¿Algún día aprenderemos de Chambi?

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La aduana tecnológica y la revelación del oro visual

En la cartografía del dominio británico en el Cono Sur, todas las líneas del ferrocarril habían sido construidas teniendo como único punto de convergencia el puerto de Buenos Aires. Los ingleses no solo controlaban las vías, los frigoríficos y el comercio de la carne; controlaban la matriz del desarrollo local. El periodista Patricio Lons ilustra esta asimetría a través de una memoria personal en la estación de tren de Hurlingham: cada estructura, cada pieza de hierro, llevaba el sello de manufactura del Reino Unido. La dependencia de la oligarquía local respecto del modelo británico llegaba a tal extremo que ni los clavos de repuesto se producían en suelo americano. Los británicos operaban bajo la premisa de que era factible perder Canadá, pero impensable ceder la Argentina. En ese diseño imperial, el habitante nativo era un elemento invisible, despojado de toda capacidad de iniciativa tecnológica.

Bajo esa misma lógica extractiva nace Martín Chambi en Coasa, Puno, en 1891. A los catorce años, mientras acompañaba a su padre en los lavaderos de oro de la Inca Mining Company en Santo Domingo, el adolescente atestigua un hecho disruptivo: un ingeniero inglés manipulando una cámara fotográfica. Enclaves mineros como Carabaya concentraban la vanguardia de la época, monopolizando tanto la extracción del subsuelo como la captura de la imagen. La cámara operaba como un instrumento de registro y estatus, una frontera invisible que separaba al técnico occidental del peón peruano.

En ese instante de exclusión se produjo el quiebre de Chambi. Frente a un conocimiento tecnológico que permanecía concentrado en manos de los extranjeros, el joven no optó por la sumisión de la mano de obra; eligió disputar el control de la representación. Decidió que su destino no sería desenterrar el oro ajeno, sino fundar su propio oro a través de la luz. En 1908, a los diecisiete años, migró a Arequipa para ingresar como aprendiz en el taller de Max T. Vargas, asimilando la técnica académica del retrato. Doce años después, en 1920, se estableció definitivamente en el Cusco. No llegaba como un artesano más, sino como el fotógrafo que subvertiría el lente para registrar la memoria del revés de la historia.

Foto familiar de Martín Chambi, con su hermana y familiares.

La soberanía de la mirada y el contra-archivo de la nación

Al establecerse en el Cusco, Chambi abre un telón que nos traslada a una época que, de forma apenas atenuada, sigue operando en nuestro presente. Miembro de una familia indígena en el sentido más estricto del término, el fotógrafo asume una postura disruptiva: viste impecablemente a la usanza inglesa, pero habita ese sastre occidental con la misma desenvoltura soberana con la que porta un poncho y un chullo tradicional. En esa fluidez indumentaria se revela su rol fundamental: Chambi no es un sujeto asimilado ni un nativo exótico; es un puente consciente que transita entre dos colectividades violentamente fracturadas. Él opera sobre las grietas de una sociedad escindida, utilizando el lente para disolver los compartimentos estancos de la segregación.

Chambi vistió con igual desenvoltura la ropa occidental y la andina, reflejando una identidad capaz de habitar ambos universos culturales sin renunciar a sí mismo.

En el Cusco de la época, el muro cultural, social y racial era una frontera intangible pero omnipresente. De un lado caminaba la oligarquía; del otro, una comunidad dejada a su suerte, vestida con rigor ancestral y descalza. Ambos grupos habitaban el mismo suelo sin tocarse, avanzando por senderos paralelos. Chambi, sin embargo, decide fotografiarlo todo. Su estudio se convierte en un espacio democrático y subversivo donde confluyen los clientes adinerados, la burocracia local, los terratenientes y, con igual rigor técnico, los descalzos del pueblo y su propia familia.

Esta amplitud no respondía al azar ni al oportunismo comercial. Chambi documenta sabiendo documentar; archiva sabiendo archivar. Posee una lucidez histórica absoluta sobre su tiempo y comprende que el acto del disparo, complejo y meditada artesanía en la era de las placas de vidrio, carecería de trascendencia sin la voluntad del ordenamiento. Al conservar y clasificar meticulosamente más de treinta mil negativos, Chambi rescata la memoria del olvido premeditado, legando a las generaciones posteriores la tarea de desenterrar y descifrar ese contra-archivo de la nación.

El valor imperecedero del fotógrafo radica en su inmunidad frente a la disociación cultural de la época. Mientras parte de las élites de Cusco y Lima buscaban proyectar una identidad asociada a los modelos europeos mediante una marcada identificación con los modelos culturales europeos. Chambi se mantiene incólume. Para las élites, reconocer la grandeza indígena equivalía a renunciar a la modernidad; para Chambi, ese complejo de inferioridad simplemente no existe. Su autenticidad no tambalea si retrata a la supuesta aristocracia local o la sonrisa empática y desbordante de una mujer andina. Es precisamente en ese contraste donde el lente opera como un espejo implacable: las fotografías transmiten la impresión de una élite preocupada por sostener una identidad social cuidadosamente construida, atrapada en la vigilancia obsesiva de marcar distancias con la tierra que pisaba. Las imágenes parecen reflejar el deseo de una parte de esa élite de identificarse con un imaginario europeo más que con el territorio en el que había nacido. La prueba irrefutable de esta evasión social quedó congelada en la posteridad.

El autorretrato colectivo y la República descalza

Las imágenes invitan a reflexionar sobre esa forma de distanciamiento cultural que  quedó congelada para la posteridad. Es el caso de aquella fotografía donde aparece la familia Chambi aglomerada sobre la tolva de un camión. Martín, vestido rigurosamente a la inglesa, orquesta un auténtico «selfie» de la época. Ya en ese entonces, la fascinación por quedar inmortalizado en la emulsión de plata contagiaba a todos; el fotógrafo, desafiando las limitaciones de los equipos pesados de los años veinte, encuadraba la escena, predisponía la luz y delegaba el instante del disparo a un tercero para incorporarse él mismo al registro. No hay rigidez aristocrática en esa tolva, sino el gozo colectivo de una familia andina que ha domesticado la tecnología de la modernidad y la utiliza para celebrar su propia existencia.

La familia de Martín Chambi. Él aparece vestido a la inglesa, mientras su familia conserva la indumentaria andina. Chambi habitó ambos mundos con absoluta naturalidad.
Feliciana Zamata Chambi, sobrina de Martín Chambi. Chambi retrató a su propia familia con la misma verdad y dignidad con la que retrató al Perú.

En las antípodas de ese juego técnico, otra imagen nos arrastra hacia el trasfondo político del trauma nacional: el retrato de la sobrina de Martín Chambi. La joven posa vistiendo una indumentaria autóctona de una elegancia soberbia, tejida con la finura de los antiguos saberes textiles. Sin embargo, el encuadre revela un detalle: está descalza, de pie sobre la tierra batida de un entorno desprovisto de pistas o veredas.

Esa fotografía condensa visualmente el gran olvido de la fundación de la República; expone las secuelas de una independencia mal negociada, diseñada exclusivamente por y para las oligarquías criollas. Al nacer una nación que mercantilizó la tierra y relegó a la gran mayoría de sus recursos humanos a la servidumbre, se fracturó la promesa de la patria. La sobrina de Chambi, con sus pies plantados sobre el polvo pero portando su ropa tradicional con el porte de una reina, encarna la paradoja de la peruanidad: la persistencia de una dignidad cultural intratable que sobrevive en medio del abandono material y la exclusión de un Estado que prefirió no dar prioridad al desarrollo de sus provincias.

La impostura del simulacro frente al pacto de la tierra

El lente forense de Chambi opera con una agudeza analítica inigualable en el retrato de Doris de La Torre Romainville, reina del carnaval del Cusco, junto a su corte de honor. Es verdad que se trata de una fotografía de estudio y que cada toma exigía una inmovilidad litúrgica. Sin embargo, la rigidez sepulcral y la absoluta carencia de alegría en la escena ponen de manifiesto una forma extrema de representación social: los pajes que flanquean a la reina han sido travestidos con medias, zapatos cortesanos y pelucas rubias de algodón, escenificando una fantasía versallesca en pleno corazón de los Andes. El carnaval y su soberana no celebran; actúan el dogma de su estatus socioeconómico. La rigidez de la reina podría significar a una élite empeñada en marcar su distancia respecto del territorio que la sostenía.

Reina del Carnaval del Cusco, Doris de la Torre Romainville y su corte de honor.

No se puede argumentar que Chambi fuera prisionero de las limitaciones técnicas de su tiempo o que ignorara que el movimiento y la espontaneidad eran componentes imprescindibles para la posteridad. Él mismo lo demuestra en la magistral toma de su excursión junto a Serapio Infantas y Alberto Santos Astete en el nevado ausente de artificios del Salqantay; un autorretrato dinámico, vivo y audaz que desafió la gravedad y la geografía.

Martín Chambi durante una expedición en la cordillera andina con Serapio Infantas y Alberto Santos Astete en el nevado del Salqantay

Si el Cusco señorial posaba estático frente a la cámara respetando el mandato de su condición social. El imperativo de la época era no fisurar la fachada. Había una necesidad imperiosa de legar a la posteridad una actitud distante de la vitalidad popular. Este síntoma alcanza su apogeo en la emblemática fotografía de la boda de Don Julio Gadea, donde el poder burocrático del recién nombrado prefecto y el abolengo de la oligarquía cusqueña se fundían en una etiqueta francesa más fina que la finura, con el novio sosteniendo la mirada a la cámara, en un estado extremo de vigilancia sobre su propia condición.

Boda de don Julio Gadea, Prefecto del Cusco. (Cuzco, Perú)

Mientras algunos cusqueños gastaba sus energías en sostener una actitud importada, un mundo paralelo seguía sembrando raíces milenarias sin dejarse tocar por la impostura de los salones. Chambi lo documenta de forma explícita cuando es contratado durante dos meses para registrar los trabajos en las tierras de un empresario cusqueño.

Antes de la faena.

Allí, antes de empuñar la herramienta para la jornada laboral, los peones detienen el tiempo y realizan la ceremonia sagrada del «pago a la tierra» mediante el uso ritual de la hoja de coca. La escenificación y la usanza andina se revelan impecables, idénticas a sí mismas hasta el día de hoy. El conjunto de estas imágenes conduce a un veredicto silencioso: a pesar de los casi tres siglos de dominación española y de la República, la cultura autóctona se mantuvo invicta. Vivían bajo el mismo cielo, pero mientras unos flotaban en la quimera de sus pelucas, los otros hundían los pies descalzos en la eternidad de la Pachamama.

La mirada soberana y la urgencia del espejo

Al compenetrarnos en la mirada de Chambi, descubrimos que el sujeto más consciente de las asimetrías y de los muros de su época era él mismo. Su mirada nos transfiere escenas estáticas e inamovibles ante las cuales podemos intentar voltear la cabeza, pero que siempre están y estarán ahí, interpelándonos. Sus imágenes no son meros artefactos estéticos; son herramientas vivas que nos ayudan a recuperar nuestra identidad y nuestro atrofiado sentido colectivo de ciudadanía. Chambi, sin necesidad de dictar cátedra ni de elaborar densos análisis jurídicos o sociológicos, simplemente actuó. Hizo con maestría lo que sabía hacer: retratar el instante saltando muros que para su mente libre resultaban invisibles. Él se negó a cumplir con el sortilegio sumiso designado a las poblaciones invadidas, ya fuera bajo el pretexto de la evangelización cristiana o por el simple afán extractivista de enriquecimiento. Chambi creyó en sí mismo. Jamás se miró con los ojos de la oligarquía local ni con los ojos de los conquistadores; se miró con sus propios ojos, bajo el concepto de un peruano libre que ejerce su oficio por voluntad y placer. La razón de su existencia fue documentar sabiendo que documentaba, y archivar sabiendo que archivaba.

El verdadero drama histórico no radica en culpar al inglés, al europeo o al norteamericano por actuar según los códigos de sus propios sistemas de poder. El fracaso definitivo no está en el muro que el otro levanta desde afuera, sino en condicionarnos a razonar como ellos hacia nosotros mismos, devaluando la riqueza de nuestra matriz cultural. Nos derrotamos cuando aceptamos mirarnos con los ojos del que no nos incluye o del que nos teme, de aquél que monopoliza el conocimiento porque sabe que compartirlo significa perder el monopolio de la fuerza.

¿Cuánto fue comprendido Chambi en su propio tiempo? Probablemente muy poco, ni por sus clientes de la élite ni por su entorno inmediato.  ¿Qué convicción debía acompañarlo para transportar durante años miles de placas de vidrio, clasificarlas y preservarlas, cuando cada una representaba un esfuerzo material y económico considerable? No conocemos su respuesta. Conocemos, en cambio, la magnitud de su obra. Sólo una disciplina extraordinaria explica que hoy dispongamos de un archivo de tal magnitud y calidad. Ese esfuerzo cotidiano, silencioso y perseverante constituye uno de los mayores legados documentales del Perú. Por ese sacrificio, las generaciones actuales le debemos una gratitud inmensa. Una gratitud que se extiende directamente a su nieta, Julia Chambi, quien asumió la quijotesca tarea de buscar a los parientes, desenterrar la historia familiar y rescatar un legado que de otro modo habría quedado sepultado bajo el polvo del olvido institucional. Un especial reconocimiento al Centro Cultural Inca Garcilaso, el cual ha brindado todos los salones de su estupenda sede para conocer Chambi en épocas y facetas.

Julia Chambi, en la Visita guiada de la Muestra «Martín Chambi»
Centro Cultural «Inca Garcilaso» del Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú.

Chambi nos revela, a través de sus fotografías, que comprendió el valor del ser humano en su espontaneidad, en la dignidad de sus rasgos y en la verdad de su condición humana. Capturó ese valor humano incluso en las contradicciones de una parte de la élite cusqueña, habitando físicamente un territorio, vivía mentalmente exiliada en otro. Al construirse paraísos de pelucas rubias y modas importadas, desaprovecharon la oportunidad histórica de edificar un solo territorio de bienestar colectivo, libre de la clasificación colonial de los cuerpos y las vestimentas. Al final, el lente de Chambi no solo exaltó la dignidad del peruano; dejó también congelado para el futuro el pesar silencioso de quienes, teniéndolo todo, dejaron también congeladas en el archivo de Chambi las contradicciones de su tiempo.

Cien años después de que se cerrara el obturador de su cámara, la pregunta deja de ser un eco del pasado para convertirse en un mandato del presente: ¿Algún día aprenderemos de Chambi?