugar a dudas, la medida política más importante que hemos tomado ha sido la de conceder a Ucrania el estatuto de país candidato a la adhesión a la Unión Europea.
Porque Ucrania necesita esperanza; porque Ucrania está luchando por Europa y no vamos a dejarla sola ante el peligro.
Sus valores son los mismos que defiende Europa y debemos protegerlos. También debemos ser capaces de explicar mejor por qué son esenciales estos valores; por qué no podemos prescindir de ellos; por qué merecen la pena. Con demasiada frecuencia manejamos los nobles conceptos de democracia, de igualdad, de Estado de Derecho como si solo se encontraran en las obras teóricas de polvorientas estanterías. Tenemos que demostrar, día tras día, por qué son tan necesarios y cómo pueden marcar la diferencia en la vida de las personas.
Anteriormente he mencionado que podemos acceder a todos los conocimientos del mundo con tan solo unos clics, pero la tecnología hace que nos enfrentemos a una avalancha de desinformación envuelta en un peculiar tipo de populismo. Cuando se le da alas al cinismo, se generan respuestas extremadamente simples, vestidas de falsas soluciones a problemas complejos, que presentan al «otro» como la causa de todos los males y frustraciones; cuando los nacionalistas trafican con nostalgias adulteradas de un pasado glorioso que, en realidad, nunca existió; cuando se nos encasilla en blanco o negro, aunque la realidad tenga miles de matices de gris.
Defenderse ante estas situaciones no es una tarea fácil. ¿Pero desde cuándo la facilidad es el criterio para pasar a la acción? No podemos hablar del mundo de mañana sin hablar del mundo actual. En estos momentos, los ciudadanos se preguntan con inquietud cómo pagarán sus facturas y cómo llegarán a fin de mes, y qué mundo dejarán a sus hijos. Les preocupa el futuro y Europa debe ser capaz de darles una respuesta.
Si los ciudadanos tienen la sensación de que la democracia no les ayuda a combatir su soledad, aislamiento y frustración, se alejarán de ella. La economía es importante.
El empleo es importante. La dignidad y la educación son importantes, ya que, si demasiadas personas se sienten solas y alienadas debido a la magnitud de las brechas económicas en la sociedad, tenderán a pensar que Europa les ha fallado. Se está haciendo cada vez más difícil calentar nuestros hogares, suministrar energía a nuestras industrias y conducir nuestros coches. La inflación provoca que los precios se mantengan altos. Todo esto ya lo sabemos.
Pero precisamente cuanto mayor sea nuestro hartazgo y nuestro cansancio ante este conflicto, más tendremos que resistir y más firmes nos deberemos mostrar. Ese será el momento en que la Europa teórica deberá apoyarse en un liderazgo práctico; con compromiso y valentía. Europa debe estar a la altura de este desafío. Tanto si hablamos de abordar el coste de la vida, los precios de la electricidad, el cambio climático, la defensa y la seguridad alimentaria, la única forma de actuar es unidos.
Hay decisiones que podemos tomar ahora; no podemos esperar más. Podemos actuar juntos para limitar las consecuencias: ya sea limitando las facturas, mejorando nuestros sistemas de fijación de precios o disociando el precio de la electricidad del precio del gas; hay medidas que podemos tomar ya, incluso con carácter temporal, para aliviar las presiones inmediatas a la vez que vamos aplicando estrategias a largo plazo. Si alguna vez hubo un momento para «más Europa», es aquí y ahora.
Estimados amigos,
Europa es una elección, la elección que tomaron los países al entender que tenemos mejores oportunidades cuando permanecemos unidos. Hemos elegido Europa. A pesar de los numerosos retos y las duras realidades, yo soy optimista. Estoy llena de esperanza. Confío en las posibilidades de nuestra era y, cuando miro a los jóvenes de toda Europa, sé que tenemos un futuro prometedor por delante. Estoy convencida de que, gracias a Europa, el mundo de mañana será mejor que el que dejamos atrás.
Muchas gracias.







