Petro y el concepto-utopía de la paz total

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Las cuestiones relacionadas con el concepto-utopía de la paz total impulsada por el presidente Petro, adquirirá cada vez más y más importancia en el futuro de la Colombia. Sin embargo, existe una honda preocupación porque el mismo primer mandatario no inspira la más mínima confianza en la población: En parte, por su constante falta de transparencia en dicho proceso y en parte, porque tenemos que admitir que el desarrollo de la paz tanto anhelada por la población es sólo una ilusión y un espejismo, marcada por la propaganda fácil, la negociación con impunidad y la ausencia de referencias a los valores y los principios en los que se basa nuestra civilización. La canción de la Paz no puede tocarse con el instrumento de la legalización o legitimación de la violencia y sin establecer una responsabilidad individual retroactiva, cosa que contribuye a un clima general de impunidad; eso resume justamente lo que estamos comentando aquí. Ya no hay cabida para la refutación de los hechos o la negación de la evidencia.  No es admisible que al final del viaje los victimarios, junto con otros rebeldes, sin conocimiento de la verdad, el cumplimiento de penas por los crímenes cometidos y la reparación de los daños causados a las víctimas, se beneficiarían y se harían todavía más ricos. Ese es el motivo por el que no nos gusta esta denominada paz total. No nos gusta porque es inútil, no contiene nada nuevo y nos hemos limitado a copiar lo que se ha hecho anteriormente, siendo incapaces entonces, de evitar cometer los mismos errores del pasado. En otras palabras, el gobierno no ha descubierto nada nuevo.

La llamada paz total es ilegal, cínica e inhumana. Ilegal porque es ilegal, y no podemos ser cómplices de ello, y no lo somos, pero también cínica, porque está pensada para generar más impunidad que justicia, y el Estado no garantiza el Estado de derecho. Esto exacerba el sufrimiento de las víctimas de forma inhumana: no se trata de opiniones o prejuicios, sino de hechos circunstanciados, concretos, graves, demostrados y verificados. Las primeras víctimas de este quebranto de la ley y el orden es el propio pueblo; solo la estupidez impide entenderlo. Hay que estar totalmente embobado por las ilusiones de la paz total es, como sabemos, una verdadera impostura política, jurídica y procesal, un cheque sin fondos sobre el futuro que causa la marginación de los más débiles. Una paz mercenaria y demagoga con el tiempo dará origen a un pueblo igualmente bajo.

Sin duda hay personas que creen que la impunidad general de quienes cometen los abusos y las violaciones graves de los derechos humanos y el terrorismo son el precio normal que se paga en la búsqueda de la paz. Eso es una falacia. La fuerza de nuestros principios yace en el rigor con el que podemos aplicarlos, la legalidad constitucional es una condición esencial para garantizar el derecho de los ciudadanos a la seguridad y entendiendo que la justicia es uno de los pilares del régimen republicano. Hay algunas personas que restan importancia o que esconden esta cuestión, nosotros no lo hemos hecho. No se puede tener paz a cualquier precio, y ahí está la diferencia, no solo porque son nuestros valores, sino porque cuando no lo hacemos, siempre sufren personas inocentes. Dejemos de generar ambigüedad en esta materia, si la gente decide mirar a otro lado será porque les falta valentía para defender lo que es correcto o porque carecen de honradez intelectual o moral. El futuro nos preocupa. ¿Vamos o no vamos a defender nuestros valores y a nuestros ciudadanos?

Por consiguiente, deseamos sumar nuestra voz a los que han subrayado los peligros relacionados con la aplicación indebida insidiosa o hasta cínica de la falsa paz y nuestra oposición actual a las ideologías extremistas. Es un problema que tenemos que tomarnos muy en serio. Así pues, ahora sabemos que detrás de la hermosa cara democrática de Gobierno se esconde otra realidad que es fea, injusta e ilegal. La esencia de esta falsa paz es la expresión de dos temas que gozan de gran popularidad entre muchos de los congresistas, los populistas y los demagogos: su inherente antiamericanismo y su interminable deseo de utilizar cualquier pretexto para solicitar que se concedan más poderes al gobierno. Dicho eso, esta paz es meramente especulativa, y comprende muchos riesgos y con frecuencia es infructífera, sin ningún tipo de criterios humanitarios o civilizados.

 La formulación del plan de paz de Petro es unilateral, sin una posición política valiente y clara, ha quedado atrapado en el juego del oportunismo y las afiliaciones políticas. Al menos en esta ocasión, nos gustaría que dejara Usted presidente de lado la ambición personal desbordada y pensara en el interés colectivo. Es un asunto de moral personal y política. Como dijo Lao Tse hace muchos años, uno no es solo responsable de lo que hace, sino también de lo que no hace. Creo que ya es hora de no decepcionar más a los ciudadanos.

No podemos y no debemos permitir que una organización terrorista o cualquier tipo de delincuente haga lo que les venga en gana en nuestro territorio sin que nuestro Gobierno pueda defenderse de ello: es inhumano, inmoral e injusto. Entonces, ¿qué ocurrió con los civiles y las fuerzas del orden que fueron secuestradas, vendidas, entregadas, detenidas y torturadas? ¿Quién fue el causante y quien participó en ello? Esa es la verdad que tenemos que averiguar, no hay ningún caso en el que el fin justifique los medios.

Colombia defiende el Estado de Derecho, la separación de los poderes y la democracia; sus políticos deben defender estas cuestiones. Pero no podemos apoyar la idea de que el único modo de proteger nuestra libertad pasa por una paz sucia, que se apoya en la pasividad –cuando no la colaboración activa– del Gobierno o de personas controladas por el Estado, está en juego la credibilidad de Colombia. No se trata de frutos de la fantasía. No nos gusta la paz sucia. Eso representaría –ha representado– un ataque frontal a nuestros valores: lo que defendemos y lo que predicamos.

Presidente Petro, en nombre de millones de ciudadanos les decimos aquí: no pueden hacer esto en nuestro nombre. No pueden combatir el terrorismo y la criminalidad con una paz sucia en nuestro nombre. No lo hagan en nuestro nombre porque no nos representan cuando luchan contra el terrorismo con estos medios. En todos estos casos, estoy seguro de que los congresistas harán lo que tengan que hacer con gran sentido del deber. En este terreno podemos afirmar que lo hemos entendido, que estamos dispuestos a aprender de los errores del pasado, para decir «Nunca más». Un gran historiador romano dijo una vez: «Crean un desierto y lo llaman paz». Creemos que la paz se construye evitando el desierto, dicho de otro modo, evitando la muerte del Estado de Derecho en aras de una falsa paz contra el terrorismo, la delincuencia organizada y el bandidaje, que afectan sobre todo a la población civil. La denominada paz total es un instrumento desfasado, porque confiere a Colombia un papel subordinado. Parafraseando una cita célebre: la paz total tiene «tantos agujeros como un queso suizo»

 Afortunadamente, los ciudadanos lideran la resistencia contra ella. Esta falsa paz hará poco por promover los derechos humanos. Lo que hará es acomodar y animar precisamente a los terroristas y rebeldes que intentan destruir nuestro modo de vida. Si aprobamos esta paz, sabrán que nos preocupa más la comodidad de los sospechosos terroristas que la seguridad de los ciudadanos de Colombia. Terminaré diciendo que cualquier diálogo debe reforzarse respetando nuestros valores, nuestras leyes y la legislación internacional. Eso es lo que está en juego hoy aquí.

Colombia ha suspendido en una prueba en los últimos cinco años, una prueba que consistía en demostrar si practica sus valores o simplemente los predica. Nos ha faltado coraje para negarnos a colaborar con los terroristas y la delincuencia organizada y no hemos tenido la visión necesaria para utilizar la capacidad de Colombia para ser real y unánimemente un estado de derecho, y ya va siendo hora de que practiquemos esos valores.
Foto: REUTERS/Nathalia Angarita

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Martín Eduardo Botero, colombiano de nacimiento. Abogado Europeo inscrito en el Conseil des Barreaux Europèens Brussels. Titular de Botero & Asociados, Bufete Legal Europeo e Internacional con sede en Italia, España y México. Letrado del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid. Presidente y fundador de European Center for Transitional justice y vicepresidente en la Unión Europea de la Organización Mundial de Abogados. Graduado en Jurisprudencia por la Universidad de Siena (Italia) con Beca de Honor del Ministerio de los Asuntos Exteriores italiano.  PhD en Derecho Constitucional Europeo por la Universidad de Bolonia con Beca de estudio del Ministerio de los Asuntos Exteriores italiano y la Unión Europea.  Su último libro lleva por titulo “Manual para la Lucha contra la Corrupción: Estrategia Global: Ejemplos y Buenas prácticas”.