La catarsis chilena. Augusto Thornberry

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Foto de Portada: Tomas Munita for The New York Times

Existe un viejo chiste que dice que un economista es un experto que sabrá mañana por qué las cosas que predijo ayer no sucedieron hoy. O también, a la inversa, que mañana explicará por qué hoy no se produjo la crisis que predijo ayer.

Del mismo modo, ahora vemos muchos expertos que enumeran los cuatro, seis o “n” factores que explican lo que pasa en Chile hoy. Algunos incluso dicen que esa explicación es simple. Pero si hubiera razones tan evidentes y tan lógicas para explicar estos hechos, esos expertos hubieran podido predecirlos hace un año, o hace un mes, o la semana pasada; sin embargo, no fue así.

Y si el problema fuese simple, también la solución lo sería. Para intentar aportar soluciones, veamos entonces cuáles son los problemas enunciados por los expertos.

El fracaso del  modelo neoliberal: esta etiqueta es un cajón de sastre a la cual se atribuyen todos los males. Pero el concepto es gaseoso, y a menudo se confunde, por ejemplo, con el Consenso de Washington, que fue mal interpretado y mal aplicado hasta que fue abandonado por sus miembros (aquellos que habían participado en el consenso) a comienzos de este siglo.

Tampoco conocemos que exista en Chile un partido político grande o un movimiento social masivo que proponga un modelo alternativo, pese a que en tres ocasiones ese país ha tenido gobiernos de izquierda durante el siglo XXI (una vez Ricardo Lagos y dos veces Bachelet), quienes hicieron reformas constitucionales en su momento y, por tanto, hubieran podido variar el modelo económico si era lo que sus votantes y parlamentarios deseaban.

Otra explicación “simple” es la gran desigualdad que existe en Chile. El dato de la desigualdad es cierto, pero hay que verlo en su contexto: América Latina es el continente más desigual del mundo. Sin embargo, Chile no es el país más desigual de esta región. Brasil y Colombia, por poner dos ejemplos, tienen un mayor índice de desigualdad; Uruguay, Venezuela y Perú tienen menores niveles de desigualdad. (El 1 refleja desigualdad total; el 0 refleja igualdad absoluta).

Si el factor desigualdad fuese suficiente para explicar movilizaciones sociales masivas y violentas, deberíamos haber visto este tipo de reacción antes en Brasil y Colombia que en Chile.

Por otro lado, la economía chilena está lejos de ser un fracaso. Con un PBI per cápita anual de casi $ 15 mil dólares, Chile más que duplica a la mayoría de países latinoamericanos, y ostenta un 50% más que las economías tradicionalmente más grandes de la región: Argentina, Brasil y México. La pobreza se redujo desde casi el 40% en el 2003, al 10 % en el 2016.

Se puede alegar deficiencias en los sectores sociales,  tales como Educación o Salud. En el primero de esos rubros aún recordamos las manifestaciones estudiantiles del 2006 y del 2011, pero desde que 60% de los estudiantes tiene acceso gratuito a la universidad, no ha vuelto a haber manifestaciones de ese sector.

Los servicios hospitalarios seguramente tienen muchos problemas. Pero si observamos la esperanza de vida al nacer, vemos que los chilenos han ganado casi diez años de vida desde inicios del siglo XXI, y con un promedio de 79.7 años están al mismo nivel que Costa Rica (80.1) y Cuba (79.6), a la cabeza del pelotón.

En cuanto a mortalidad infantil, Cuba (5.3 niños de cada 1,000), Chile (6.7) y Costa Rica (8.8) son los únicos países de la región con una mortalidad infantil de un solo dígito por cada mil niños. Todos los demás países tienen tasas de dos dígitos. Es curioso que en estos indicadores tan importantes Chile, supuestamente paradigma del neoliberalismo, tenga una performance muy similar a la de Cuba, símbolo del modelo opuesto.

Los hechos que podemos constatar, por lo tanto, no muestran una situación económica o social que sea estructuralmente mala. El problema parece situarse en otro nivel.  Algunas de las declaraciones del público chileno en estos días, así como algunos de los análisis publicados, mencionan alzas de precios en servicios públicos –aparte del transporte público, también subieron recientemente las tarifas de electricidad, gasolina, peajes- la propiedad privada del agua, así como deficiencias en el sistema de pensiones.

Estas alzas, consideradas abusivas, se suman a la existencia de monopolios u oligopolios en otros rubros tales como farmacias, papel higiénico o pensiones, en los cuales un pequeño grupo de empresas concierta condiciones extremas o precios leoninos para los bienes o servicios que ofrecen. Para ponerlo en palabras de la revista América Economía: En suma, en importantes mercados en Chile la competencia no es la norma, sino que impera más bien una forma torcida de rentismo oligopólico.

Desde el punto de vista de la economía política, esto no es liberalismo. Lo que se denomina economía de mercado por lo general incluye controles anti monopolio. La libre competencia es esencial para ese modelo económico. En este caso,  el Estado ha renunciado a su deber de asegurar las condiciones de una verdadera competencia, y por lo tanto la igualdad de oportunidades para todos. Probablemente éste es el talón de Aquiles de la política económica chilena, y los excesos de esos oligopolios son percibidos como abusos por una vasta mayoría de la opinión pública.

Esto debería reflejarse también en la esfera política; pero, como estamos viendo, no hay entre los manifestantes chilenos de estos días líderes o movimientos que encarnen una lucha contra los monopolios u oligopolios en general. Los políticos, los gobernantes y los parlamentarios de las principales formaciones políticas, han permitido este estado de cosas durante 30 años. Esto parece confirmar otra de las afirmaciones que hace la revista América Economía: “En Chile hoy no hay ninguna fuerza política tradicional o constituida que  tenga una real comprensión de lo que está ocurriendo.”

Desde luego que todos estos problemas, son ya bastante antiguos, por lo que la crisis que se ha desatado ahora responde, además, a un manejo notablemente malo de la protesta callejera. Los primeros días los estudiantes protestaban solos, y su protesta consistía principalmente en abrir los accesos para que la gente entrara al metro sin pagar.

Luego de algunos días, el viernes por la tarde, a la hora punta, las autoridades decidieron cerrar todas las estaciones del metro. En las calles, la cantidad de gente desesperada por movilizarse y la congestión vehicular monstruosa que todo esto produjo, generaron un escenario digno del título ideado por José Matos Mar en 1984, “Desborde popular y crisis del Estado”.

La muchedumbre exacerbada es muy difícil de controlar, y su conducta deja de ser previsible. El vandalismo se transformó en un espiral de violencia. El sábado, el Presidente decretó el estado de emergencia y los militares salieron a resguardar el orden. Esta escena, que no había sido vista en décadas, trajo funestos recuerdos. Aun los que no habían vivido esa época eran conscientes del impacto sicológico de esta imagen. Se convirtió en un tema de dignidad herida.

Las fuerzas del orden no pudieron cumplir su cometido. Hubo muertos, 12 hasta el momento, pero las manifestaciones, los saqueos y el vandalismo continuaron. El siguiente paso fue imponer el toque de queda, también insuficiente para terminar con los enfrentamientos.

El gobierno dio marcha atrás en el tema del alza de los pasajes, pero ése ya no era más que un detalle anecdótico. Una vez que es lanzada la marea humana, sale a relucir todo el pliego de reclamos. Cada cosa que va mal o afecta a algún grupo se convierte en reivindicación fundamental. La lista puede ser inacabable. Por eso todos los analistas pueden encontrar un buen motivo a su gusto para explicar la crisis.

Lo que pocos se atreven a abordar es qué pasará luego. Cómo será el día después. Quién habrá ganado y quién habrá perdido. O debería decirse quién habrá perdido menos, porque es un hecho que todos habrán perdido. En este caso no hubo el movimiento No+AFPs, ni los estudiantes del 2011. No hubo una causa clara, generalizada, ni un interlocutor con quien negociar algo. Sólo un estado de ánimo. Una catarsis, pero una que remece los cimientos mismos de la identidad nacional. Al despertar, Chile ya será otro.

Crédito: Captura de pantalla del la foto de Tomas Munita for The New York Times
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Augusto Thornberry
Ministro (r) en el Servicio Diplomático del Perú. Licenciado en Relaciones Internacionales, Bachiller en Derecho, Abogado por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Delegado de la Misión Permanente del Perú ante los Organismos Internacionales en Ginebra (1980-1985), Consejero de la Embajada del Perú en Francia (1988-1992); Secretario Ejecutivo de Cooperación Técnica Internacional en el Perú (1994-95); Sub-Director (1986-88) y luego Director General de Informática del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú (2001-2002); Director Regional del MINRREE en Iquitos (2002-2003); Representante Permanente Alterno del Perú ante la ONU en Nueva York (2012-2015); Cónsul General en Barcelona, España (2003-2006) y en Hartford, Connecticut, EEUU (2015-16); Encargado de Negocios del Perú en Francia (2001) y Jefe de Cancillería en las Embajadas del Perú en Francia (1996-2000), Australia (1993) y Ecuador (2007-2009). Consultor en Cooperación Técnica Internacional, Relaciones Internacionales, Derecho Internacional Público.

1 Comentario

  1. Como anunció Maritza: Lo explica ( el problema de Chile) el mejor.
    Un fuerte abrazo, recordado y Augusto amigo.
    Manuel E. Loyola Sotil

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