El dolor de un fiel a un año de la tempestad en la Iglesia Católica Chilena. Rodolfo Marcone Lo Presti

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Es difícil describir el ultimo año de vida de la Iglesia Católica Chilena y universal, más aún para un fiel distinguir cuanta culpa existe en una forma de hacer Iglesia, y también en una forma de vivir la fe y ejercer los ministerios, por parte de consagrados y laicos. Al final parece que todos participamos de algún modo en la cultura de encubrimiento y abusos que muchos promovieron dentro de la jerarquía católica y hoy se conoce sin tapujos. Pero el dolor del reconocer esta cultura abusiva es tan grande como la esperanza de sanar esta forma de ser.

Desde la visita del Santo Padre Francisco a Chile en enero de este año, el ambiente católico chileno se enrareció a puntos de hacer estallar una polémica mundial, por la presencia del Obispo Juan Barros– acusado de encubrimientos de los delitos del sacerdote Fernando Karadima– en los actos oficiales del Santo Padre, incluso este ultimo defendió la inocencia del Obispo Barros ante la prensa, cuestionando la integridad de la denuncia emitida por las víctimas. Cosa que le valía al Santo Padre Francisco el reproche de muchos y el escándalo de tantas víctimas alrededor del mundo. Así el mismo Sumo Pontífice tuvo que retroceder, pedir perdón, todo esto en medio de una catarsis colectiva, de proporciones mundiales.

Luego sucedió lo impensable el Santo Padre al entender que el escándalo de los abusos tocaba la médula de su pontificado, y entendiendo la honda decepción del mundo frente a la conducta de obispos, sacerdotes y laicos, convoco a Monseñor Charles Scicluna, Obispo de Malta, y experto en la persecución canónica de los delitos abuso sexual y otros abusos de conciencia a visitar Chile y recoger toda la información necesaria para resolver el caso. En definitiva en un hecho inédito en la historia de la Iglesia moderna, el Santo Padre solicita a cada uno de los Obispos Chilenos que pongan en sus manos su renuncia, este hecho marcaría el punto de inflexión en la crisis clerical mas profunda de los últimos decenios.

El Pontífice reunido en Roma con todos los Obispos Chilenos, les comunica sus reflexiones y el dolor de comprobar cómo las acusaciones de encubrimiento eran comprobadas por la comisión Scicluna. El Papá en una texto inédito y privado denuncia al clericalismo y una cultura eclesial de elite para explicar el escándalo de la Iglesia Chilena. Todo el mundo descubrió con estos gestos del Papa, y la decisión casi obligada de los obispos, que en la Iglesia las frutas podridas estaban en la cúspide del árbol de la vida.

Luego el Santo Padre invitaría a las víctimas laicas de Karadima, y sacerdotes a visitarlo en la ciudad eterna; el Papá por fin escucho sin interferencias el dolor, este hecho aclaró el panorama. Luego la renuncia de siete obispos chilenos, incluido Juan Barros, porque quien todos los escándalos se conocieron mundialmente calmó las aguas. Pero una serie de investigaciones en la justicia civil suceden e incluso el Cardenal Chileno Francisco Javier Errazuriz y el Cardenal Ezzati– Arzobispo de Santiago- hoy se encuentran imputados en calidad de encubridores de los delitos de Fernando Karadima. De tal magnitud es la desolación en el pueblo fiel, que las últimas encuestas de opinión ciudadana dio como porcentaje de credibilidad a la Iglesia Católica en un 16%, cosa inaudita para una confesión religiosa históricamente confiable.

Todo esto me ha dejado triste, nunca pensé que el escandaloso comportamiento de la jerarquía de mi Iglesia afectaría mi fe, la fe no debería tambalearse por esta ola escandalosa, pero debo confesar me ha afectado profundamente.

Soy un católico chileno de treinta y tres años, formado desde mi niñez en la Congregación de los Hermanos Maristas, con tres Jornadas mundiales de la Juventud en mi alma, con una hermosa experiencia de vida y trabajo apostólico en diferentes fundaciones católicas chilenas e internacionales, conocí a mi esposa en una de estas jornadas, le debo mucho a mi Iglesia, donde se me enseño que todas las preguntas son buenas, y la fe es un encuentro de amistad y amor.

Nunca pensé que mi fe tambalearía, como lo hace hoy. Debo ser uno de tantos y tantas, que con dolor nos quedamos de un paraguazo sin nuestra brújula ética y espiritual. El dolor es grande al comprobar como un grupo- de clérigos, obispos y religiosos encumbrados en su mundo narcisista, como lo dice el Papa- en su carta privada a los obispos chilenos- de manera excepcional: “Psicología de Elite”, destruyo algo bueno y bondadoso.

Me cuesta entender cómo aquellos que estuvieron llamados al servicio, puedan haberse servido de su ministerio, para el abuso sexual, de poder y conciencia. 

Pero sobre todo me ha  dolido reconocer que mi Iglesia es elitista– cuanto le habrá dolido al Papa reconocer esto- discrimina en muchos aspectos, formas y dimensiones, y este es el principal problema, no tanto los escándalos sexuales, si no que los escándalos morales, que provoca esta “psicología de elite”, a nivel educativo, de parroquias y movimientos, donde cada una de estas realidades esta segregada para ricos, clase media y pobres.

Esta misma forma de ser eclesial, ha sido la causante de que se oculten los dramas de abuso, que se encubra a los sacerdotes y religiosos involucrados, que se minimice el dolor de la víctimas y se invisibilicen. Todo en pos cuidar la apariencia.

El dolor de mi corazón no desaparecerá hasta ver una iglesia sin esa psicología de elite-pastoral segregadora- donde las diferencias e injusticias de nuestra sociedad se perpetúan. Hasta que no se quiebre esta mentalidad, creo que mi fe en la Iglesia chilena estará rota, pese a todos los esfuerzos del Papa, porque de los obispos no se siente un arrepentimiento que llame al cambio de paradigma, parecen más bien ovejas asustadas, cuidando el lugar de privilegio en el rebaño. Pienso que  miles de hermanas y hermanos en la fe, seguiremos estando huérfanos mientras no exista un real acto de contrición de la jerarquía y un cambio estructural y de mentalidad de toda la cultura eclesial. Estoy seguro que en medio de nuestra desilusión seguiremos tratando al menos de agarrarle la mano al Jesús excluido, pobre y discriminado, quizá así Dios nos quiere en pequeños grupos orando y haciendo el bien en silencio, porque como decía el Santo Monseñor Romero en una homilía: “La Iglesia no tiene sistemas, la Iglesia no tiene métodos, la Iglesia sólo tiene inspiración cristiana, una obligación de caridad que la urge a acompañar a quienes sufren las injusticias y ayudar también  a las reivindicaciones justas del pueblo(..)“(Homilía, 16 de abril de 1978).

Cuando recuerdo la excelsa figura de este nuevo santo Monseñor Romero muriendo acribillado por amor a Jesús, entiendo que toda regeneración de la vida eclesial pasará solo por un regeneración en la relación con Jesús, no existe método psicológico que recupere el rostro ensuciado de la Santa Iglesia, no existe jerarquía que nos salve del abuso y menos del pecado, más bien solo existe una presencia y una realidad personal que nos puede impulsar a la caridad: Jesucristo, aquí está el principio y el fin de toda solución a nuestra crisis eclesial, porque en medio de la modernidad y nuestros problemas, nos hemos olvidado del rostro humano de Jesucristo.

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