Anagennao versus Enajenado: Hacia una nueva integración regional. Por Gretel Ledo

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El vocablo griego anagennao, lejos de dar cuenta de un nuevo nacimiento, abraza la idea aún más desafiante de una nueva clase de comienzo. Comprender la vasta noción de transformación implica lisa y llanamente regeneración.

Regenerarse, volver a generar, proviene del griego, palingenesia. Palin significa volver o regresar, genesia habla de génesis, una genética que nos lleva al origen.

Nuevo nacimiento es recuperarse del viejo estadio del estancamiento, del parate que inmoviliza atentando contra toda idea de progreso.

Nuestros padres fundadores defendieron durante la segunda mitad del siglo XIX, paradigmas sólidos tendientes a crear un orden político legítimo preparado para imponerse en un extenso territorio, poco poblado y con un nulo grado de integración. Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi coincidían en el horizonte al cual apuntaba nuestra naciente Argentina: el progreso material y la estabilidad política.

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Hoy, esa distante idea de progreso pide de un esfuerzo mayúsculo. Sin duda 2015 puede ser catalogado como un año signado por importantes pruebas a superar. Pese a ello la idea misma de crisis encierra oportunidades para grandes cambios.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) afirman que la desaceleración del crecimiento económico durante 2015 ha impactado en los indicadores laborales de la región llevando la tasa de desempleo urbano a 6,6%. Durante 2014 había llegado a 6,0%.

En el caso de Brasil, que está atravesando una de las mayores crisis de confianza y legitimidad política hacia su clase dirigente, no sólo la corrupción de grandes dimensiones en la estatal Petrobras sino además el fuerte deterioro de la economía, forzaron al Gobierno a la adopción de un impopular plan de ajuste fiscal produciendo la intempestiva reacción de los mercados enfriando la actividad a partir de la retracción de la demanda.

Chile, Perú y México firmemente decididos en alinearse con los ¨ganadores¨ por ser parte de las negociaciones del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TTP -Trans-Pacific Partnership-) de libre comercio junto a otros 9 países más (Estados Unidos, Japón, Australia, Nueva Zelanda, Malasia, Brunei, Singapur, Vietnam y Canadá), representan hoy el 40% de los intercambios comerciales a nivel regional.

En tanto el MERCOSUR ocupa el 71,8% del territorio de América del Sur. Con casi 15 millones de km2, posee alrededor del triple de la extensión territorial de la Unión Europea. Las 295 millones de personas posicionan al bloque como la quinta mayor economía del mundo. Pese a ello, la debilidad institucional resquebraja toda idea de bloque supranacional consolidado. La pregunta entonces gira en torno a qué circunstancias o motivaciones atentan hoy contra la magnánima idea de regeneración política, ausente en la región.

El proceso de integración mercosureño ha estado históricamente ligado a los ciclos económicos de la región. Así el periodo comprendido entre 1991 – 1998, caracterizado por el buen desempeño macroeconómico y avances en la integración regional muestra un claro progreso en la institucionalización del MERCOSUR. Entre 1999 – 2002, la volatilidad y crisis dieron paso a un fuerte estancamiento del proceso de integración. En tanto desde 2003 al presente, el crecimiento económico general de la región permitió el desarrollo de una tendencia hacia la consolidación del bloque a pesar de ciertas porosidades institucionales aún pendientes.

La dependencia hacia los ciclos económicos denota debilidad institucional apegada a las contingencias efímeras y momentáneas en el tiempo. Es decir, los ciclos económicos influyen de manera directa sobre los procesos de integración político-institucional. Mientras que en tiempos de bonanza, la integración avanza; en tiempos de crisis los países tienden a aplicar políticas proteccionistas cerrando la puerta a toda posibilidad de diálogo y espíritu comunitario.

Una vez más observamos la carencia de instituciones sólidas que puedan forjarse independientemente de los gobiernos de turno. Esta miopía dirigencial detenta en sí misma ostracismo político.

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La Unión Europea (UE) ha recorrido un largo trayecto de idas y vueltas que ha implicado incluso el voto negativo al proyecto de Constitución de la Unión en 2005 por parte de la misma Francia generando una de las mayores crisis de identidad que haya sufrido en su medio siglo de historia. Pese a ello, hoy la política de alargamiento es prioritaria. En este sentido, los 28 países esperan el ingreso de Albania, Antigua República Yugoslava de Macedonia, Montenegro, Serbia y Turquía, en camino de adhesión.

Europa es perfectamente consciente de la importancia de la unidad. Integrar no es condición suficiente pero sí necesaria como para asegurar la paz continental.

En un mundo global, problemáticas como el cambio climático, el crimen organizado, el narcotráfico, la trata de personas, la explotación de la niñez y las amenazas nucleares, deben necesariamente resolverse de manera mancomunada. Requieren en tal sentido, de un acto de grandeza llamado reconocimiento de no suficiencia en lo que respecta a políticas nacionales.

Los estados nacionales no cuentan con las herramientas necesarias como para responder con outputs frente a los inputs que genera el plano territorial extra nacional. La clásica noción de monopolio de la fuerza legítima ejercida sobre un territorio determinado resulta caduca en el tiempo por el simple hecho de encontrarnos cara a cara con titánicos desafíos que nos movilizan a repensar y resignificar las tradicionales nociones de poder de policía nacional.

La regeneración que precisa hoy nuestro país apela al cambio en su misma esencia. Se trata del desarrollo de una nueva capacidad cognitiva que nos permita autogenerarnos movilizándonos a un estadio inmaterial llamado respeto al prójimo. La integración es cooperación, es sumar al otro, que en definitiva es mi próximo. Integrarse a uno mismo rompiendo toda idea de divorcio y enajenación, indiferencia a la otredad, hacia ese otro, mi otro yo, yo mismo.

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