DISCURSO DE SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV
CON MOTIVO DEL DÍA INTERNACIONAL CONTRA LAS DROGAS
Patio de San Dámaso
Jueves, 26 de junio de 2025
Comencemos con la Señal de la Cruz: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡La paz sea con ustedes!
Bienvenidos a todos y espero que el sol no sea demasiado fuerte… Pero Dios es grande y nos acompañará. ¡Gracias por su presencia!
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
Agradezco a quienes hicieron posible este encuentro, que de muchas maneras nos lleva al corazón del Jubileo, un año de gracia en el que cada persona es reconocida con una dignidad que con demasiada frecuencia se ha visto disminuida o negada. La esperanza es para ustedes una palabra rica en historia: no es un eslogan, sino la luz redescubierta a través del gran trabajo. Quisiera repetirles, pues, ese saludo que transforma el corazón: ¡la paz sea con ustedes! La noche de Pascua, Jesús saludó así a los discípulos encerrados en el cenáculo. Lo habían abandonado, creían haberlo perdido para siempre, tenían miedo y estaban decepcionados; algunos ya se habían ido. Sin embargo, es Jesús quien los encuentra, quien viene a buscarlos de nuevo. Entra tras puertas cerradas en el lugar donde están como enterrados vivos. Les trae paz, los recrea con el perdón, sopla sobre ellos: es decir, infunde el Espíritu Santo, que es el aliento de Dios en nosotros. Cuando falta el aire, cuando falta el horizonte, nuestra dignidad se marchita. ¡No olvidemos que Jesús resucitado sigue viniendo y trayendo su aliento! A menudo lo hace a través de las personas que trascienden nuestras puertas cerradas y que, a pesar de todo lo sucedido, ven la dignidad que hemos olvidado o que nos han negado.
Queridos, su presencia aquí es un testimonio de libertad. Recuerdo que cuando el Papa Francisco entraba en una cárcel, incluso en su último Jueves Santo, siempre se preguntaba: «¿Por qué ellos y no yo?». Las drogas y las adicciones son una prisión invisible que ustedes, de diferentes maneras, han conocido y combatido, pero todos estamos llamados a la libertad. Al encontrarme con ustedes, pienso en el abismo de mi corazón y de cada corazón humano. Es un salmo, es decir, la Biblia, que llama «abismo» al misterio que habita en nosotros (cf. Salmo 63,7). San Agustín confesó que solo en Cristo la inquietud de su corazón encontró paz. Buscamos paz y alegría, tenemos sed de ellas. Y muchos engaños pueden decepcionarnos e incluso aprisionarnos en esta búsqueda.
Sin embargo, miremos a nuestro alrededor. Y leamos en el rostro de cada uno una palabra que nunca traiciona: juntos. El mal se vence juntos. La alegría se encuentra juntos. La injusticia se combate juntos. El Dios que nos creó y nos conoce a cada uno —y es más íntimo de mí que yo mismo— nos creó para estar juntos. Claro que también hay lazos que duelen y grupos humanos que carecen de libertad. Sin embargo, incluso estos solo se pueden superar juntos, confiando en quienes no se aprovechan de nosotros, en quienes podemos encontrarnos y atendernos con atención desinteresada.
Hoy, hermanos y hermanas, nos comprometemos en una lucha que no se puede abandonar mientras, a nuestro alrededor, alguien siga preso en las diversas formas de adicción. Nuestra lucha es contra quienes hacen de las drogas y cualquier otra adicción —pensemos en el alcohol o el juego— su inmenso negocio. Hay enormes concentraciones de intereses y organizaciones criminales extendidas que los Estados tienen el deber de desmantelar. Es más fácil luchar contra sus víctimas. Con demasiada frecuencia, en nombre de la seguridad, se ha librado y se libra una guerra contra los pobres, llenando las cárceles con quienes son solo el último eslabón de una cadena de muerte. Quienes, en cambio, sostienen la cadena, logran influencia e impunidad. Nuestras ciudades no deben liberarse de los marginados, sino de la marginación; no deben limpiarse de los desesperados, sino de la desesperación. «¡Qué hermosas son las ciudades que superan la desconfianza malsana e integran a los diferentes, y que hacen de esta integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué hermosas son las ciudades que, incluso en su diseño arquitectónico, están llenas de espacios que conectan, relacionan y promueven el reconocimiento del otro!» (Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, 210).
El Jubileo nos muestra la cultura del encuentro como camino hacia la seguridad; nos invita a restituir y redistribuir la riqueza acumulada injustamente, como camino hacia la reconciliación personal y civil. «En la tierra como en el cielo»: la ciudad de Dios nos compromete a profetizar en la ciudad de los hombres. Y esto —lo sabemos— también puede llevarnos al martirio hoy. La lucha contra el narcotráfico, el compromiso educativo con los pobres, la defensa de las comunidades indígenas y migrantes, la fidelidad a la doctrina social de la Iglesia se consideran subversivos en muchos lugares.
Queridos jóvenes, no son espectadores de la renovación que nuestra Tierra tanto necesita: son protagonistas. Dios obra grandes cosas con quienes libera del mal. Otro salmo, tan querido por los primeros cristianos, dice: «La piedra desechada por los constructores se ha convertido en piedra angular» (Sal 117,22). Jesús fue rechazado y crucificado a las puertas de su ciudad. Sobre él, piedra angular sobre la que Dios reconstruye el mundo, ustedes también son piedras de gran valor en la construcción de una nueva humanidad. Jesús, el rechazado, los invita a todos, y si se sentían rechazados y acabados, ya no lo están. Los errores, el sufrimiento, pero sobre todo el deseo de vida que traen, los convierten en testigos de que el cambio es posible.
La Iglesia los necesita. La humanidad los necesita. La educación y la política los necesitan. Juntos, por encima de toda dependencia que nos degrade, haremos prevalecer la infinita dignidad impresa en cada uno de nosotros. Esa dignidad, por desgracia, a veces solo brilla cuando se pierde casi por completo. Entonces llega una sacudida y queda claro que levantarse es cuestión de vida o muerte. Pues bien, hoy toda la sociedad necesita esa sacudida, necesita su testimonio y la gran labor que realizan. De hecho, todos tenemos la vocación de ser más libres y humanos, la vocación a la paz. Esta es la vocación más divina. Avancemos juntos, pues, multiplicando los espacios de sanación, encuentro y educación: caminos pastorales y políticas sociales que empiezan en la calle y nunca dan a nadie por perdido. Y recen también para que mi ministerio esté al servicio de la esperanza de las personas y de los pueblos, al servicio de todos.
Los encomiendo a la guía maternal de María Santísima. Y los bendigo de corazón. ¡Gracias!
[Bendición]
¡Muchas gracias a todos! ¡Ánimo siempre y adelante!








