La problemática arancelaria de EE.UU. y China (con tasas que superan el 145% en sectores estratégicos) no es solo un conflicto económico; es una máquina de generar pobreza. La Organización de Naciones Unidas – ONU prevé que no se alcanzará el objetivo mundial de acabar con la pobreza extrema para el 2030, ya que más de 600 millones de personas siguen viviendo en la pobreza extrema. Mientras las potencias discuten cuotas de mercado, países pobres ven desaparecer sus exportaciones, condenando a millones a la precariedad alimentaria.
En África, donde el 38% de la población vivirá con menos de USD 2.15 diarios, sufre un castigo desproporcionado: sus economías, dependientes de commodities agrícolas, carecen de margen fiscal para compensar los choques comerciales. En América Latina, la ONU proyectó un decrecimiento de 26.8% de la pobreza regional en el 2024 (frente al 27.3% de 2023), pero la coyuntura actual podría aumentar esta cifra, especialmente en México, donde los aranceles estadounidenses han paralizado el 30% de las exportaciones automotrices.
El empleo va a ser impactado negativamente en todo el mundo. En el Sur de Asia, se espera que dicho impacto incremente la pobreza a 15%, por encima del 10.5% obtenido en el 2023. Esta cifra se fundamenta en el hecho de que dicha región, al 2017, acumuló el 60% de la fuerza laboral mundial.
La desigualdad, lejos de reducirse, se agrava. El Banco Mundial revela que el 40% más pobre de la población global ha perdido el doble de ingresos que el 20% más rico desde el 2020. Aunque la desigualdad de las riquezas siempre ha existido, este 2025 podría incrementar dicha brecha.
Estas cifras son el resultado de políticas inadecuadas. La cooperación internacional no es una opción: es un imperativo moral. Si los líderes globales no actúan, la guerra comercial de 2025 será recordada no por sus aranceles, sino por su complicidad con el empobrecimiento masivo.







