Hacia un Ejército Europeo

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El tema de la paz y seguridad estuvo desde sus orígenes presente en la integración de Europa, en tanto uno de los objetivos principales del continente fue la reconstrucción y el desarrollo de los países tras las atroces consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. En el plano de la defensa, en los años cincuenta se planteó la creación de una estructura con identidad comunitaria supranacional, denominada Comunidad Europea de Defensa, como marco para el eventual desarrollo de instituciones, fuerzas armadas y un presupuesto común en esta materia. Sin embargo, si bien el acuerdo fue suscrito por Alemania, Francia, Italia y los países del Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo), esta instancia no prosperó, por cuanto un actor clave, Francia, no lo ratificó.

No obstante, y tras décadas de inmovilidad, el tema cobra fuerza tras el Tratado de Maastricht de 1992, que crea la Unión Europea, haciendo explícita la referencia a la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC), que involucra la futura definición de una política de defensa regional.

En 1997, el Tratado de Amsterdam refuerza la PESC, creando el cargo de Alto Representante de la Política Exterior y de Seguridad Común, al mismo tiempo que establece la Política Europea de Seguridad y Defensa (PESD), como vertiente operativa y parte integrante de la PESC. Posteriormente, el Tratado de Niza del año 2000 formalizará la PESC, dotándola de una estructura institucional, como encargada de ejercer el control político y la dirección estratégica de las operaciones de gestión de crisis de la Unión Europea.

Es relevante igualmente destacar lo logrado con el Tratado de Lisboa (2009), donde la PESD tomará el nombre de Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD) para, como parte integral de la PESC, verse reforzada con mayores capacidades en materias de mantenimiento de la paz, prevención de conflictos y fortalecimiento de la seguridad internacional. En Lisboa también se creará la Agencia Europea de Defensa, operativa desde 2004, con el objetivo de apoyar el trabajo de la PCSD, en temas relacionados con la investigación en defensa, cooperación en armamentos, desarrollo de capacidades y creación de un mercado europeo de equipos de defensa, reforzando al mismo tiempo la base industrial y tecnológica de la defensa europea.

Sin embargo, con todos estos avances, hasta ahora el tema militar sigue siendo una materia esencialmente intergubernamental a nivel europeo, con países que suman fuerzas, pero que no abandonan el control en una entidad supranacional. Eso es en esencia el Eurocuerpo, formado con el impulso de Francia y Alemania en 1992. La debilidad de la Unión Europea en avanzar hacia una estructura más densa institucionalmente, de manera coherente con un eventual esquema supranacional, puede explicarse, por la preferencia de los miembros por seguir actuando de acuerdo a sus respectivos intereses nacionales –contando con la OTAN para mantener la paz-, entre otros elementos, debido a la diversidad de intereses y prioridades en tales materias, como fue evidente durante la Guerra de Irak y lo siguen siendo las relaciones con la Federación de Rusia. A ello se podría agregar la ilusión que algunos países todavía mantienen de cumplir un rol de nivel global de manera individual.

Carlos Moedas and Denis Mercier

Últimamente, Macron y Merkel han reavivado en Europa el debate acerca de la necesidad de avanzar hacia un ejército propiamente europeo, que entregue independencia estratégica a los países miembros de la Unión Europea, más allá de sus vinculaciones con la OTAN. Por lo demás, los variados temas de la agenda global en materia de paz y seguridad, donde destacan las amenazas transnacionales, sin dejar de lado las tradicionales, requieren de visiones comunes y coherentes, que eviten duplicidades y despilfarro de recursos, particularmente en el plano de la industria de la defensa.

Esta idea cobra especial relevancia si la enmarcamos en un contexto afectado por la efervescencia nacionalista y el auge de los euroescépticos, además de los altibajos del BREXIT. Los temas militares, esencialmente vinculados con la soberanía, generalmente son citados como los más difíciles de integrar. Pero la idea del ejército europeo demuestra que también puede formar parte de una agenda proactiva de la integración, apuntando a la generación de una cultura estratégica común y, más concretamente, capacidad de intervención conjunta y doctrinas y presupuestos comunes.

Jean-Claude Juncker,

No se trata de un proceso fácil, la integración en último término involucra el desvío de las lealtades desde lo nacional a lo supranacional. Es obvio preguntarse si el nacionalismo seguirá pesando más, y por cuánto tiempo, antes que la lealtad a la bandera azul estrellada. Pero este difícil camino no resta mérito a la propuesta. En último término, un ejército europeo es funcional a los intereses de los miembros en asuntos de inserción y posicionamiento internacional, al mismo tiempo que contribuye a la cohesión interna y a la confianza con los socios extrarregionales, entre los cuales se cuentan varios países latinoamericanos.

En un contexto global cada vez más complejo, donde se reavivan y renuevan pugnas entre las grandes potencias, mientras el mundo emergente reclama su lugar, Europa -apuntalada por Francia y Alemania– apuesta por avanzar en la integración, apreciando que los temas relacionados con la paz y seguridad internacionales, uno de los pilares de Naciones Unidas, están al centro de la gobernanza global. La idea del ejército europeo, tan relevante como fue el nacimiento del Euro o la supresión de los controles fronterizos, aún precisa de definiciones, pero puede ser un elemento relevante para repensar el rol de Europa en el mundo multipolar actual y es un tema que debemos seguir atentamente desde América Latina.

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