Kast, Trump y la importancia de no salir del radar

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La llegada de José Antonio Kast a La Moneda ha sido, para una parte importante de Chile, un profundo respiro después del gobierno de Gabriel Boric. Tras años marcados por la sensación de desorden, el aumento de la violencia, una migración percibida como descontrolada y una erosión del principio de autoridad, muchos chilenos esperan ahora el regreso del orden. Días antes de la juramentación, Boric y Kast protagonizaron un áspero cruce que dejó en evidencia una transición mucho más tensa de lo que el protocolo permitía admitir. Esa tensión se sentía incluso en el aire durante la ceremonia en el Congreso. En ese contexto, no dejó de ser una imagen elocuente ver a Boric retirarse cargando a su hija —su guagua, como se dice en Chile— junto a su compañera. Todo en su gobierno ha tenido algo de inusual, de performativo, de ruptura deliberada con la tradición. Kast, en cambio, llega con la escenografía opuesta: una familia numerosa, once hijos, un estilo conservador, una imagen de estabilidad doméstica y una esposa, Pía Adriasola, abogada de trayectoria, que lo acompaña siempre. También en eso hay una señal política: el retorno a una idea clásica de orden.

Sin embargo, aunque Kast aparece hoy como el presidente convencional que promete estabilidad, crecimiento y recuperación económica, ya han surgido señales de fricción con quien muchos consideran su principal padrino internacional: Donald Trump. En la cumbre del “Shield of the Americas”, celebrada el 7 de marzo en Miami, Trump habló con la lógica de quien no solo apoya, sino tutela: se refirió a los candidatos que su movimiento impulsa y que, gracias a ese respaldo, terminan ganando elecciones. En el universo Trump, el apoyo nunca es neutro. Es una forma de jerarquía. Y la foto final fue reveladora. Mientras en la primera fila se ubicaban los aliados de mayor confianza —Santiago Peña (Paraguay), Luis Abinader (República Dominicana), Nayib Bukele (El Salvador), Donald Trump, Irfaan Ali (Guyana), Rodrigo Chaves (Costa Rica) y Daniel Noboa (Ecuador)—, Kast quedó relegado a una posición secundaria. En política, y más aún en el teatro visual de Trump, la ubicación no es decorativa: es un mensaje. Reuters identificó a Kast en la foto familiar, pero no entre los nombres destacados del centro de la escena.

Ese mismo patrón se repitió en Santiago. Trump no asistió a la juramentación. Tampoco lo hizo Marco Rubio. Washington envió, en cambio, una representación de menor rango encabezada por Christopher Landau, subsecretario de Estado. No hubo desplante abierto, pero tampoco hubo abrazo pleno. Es decir: reconocimiento sí, confianza total todavía no. Y esa cautela tiene una explicación mucho más profunda que un simple asunto de protocolo. Trump busca fidelidad.

El punto de quiebre es el Pacífico, el Océano. La decisión de Estados Unidos de revocar las visas a tres funcionarios del gobierno de Boric no fue un gesto menor. El 20 de febrero, Washington sancionó al entonces ministro de Transportes Juan Carlos Muñoz y a otros dos funcionarios, acusándolos de haber comprometido infraestructura crítica de telecomunicaciones y de haber “socavado la seguridad regional” por su participación en el expediente del cable submarino Chile–China Express, un proyecto impulsado por China Mobile entre Hong Kong y Chile. El gobierno de Boric respondió con una nota de protesta, rechazó la acusación como “falsa” y defendió la soberanía chilena. Pero el daño político ya estaba hecho: el mensaje de Washington fue inequívoco. Para Estados Unidos, el problema no es un simple cable; es la posibilidad de que Chile se convierta en un nodo digital de la proyección estratégica china en el Pacífico sur.

Y aquí aparece la verdadera dimensión del problema. Chancay ya no es sólo Perú. Formalmente está en territorio peruano, pero estratégicamente se ha convertido en una plataforma china en el Pacífico sudamericano. Negarlo es ingenuo. Si a esa plataforma portuaria se le suma un corredor digital como el cable Chile–China, el riesgo cambia de escala. No hablamos solo de contenedores o comercio: hablamos de datos, flujos logísticos, patrones de operación, infraestructura crítica, información empresarial y, potencialmente, vulnerabilidades estatales. En otras palabras: hablamos de soberanía material. China no se detiene cuando se trata de consolidar posiciones. La experiencia de Chancay debería bastar para abrir los ojos. Recuerdo cuando le pregunté al almirante peruano Tejada sobre la soberanía nacional frente a ese proyecto: la respuesta fue tranquilizadora. Pero los hechos avanzan más rápido que las palabras. Incluso la idea de un tren bioceánico desde Brasil hacia Chancay, atravesando el Perú, mostró hasta qué punto los acontecimientos se precipitan, como si el territorio peruano fuera simplemente un espacio disponible.

Y es justamente allí donde la designación de Fernando Barros Tocornal como ministro de Defensa de Kast adquiere una dimensión geopolítica. Barros fue anunciado para ese cargo en enero y asumió oficialmente el 11 de marzo de 2026. No es un político tradicional. Es un abogado tributarista, fundador de Barros & Errázuriz, con una larga trayectoria en asesoría tributaria y corporativa a grandes empresas nacionales e internacionales. En otro contexto, su perfil podría parecer meramente técnico. Pero hoy no lo es. Llega al Ministerio de Defensa desde el corazón del mundo corporativo chileno, y su entorno profesional ha sido asociado a operaciones ligadas a intereses chinos, en un momento en que Washington lee puertos, cables, logística y telecomunicaciones como parte de un mismo expediente estratégico. No hace falta probar una subordinación para entender la inquietud: basta con observar la incompatibilidad entre el discurso de alineamiento hemisférico y el hecho de colocar en una cartera de máxima sensibilidad a un hombre cuya trayectoria se mueve precisamente en el espacio donde gravitan los intereses económicos que Trump busca contener.

Por eso la frialdad estadounidense no sorprende. Trump puede bendecir candidatos, pero no entrega confianza estratégica a ciegas. Puede avalar a Kast como símbolo de una nueva derecha continental, pero eso no lo convierte automáticamente en un socio de plena confianza. La foto de Miami, la ausencia de Trump y Rubio en Santiago, la sanción previa por el cable Chile–China y la designación de Barros en Defensa forman parte de una misma secuencia. La conclusión es clara: Kast puede ser un aliado ideológicamente útil, pero sigue siendo un aliado estratégicamente vigilado.

En este tablero, Chile tampoco es la alternativa natural a Chancay. Si Washington busca contener la proyección china en el Pacífico sudamericano, no necesita mirar primero a Valparaíso o San Antonio. Necesita mirar hacia Ecuador. Allí, la combinación entre el alineamiento de Daniel Noboa, la cooperación en seguridad con Estados Unidos y la existencia de puertos como Posorja y Manta ofrece una red más funcional, más cercana y menos ambigua para disputar el eje del Pacífico noroccidental. Chancay no se neutraliza con un espejo; se neutraliza con una red. Y esa red hoy pasa más por Ecuador que por Chile.

El Perú, por su parte, ni siquiera participó en la reunión del “Shield of the Americas”. No porque no necesite ayuda para enfrentar las mafias que hoy ahogan al país, sino porque atraviesa un grado de captura, fragmentación y deterioro institucional tal, que ya ni siquiera logra presentarse como un socio ordenado. Las mafias buscan adueñarse de las instituciones. Habrá que esperar al próximo presidente, que asumirá el 28 de julio de 2026, para saber si aún queda margen de reconstrucción. De aquí a entonces, el riesgo es otro: que sigan desmantelando el país mientras las grandes potencias reordenan el Pacífico a su alrededor.