Desde el Vaticano. No creemos que la política esté reservada solo a los gobernantes. Papa Francisco

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ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Martes, 1 de enero de 2019

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y feliz año a todos!

Hoy, octavo día después de Navidad, celebramos a la Santa Madre de Dios. Al igual que los pastores de Belén, permanecemos con la mirada fija en ella y en el Niño que tiene en sus brazos. Y de esta manera, mostrándonos a Jesús, el Salvador del mundo, ella, la madre, nos bendice. Hoy Nuestra Señora nos bendice a todos, a todos. Bendice el camino de cada hombre y cada mujer en este año que comienza, y que será bueno, precisamente en la medida en la que cada uno haya recibido la bondad de Dios que Jesús vino a traer al mundo. En efecto, es la bendición de Dios lo que da sustancia a todos los buenos deseos que se intercambian en estos días. Y hoy, la liturgia reporta la antigua bendición con la que los sacerdotes israelitas bendijeron al pueblo. Escuchemos bien, reza así: «Yahveh te bendiga y te guarde; ilumine Yahveh su rostro sobre ti y te sea propicio; Yahveh te muestre su rostro y te conceda la paz» (Números 6, 24-26). Esta es la bendición antigua. Tres veces el sacerdote repetía el nombre de Dios, «Señor», extendiendo sus manos hacia el pueblo reunido. De hecho, en la Biblia, el nombre representa la realidad misma que se invoca, y así, «colocar el nombre» del Señor en una persona, una familia, una comunidad significa ofrecerles la fuerza benéfica que brota de Él.

En esta misma fórmula, dos veces se nombra el «rostro», el rostro del Señor. El sacerdote reza para que Dios lo «haga resplandecer» y lo «dirija» hacia su pueblo, y así le conceda misericordia y paz. Sabemos que, según las Escrituras, el rostro de Dios es inaccesible para el hombre: nadie puede ver a Dios y estar vivo. Esto expresa la trascendencia de Dios, la grandeza infinita de su gloria. Pero la gloria de Dios es todo Amor, y por lo tanto, mientras permanece inaccesible, como un Sol que no se puede mirar, irradia su gracia sobre cada criatura y, de manera especial, sobre los hombres y mujeres, en los que se refleja. «Al llegar la plenitud de los tiempos» (Gálatas 4, 4) Dios se reveló en el rostro de un hombre, Jesús, «nacido de una mujer». Y aquí volvemos al ícono de la fiesta de hoy, desde donde comenzamos: el ícono de la Santa Madre de Dios, que nos muestra al Hijo, a Jesucristo, al Salvador del mundo. Él es la Bendición para cada persona y para toda la familia humana. Él, Jesús, es fuente de gracia, misericordia y paz.

Por eso, el santo Papa Pablo vi quiso que el primero de enero fuera el Día mundial de la paz; y hoy celebramos el quincuagésimo segundo, que tiene como tema: La buena política está al servicio de la paz. No creemos que la política esté reservada solo a los gobernantes: todos somos responsables de la vida de la «ciudad», del bien común; y la política también es buena en la medida en que cada uno hace su parte al servicio de la paz. Que la Santa Madre de Dios nos ayude en este compromiso diario.

Quisiera que todos la saludemos ahora, diciendo tres veces: «Santa Madre de Dios». Juntos: «Santa Madre de Dios», «Santa Madre de Dios», «Santa Madre de Dios».

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