Cada quince días, un grupo de intelectuales peruanos se reúne para compartir lo que llaman sus desayunos culturales: encuentros donde la conversación fluye entre proyectos, lecturas, recuerdos, humor y esa ilusión que solo tienen quienes viven la cultura como vocación. El domingo pasado, entre café, capuchino, tortas y pasteles, el invitado fue el poeta Marco Martos, cuya presencia convirtió la mañana en un acto de memoria literaria y afecto compartido.

Martos comenzó recordando su adolescencia, cuando el Ministerio de Educación entregó a los estudiantes un libro que marcaría su vida: Literatura Fantástica. “Estaba Kafka, estaba Poe, estaba Borges y estaba Cortázar”, dijo. El cuento que lo impactó fue Casa tomada: “Entonces dije, esto es lo que a mí me gustaría hacer”.
La vocación literaria nació en un momento doloroso. Siendo estudiante, viajó con su familia de Piura a Lima porque su madre estaba gravemente enferma. En el Convento de Santa Rosa, pidió tres deseos:
“Uno, que salvase a mi madre. No se salvó. Dos, ser campeón de ajedrez.
Y la tercera cosa que pedí fue ser poeta.”
“Para mí eso fue muy fuerte”, añadió, recordando cómo ese deseo terminó marcando su destino.
El poeta evocó luego a dos maestros fundamentales: Washington Delgado y Luis Jaime Cisneros. De Delgado dijo: “Para mí ha sido como un segundo padre”. De Cisneros recordó que, sin decírselo, lo preparó para asumir responsabilidades mayores:
“¿No te das cuenta que Luis Jaime Cisneros es el que te ha preparado para ser presidente de la academia?”,
le comentó años después Ismael Pinto.
Martos destacó que ambos profesores tenían algo esencial:
“Establecían relaciones personales con cada alumno, aunque sean mínimas.
Y es una cosa que un alumno valora mucho.”
La conversación derivó hacia su propia labor docente. Se mencionó el caso de Miguel Coleque, quien logró terminar su tesis en tiempo récord gracias a su asesoría. Martos escuchó la anécdota con afecto, reconociendo que la enseñanza es también un acto de acompañamiento humano.
Luego habló del “duende”, esa chispa inexplicable que distingue a quienes pueden escribir poesía de quienes solo la estudian:
“Yo francamente creo que es Dios. Porque veo tantos colegas que son excelentes profesores de literatura… pero no tienen el duende.”
Uno de los momentos más emotivos fue cuando recitó su poema El Perú, escrito a pedido de una profesora que le pidió crear un texto para enseñar a los niños a querer al país. “Lo escribí de un tiro”, recordó. El poema dice:
“No es este tu país porque conozcas sus linderos,
ni por el idioma común,
ni por los nombres de los muertos.
Es tu país porque si tuvieras que hacerlo,
lo elegirías de nuevo para construir aquí todos tus sueños.”
El poema fue leído en la inauguración de los Juegos Panamericanos en todas las lenguas del Perú.
La mañana avanzó entre recuerdos de Piura, la familia Martos, el colegio San Miguel y su himno, que el poeta recitó de memoria:
“Y por ti, viejo claustro, cantemos, porque al par que nos sabes la sed,
nos ofreces el agua clarísima de tus fuentes de luz, San Miguel.”
Hubo anécdotas sobre periodistas piuranos, poetas ecuatorianos como Jorge Enrique Adoum, la Feria del Libro, la tradición oral de la poesía y la vigencia del género en tiempos digitales. Martos afirmó:
“La poesía nunca está más vigorosa. Tiene pocos lectores, pero son muy fieles.”
El desayuno terminó con risas, afecto y esa sensación de haber compartido algo que no se repite fácilmente: un domingo donde la cultura se vivió sin solemnidad, sin protocolo, sin distancia. Solo conversación, memoria, amistad y poesía.
Un domingo que, sin duda, debe repetirse.









