Acerca del Bloque Oriental. Por E. Vicente Berguecio

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Cerro San Cristobal, Lima, Perú

Autor:
E. Vicente Berguecio
Jurista
Empresario inmobiliario
Representante en Chile del Banco de Andorra

I. Aparentemente, ya no tiene interés ninguno estudiar las causas de la caída del llamado Bloque Oriental o Bloque Socialista. Sin embargo, de este estudio podemos extraer lecciones de indudable utilidad para nuestros países, sobre todo si consideramos que hasta hace poco hubo quienes nos proponían las sociedades de ese bloque como modelos a imitar en nuestras latitudes.
Un primer rasgo de este “Bloque Oriental” que salta a la vista es su origen: no se constituyó de manera orgánica y espontánea, porque varios países hubieran querido marchar simultáneamente hacia el socialismo, cada uno a instancias de su propia historia; el bloque se originó en la Conferencia de Yalta, donde los vencedores de la Segunda Guerra Mundial se repartieron Europa. Stalin consiguió la tutela sobre los países que habían sido liberados del nazismo por las tropas soviéticas. La URSS formó en estos países gobiernos comunistas, manipulando las elecciones, y afianzando su influencia. Esta circunstancia influiría en su posterior desmembramiento, y constituye una diferencia con nuestras repúblicas.

II.  Cualquier régimen sociopolítico debe ser juzgado al menos en tres rubros importantes:
1 El ámbito social (es decir, el nivel de equidad social)
2 El ámbito económico (es decir, el funcionamiento de la economía al satisfacer las necesidades de la población)
3 El ámbito político (es decir, la viabilidad y representatividad de las estructuras de gobierno).
Afinando más, cabría agregar el ámbito valórico o religioso; es decir, la capacidad de darles “razones para vivir” a sus ciudadanos. Si examinamos el desempeño de los regímenes socialistas en los tres primeros rubros, podemos decir—en apretado resumen—que:
1 En el ámbito social, estos regímenes fueron altamente exitosos, al instaurar en sus sociedades niveles de justicia social nunca antes conocidos por ellas.
2 En el ámbito económico, estos países transitaron exitosamente desde sociedades agrarias, poco industrializadas, a sociedades industriales manejadas por un capitalismo de estado, aumentando en este proceso la productividad y el nivel de vida de sus ciudadanos. Sin embargo, fracasaron al intentar lo que más les interesaba, la transición al socialismo (saltándose en cierto modo el capitalismo). Este fracaso los condujo al estancamiento y a la frustración, al no poder alcanzar los niveles de bienestar material que veían en el mundo capitalista.
3 En el ámbito político, el fracaso fue total: en lugar de sociedades libres (meta final del verdadero socialismo), se constituyeron estados policiales regidos por cúpulas burocráticas o por caudillos personalistas. De hecho, la llegada de la democracia se postergaba hasta la llegada del socialismo… es decir, sine die.

En el ámbito valórico, estos regímenes intentaron sustituir al cristianismo por una “religión” laica del socialismo (cuya “iglesia” era el Partido Comunista); al no poder hacerlo, terminaron contemporizando con él. (Sin embargo, la adhesión de la población al socialismo fue bastante fuerte en algunos países, como la URSS.)

Lo innegable es que los regímenes del Este cayeron, y ello por causas internas. Aquí pretendemos sacar a la luz algunas de estas causas (con ayuda de nuestra intuición, más que con estadísticas).

El éxito de estos regímenes en nivelar las numerosas desigualdades de sus países no puede haber sido una causa de su caída. Para hallar causas, debemos acudir primero al desempeño económico. Este fue suficiente para satisfacer a la generación que había sufrido la Segunda Guerra Mundial; pero la generación siguiente ya exigió algo más parecido al consumismo del Occidente desarrollado—cuyas noticias se filtraban a pesar de la censura estatal—. Esta es una primera causa de la súbita caída.

La segunda causa principal reside en el sistema político, con su falta de libertad de expresión, su excesivo control de la iniciativa individual, su escasa representatividad y su petrificación. Sin embargo, nuestra impresión es que los vicios de la organización política no molestaban tanto a la mayoría de la población, sino a una minoría de “disidentes”, casi todos ellos intelectuales. La importancia de estos disidentes fue muy exagerada por la prensa norteamericana, empeñada en hallar defectos en los países del Este.

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Hay también causas “culturales”, las cuales influyeron en los países vecinos a la URSS. Muchos de ellos—aquéllos más ligados al Occidente por su historia, como Polonia, Checoslovaquia y Hungría-–sentían que, al ser uncidos al carro de la URSS y obligados a transitar por fuerza al socialismo, habían sido desconectados de su historia anterior e interrumpidos en el desarrollo natural de sus potencialidades económicas y culturales. (Algunos de ellos quizá habrían querido transitar hacia el socialismo, pero por iniciativa propia.) Sólo así se explica que en Polonia la resistencia al gobierno haya sido fomentada por la Iglesia Católica, una institución reaccionaria como pocas (y que en su momento no hizo ascos al nazismo): los polacos, de tradición católica secular, veían en la Iglesia la continuidad con su historia previa.
Una causa emparentada con ésta es la prepotencia de la URSS, que destacaba tropas en esos países, y que con ellas suprimió levantamientos populares en varias ocasiones (Hungría, 1956; Checoslovaquia, 1967-68).
Yendo a la propia URSS, allí estas causas “culturales” y exógenas no operaron, pero sí influyó el insuficiente desarrollo económico, unido a males locales como la ineptitud burocrática y la corrupción. Todo ello quedó de manifiesto en Chernóbil; habría que incluir a este gravísimo accidente como una de las causas inmediatas del cambio de régimen.

III. ¿Qué importancia tienen para nosotros estos sucesos de Europa del Este? Si comparamos la situación de esa parte del mundo con la de nuestros países, vemos semejanzas y diferencias.
1 Ambos grupos de países nos considerábamos en nuestro fuero interno como “subdesarrollados”, por no haber alcanzado los niveles de producción, consumo y tecnología de los países ricos de Occidente. Las naciones de Europa Oriental creían tener en el socialismo—hacia el cual aún se dirigían—una receta mágica para llegar al desarrollo sin pasar por el capitalismo; los sudamericanos, en cambio, estaban desorientados al respecto (y exasperados por la tozudez de sus oligarquías).
2 Los países socialistas—aún pagando un precio muy alto—habían conseguido nivelar las desigualdades en su población; Sudamérica, en cambio, sigue siendo el continente más desigual de la tierra.
3 En los países del Este, la economía y la política estaban secuestradas por el capitalismo de estado que se estableció como etapa previa al socialismo, y el pensamiento se hallaba sometido a la tutela intelectual del Partido Comunista. (En realidad, la situación era más afín a las antiguas monarquías; quizá podríamos llamarla “absolutismo de masas”.) En nuestros países, en cambio, había en estos aspectos una “libertad” que no era más que desorganización; pero, al menos, nadie podía quejarse de “dirigismo” de ningún tipo.

Cerro San Cristobal, Lima, Perú
Cerro San Cristobal, Lima, Perú

En conclusión, no quedaba clara la superioridad de los países del Este sobre los nuestros. No había razones suficientes para querer emularlos. (Por otro lado, ningún checo, polaco o húngaro habría querido ser chileno, nicaragüense o peruano.)
El mayor problema consistía en que, si un país de los nuestros hubiera querido integrarse al bloque socialista, ello suponía aceptar el “paquete completo”, incluida la dependencia de la URSS. El único país que dio el paso fue Cuba (y lo hizo, prácticamente empujada por los EUA).

IV. Resumiendo, podemos decir que los regímenes del Este, pese a sus éxitos parciales, fracasaron en sus metas más ambiciosas. Su error fue querer alcanzar los mismos niveles de desarrollo que Occidente, pero saltándose el capitalismo y marchando directamente hacia la utopía socialista. De los tres pilares de la modernidad: capitalismo, ciencia y democracia, en el Este de Europa sólo funcionó a cabalidad el segundo, la ciencia; el primero fue descartado a priori, y el tercero fue pospuesto indefinidamente. Por desgracia, la historia no da saltos: no es posible saltarse etapas, y la modernidad no se consigue sin estos tres pilares (que siempre van juntos).

Rusia—que, como sabemos, nunca ha tenido democracia—produjo en tiempos de la URSS una escuela científica sumamente poderosa; sin embargo, quedó exhausta intentando imitar la prosperidad de los EUA. Esta fue también la tragedia de sus países satélites.

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