Noción

“La historia de la Iglesia es también, inseparablemente, historia de la cultura y del arte”, comentó el Papa Benedicto XVI al celebrar el 25° aniversario del Consejo Pontificio de la Cultura, hace poco más de 10 años.

En Dios, la “belleza” no es un atributo derivado, sino que coincide con su misma realidad que es “gloria”. Cuando la Iglesia llama al arte para que la acompañe en su misión, no lo hace solamente por razones de estética, sino para obedecer a la “lógica” misma de la Revelación y de la Encarnación. Se trata de ofrecerle al hombre la posibilidad de tener desde ahora una cierta experiencia de Dios, quien concentra en sí todo lo que es bueno, bello y verdadero.

Los últimos Papas en diversas ocasiones han recordado lo que la Iglesia considera “bienes culturales”: es el patrimonio artístico de la pintura, de la escultura, de la arquitectura, del mosaico y de la música puestos al servicio de la Iglesia. A estos se añaden los bienes representados por los libros contenidos en las bibliotecas eclesiásticas y los documentos históricos salvaguardados en los archivos de las comunidades eclesiales. Sin olvidar, finalmente, las obras literarias, teatrales y cinematográficas.

Sí, también son Bienes Culturales de la Iglesia, por ejemplo, las bibliotecas eclesiásticas, que son el lugar privilegiado de la verdadera sabiduría que narra la historia del hombre, gloria de Dios vivo, a través del esfuerzo de cuantos han buscado la huella de la sustancia divina en los fragmentos de la creación y en la intimidad de los corazones; los museos de arte sacro que son viveros perennes, en los que se transmiten en el tiempo el genio y la espiritualidad de la comunidad de los creyentes; los archivos, especialmente los eclesiásticos, que impulsan a la meditación sobre la acción de la divina Providencia en la historia, de modo que los documentos que se conservan en ellos se transforman en memoria de la evangelización realizada a lo largo del tiempo y en auténtico instrumento pastoral.

Pero la Iglesia no sólo hace referencia a los bienes culturales de antigua institución, sino también impulsa a las comunidades eclesiales jóvenes para que sean promotoras de cultura y sepan acoger, valorar y hacer idóneas al cristianismo las tradiciones y costumbres de los pueblos hacia los que se dirige el anuncio del Evangelio.

Conscientes de que la peculiaridad del arte sacro no consiste en ser una decoración, los “bienes culturales” están destinados a la promoción del hombre y, en el ámbito eclesial, cobran un significado específico en cuanto están orientados a la evangelización, al culto y a la caridad. Las obras de arte sacro pueden ayudar al alma en la búsqueda de las cosas divinas, así como constituir episodios interesantes de catequesis y de ascesis.

Es maravilloso conocer fieles que – junto con sus sacerdotes – valoran, cuidan y promueven el conocimiento del arte sacro en las parroquias, los decanatos y las diócesis. Personalmente creo que a todos nos resulta más bello un templo lleno de pinturas o esculturas de santos en lugar de ver sólo “fotografías de santos”. Asimismo creo que a todos nos aumentará la devoción si, por ejemplo, rezamos el Viacrucis ante esculturas o relieves artísticos antes que frente a “cromos baratos”; creo también que siempre preferiremos que el sacerdote en la Eucaristía porte una casulla de bordados finos y que eleve un cáliz hermoso al momento de la consagración antes que verlo escasamente provisto.

Tres son los aspectos que proponemos para su apreciación:

* Los promotores

Conviene que el arte continúe celebrando los dogmas de la fe, enriqueciendo el misterio litúrgico, dando forma y figura al mensaje cristiano, haciendo sensible el mundo invisible. La Iglesia no quiere ahorrar energías al promocionar el arte sacro, pues el arte cristiano sigue presentando su singular servicio, comunicando con extraordinaria eficacia la historia de la alianza entre Dios y el hombre, y la riqueza del mensaje revelado. Los bienes culturales son documentos cualificados de los diferentes momentos de esta gran historia espiritual. La Iglesia, experta en humanidad, quiere utilizar los bienes culturales para la promoción de un auténtico humanismo.

Muchas son las personas que trabajan por salvaguardar el tesoro inestimable de los bienes culturales de la Iglesia, así como también por conservar la memoria histórica de cuanto la Iglesia ha hecho a lo largo de los siglos, y por abrirla a un desarrollo ulterior en el campo de las artes liberales.

El trabajo encomendado a las Comisiones episcopales o diocesanas de Bienes Culturales de la Iglesia consiste en la animación cultural y pastoral de la comunidades eclesiales, valorando las múltiples formas expresivas que la Iglesia ha producido al servicio de la nueva evangelización de los pueblos. La Iglesia tiene la tarea de ayudar al hombre contemporáneo a recobrar el asombro de lo religioso delante de la fascinación de la belleza y de la sabiduría que emana de cuanto nos ha entregado la historia.

Dicha animación cultural y pastoral a través de los bienes culturales se realiza, ad intra, mediante la valoración del patrimonio que la Iglesia ha producido, conservando la memoria del pasado y protegiendo los monumentos visible. Y ad extra, favoreciendo nuevas producciones mediante la sensibilización de los artistas, los autores y los responsables, para que también nuestra época pueda crear obras que documenten la fe y el genio de la presencia de la Iglesia en la historia. Por todo esto, hay que alentar a la colaboración constante y estrecha entre Iglesia, cultura y arte.

Con este propósito, es oportuno respaldar también la formación del clero, de los artistas y de todos los interesados en los bienes culturales, a fin de que se valore plenamente el patrimonio del arte en el campo cultural y catequético. Por ello, es necesario, por ejemplo,  que en cada diócesis y nación se estudie, entre otros, el problema de la valoración del patrimonio antiguo y moderno de la música sacra o establecer los criterios necesarios para la construcción, adaptación y restauración de los lugares de culto o convocar a un diálogo fructífero con los artistas, así como crear espacios y tiempos para mostrar el fino arte sacro contemporáneo pictórico, escultórico, cinematográfico, histriónico, etc.

* Catequética

Como es sabido, el culto y la evangelización han encontrado desde siempre un aliado natural en el arte, de modo que, además de su intrínseco valor estético, los monumentos de arte sacro poseen también el catequístico y cultural.

La Iglesia es, pues, consciente de la función kerigmática y catequética de los bienes culturales. Por ello, si se quieren ubicar los bienes culturales en el dinamismo de la evangelización, no nos podemos limitar a mantenerlos íntegros y protegidos; es necesario llevar a cabo una promoción orgánica y sabia de los mismos para colocarlos en los circuitos vitales de la acción cultural y pastoral de la Iglesia. La Iglesia, por un lado, debe mostrar cuanto ha realizado a lo largo de los siglos en la obra de la inculturación de la fe y, por otro lado, también debe estimular con sabiduría a los hombres del arte y de la cultura.

* Salvaguarda

Las principales acciones en torno a la salvaguarda de los bienes culturales son el compromiso de restaurarlos, custodiarlos, catalogarlos, defenderlos. Para la Iglesia, tales bienes representan una porción importante del patrimonio que ha ido acumulando progresivamente para la evangelización, la instrucción y la caridad. En efecto, ha sido enorme la influencia del cristianismo tanto en el campo del arte como en el de la cultura en todo su depósito sapiencial.

Al mismo tiempo, se pone de relieve la importancia de su revaloración, así como la promoción de nuevos bienes culturales, facilitando a los artistas estimulantes contenidos teológicos, litúrgicos, iconográficos, y motivándolos con nuevos y dignos trabajos; se debe, pues, procurar y profundizar una renovada alianza entre Iglesia y artistas.

Presente y futuro

La Iglesia no es sólo custodia de su pasado; es sobre todo animadora del presente de la comunidad humana con miras a la construcción de su futuro. Por eso la comunidad eclesial incrementa continuamente su patrimonio de bienes culturales para responder a las exigencias de cada época y de cada cultura, y se preocupa asimismo por entregar a las generaciones sucesivas cuanto se ha realizado para que también ellas puedan beber en el gran río de la traditio Ecclesiae. Precisamente desde esta perspectiva es necesario que las múltiples expresiones del arte sacro se desarrollen en sinfonía con el espíritu de la Iglesia y al servicio de su misión.

Nutrimos la esperanza de que el patrimonio cultural de la Iglesia se convierta en un medio cada vez más eficaz para incrementar en el pueblo cristiano el amor a la belleza que abre el espíritu a la verdad y al bien.

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