Donald Trump Vs. el resto del mundo

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El gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, reconvino a Trump diciéndole que él no era un rey, sino un Presidente, cuyos mandantes son los ciudadanos. El gobernador, en este caso, se equivoca completamente, pues el magnate Trump se cree dueño no sólo de Estados Unidos, sino también del mundo entero, con sus Instituciones incluidas. Si el dinero confería el poder de la omnipotencia reemplazando a Dios hoy, con los cuerpos y las almas dominadas, vigilados y castigados bajo el control del panóptico es fácil controlar a los individuos y a la sociedad.

Al igual que en 1984 la obra de Orwell, el Gran Hermano se presenta como el salvador ante el terror de los ciudadanos, que tienen que asirse a un poderoso si quieren sobrevivir, hoy se acogen a doctores, científicos y políticos, a quienes se les atribuye un poder salvífico ante la tribulación e incertidumbre sobre la posibilidad de muerte por Coronavirus.

Durante la Peste Negra los doctores, supuestamente para protegerse, portaban un traje sui generis que imitaban el pico de las aves que se llenaba con aromas, así lo hacían los médicos para evitar la podredumbre y olores nauseabundos de los pacientes a causa de los bubones.

La gente, al ver a un médico, sabía que la muerte merodeaba el lugar, hoy ocurre algo similar ante el terror de que le internen en un hospital, donde no hay suficientes camas, ventiladores mecánicos e, incluso, insumos como mascarillas y otros.

Los investigadores médicos y de otras ramas del saber han pasado de sus salas de la UTI a ser personajes mediáticos: es el caso de Didier Raoul, (médico marsellés), quien sostiene haber descubierto en la Cloroquina – empleado en la curación de la malaria – la panacea contra el actual virus, y Francia se divide entre los que le creen y los que no le creen a este doctor, (por estos días recibió la visita del Presidente Francés, Emmanuel Macron).

Los Presidentes, reyes del mundo, no sólo tienen el poder de quitar la vida a causa de la coerción por parte del Estado, sino también el determinar lo que es “normal” u “anormal”, (véase Vigilar y castigar, de Michel Foucault), y apresar a la persona que transgrede las reglas, (anormal).

Trump, junto a Bolsonaro – y antes también a Boris Johnson – bajo el amparo del poder absoluto, decidieron privilegiar la economía sobre la salud y las vidas humanas. Afortunadamente, aunque muy deteriorados, aún quedan algunos derechos individuales y balances y contrabalancees: la libertad no ha muerto del todo, y en el caso de Johnson, por ejemplo, tuvo que abandonar prontamente su tesis del efecto “manada”, es decir, que el contagio de todos crearía suficientes anticuerpos, pero lo sorprendió el Covid-19 y terminó en un hospital y ad portas de la muerte; Bolsonaro no ha podido dominar a los gobernadores Río de Janeiro y Sao Pablo; Trump tuvo que cambiar su actitud beligerante ante la oposición de los gobernadores, especialmente de las Costas Este y Oeste, quienes han dado dura batalla.

Para entender la personalidad megalómana y narcisista de Donald Trump, (de la cual hay abundante literatura), es preciso comprender que todas las decisiones políticas, a nivel nacional e internacional, tienen un solo objetivo cardinal: la ambición por ser reelegido en las elecciones del 4 de noviembre de 2020.

Antes de que se expandiera el Corvid19, en que había pocos casos de contagio, Trump tenía segura su reelección: una cesantía casi a cero, la Bolsa de Comercio a sus más altos niveles, el Senado había rechazado el empeachment y su rival principal, Joe Biden, carecía de carisma.

Apenas conocido que Estados Unidos estaba a la cabeza de los infectados y muertos a causa de la pandemia, Trump que había afirmado en sus diarias conferencias de Prensa que se trataba de una simple gripe y que se iría con los calores de la primavera y el verano, de repente se encontró con un panorama desolador, con miles de muertos, en que los más numerosos se ubicaban en los estados de Nueva York y California.

Al ver derrumbada su argumentación de la liviandad de la enfermedad, eligió el camino que le conviene mejor a su personalidad, es decir, convertirse en un guerrero que ataca a cualquiera que se le oponga: a China, a Irán, a los países europeos, la OMS e, internamente a los gobernadores de las Coste Este y Oeste, (su enemigo principal es el gobernador de Nueva York, Cuomo, quien encabeza las encuestas de popularidad, gracias a su discurso claro y directo).

La Constitución de Estados Unidos concede la facultad a los gobernadores de los 52 estados que conforman la Unión el derecho a la toma de decisiones en materias como la educación, la salud y el orden público, (los padres fundadores de la Unión, siempre tuvieron terror de que un Presidente se convirtiera en rey o en dictador, razón por la cual dieron tantos poderes a los estados federados).

Trump sabe que no puede atropellar la Constitución y anular el poder conferido a los gobernadores, mucho menos obligar los representantes y senadores a romper el aislamiento y reunirse para aprobar el nombramiento de funcionarios, destinados a la tarea de reabrir canales en la economía norteamericana. 

En todas las catástrofes es la democracia la que sale maltrecha, pues se impone siempre el “panóptico”, y sale el delator y el fascista que tenemos dentro. No en vano, como diría Foucault, “el alma es la cárcel del cuerpo”.

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