El 22 de agosto tuvo lugar la primera sesión del VIII Curso de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales, organizado por la Sociedad Peruana de Derecho Internacional. Como conclusión de esta rica sesión, la exposición que llevó por título «La integración del Perú hacia el Asia-Pacífico: APEC», estuvo a cargo del Dr. Carlos Alberto Aquino Rodríguez, miembro titular de la SPDI y director del Centro de Estudios Asiáticos de San Marcos (CEAS).
El Dr. Aquino hace una exposición clara y detallada sobre la importancia del Asia-Pacífico, el rol de APEC y la manera en que el comercio exterior y la inversión extranjera han sido los motores del crecimiento económico del Perú. Su explicación parte de un hecho fundamental: el Perú es una economía pequeña, con un mercado interno limitado. Por eso, si el país quiere crecer, debe mirar hacia afuera, integrarse al mundo y participar activamente en los mercados internacionales.
El Aquino Rodríguez muestra cifras contundentes. En el año 2010, el Perú exportaba alrededor de 35 mil millones de dólares. Para el año 2025, las exportaciones superaron los 90 mil millones de dólares. Este salto, casi el triple en quince años, no se explica por políticas internas, sino por la apertura comercial, la inversión extranjera y la integración económica. Ningún otro país de América Latina ha tenido un crecimiento exportador tan acelerado en ese periodo.
El Perú exporta principalmente minerales, que representan cerca del 60% del total: cobre, hierro, plata. También exporta petróleo, gas natural y harina de pescado. Pero en los últimos años ha surgido un sector agroindustrial sorprendente: el Perú es hoy el primer exportador mundial de arándanos, el primer exportador mundial de uva fresca y el segundo exportador mundial de palta. Aquino explica que este éxito no es casual: es fruto de la inversión extranjera, que aportó capital, tecnología y gestión moderna.
Para entender por qué el comercio exterior es tan decisivo, Aquino dirige la mirada hacia el Asia-Pacífico, la región que más ha crecido en los últimos 50–60 años. Después de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los países asiáticos eran pobres, coloniales o devastados. Sin embargo, tomaron una decisión estratégica: abrirse al mundo. China es el ejemplo más claro. Cuando inició su apertura en 1978, era un país con una población enorme pero muy pobre. China comprendió que no podía crecer vendiendo solo a su propia población, así que decidió orientarse hacia los grandes mercados globales. Japón, Corea del Sur y Taiwán siguieron el mismo camino.
Aquino Rodríguez explica que este crecimiento asiático se sostiene en tres pilares: infraestructura, meritocracia y educación.
Primero, la infraestructura. Los países asiáticos construyeron puertos modernos, aeropuertos eficientes, ferrocarriles que conectan zonas productivas con centros de exportación, carreteras rápidas y parques industriales donde se ensamblan partes y componentes. Esta infraestructura permite que una empresa produzca una pieza en un lugar, la ensamble en otro y la venda al mundo. Sin infraestructura, no hay integración productiva. Sin integración productiva, no hay competitividad global.
Segundo, la meritocracia. En países como Japón, Corea, Taiwán y especialmente Singapur, el ingreso al gobierno se realiza mediante exámenes extremadamente exigentes. Solo los mejores administran el Estado. Singapur es un caso extraordinario: una pequeña isla de menos de 1,000 km², con 5.5 millones de habitantes, que ha construido una infraestructura de primer mundo y un nivel de vida altísimo. Sus ministros ganan alrededor de 180,000 dólares al año, porque el Estado quiere atraer a los mejores profesionales. La eficiencia institucional es parte del modelo económico.
Tercero, la educación. Asia invirtió masivamente en educación primaria de calidad, asegurando que todos los niños aprendieran bien matemáticas, a leer y ciencias. Luego orientó la educación universitaria hacia carreras que transforman la economía: ingeniería, tecnología, manufactura, ciencias aplicadas. En cambio, América Latina privilegia carreras como derecho, educación o ciencias sociales, que no generan transformación productiva. Esta diferencia explica por qué Asia produce tecnología y manufactura sofisticada, mientras el Perú sigue exportando materias primas.
Aquino Rodríguez también presenta cifras del Banco Mundial para mostrar por qué el Asia-Pacífico es la región más dinámica del planeta. Según estas proyecciones:
- La economía mundial crecerá 2.5%.
- Las economías avanzadas crecerán 1.5%.
- Las economías emergentes crecerán 3.6%.
- Asia del Este y el Pacífico crecerá 5%.
- América Latina crecerá solo 2.3%.
Es decir, Asia crece más del doble que América Latina. Además, concentra el 60% de la población mundial, lo que la convierte en el mayor mercado del planeta.
La meritocracia como política de Estado
Reiteramos que entre los ejemplos que Aquino considera especialmente significativos aparece Singapur, una infraestructura de primer nivel y una administración pública basada en una fuerte selección meritocrática. Para ingresar al Gobierno existe un proceso exigente y los funcionarios son seleccionados entre los mejores.
Para Aquino, la meritocracia no es un elemento secundario. Forma parte de una concepción de Estado eficiente, capaz de atraer y formar personas con altos niveles de preparación.
La educación completa este modelo.
Los países asiáticos que analiza entendieron que, si no disponían de abundantes recursos naturales, debían desarrollar el recurso que sí tenían: su población, transformando conocimiento en capacidad productiva.
Y aquí aparece una cuestión especialmente relevante para el Perú.
El desafío no es solamente exportar: es transformar
Aquino reconoce que el Perú posee una importante dotación de recursos naturales. Sin embargo, considera que el verdadero desafío está en desarrollar la capacidad para transformarlos. El país ha conseguido importantes éxitos exportadores. La inversión extranjera ha contribuido al desarrollo de productos agroindustriales y tiene una presencia todavía mayor en el sector minero. Pero exportar recursos no es lo mismo que construir una economía capaz de generar cada vez mayor valor agregado.
Ese es el salto que el Perú todavía tiene pendiente.
Y fue precisamente en este punto donde nuestra conversación con Aquino tomó otro rumbo. Es evidente que el país no puede transformarse únicamente formando técnicos capaces de negociar mejor aquello que ya produce. La pregunta era más profunda: ¿qué experiencia asiática podría servir de inspiración para construir desde la educación una nueva generación de productores y transformadores?
Su respuesta fue inmediata: Vietnam: de la pobreza a la manufactura
Aquino señala que existen varios países asiáticos que pueden servir de referencia, entre ellos Japón. Pero en los últimos años ha prestado especial atención a Vietnam.
La experiencia vietnamita le resulta particularmente interesante porque se trata de un país que, hace algunas décadas, era muy pobre y que ha conseguido convertirse en una importante potencia manufacturera. Vietnam decidió abrirse al mundo y atraer inversión extranjera. En un primer momento fabricaba productos relativamente sencillos: zapatos, ropa, televisores ensamblados. Pero progresivamente comenzó a subir en la cadena de valor. Hoy, explica Aquino, Vietnam se ha convertido en un competidor de China y está formando una mano de obra cada vez más calificada. Su objetivo ya no es limitarse al ensamblaje, sino avanzar hacia actividades de mayor sofisticación y desarrollar también científicos dentro del país.
El período Đổi Mới (Renovación) fue realmente un punto de inflexión crucial, que allanó el camino para un fuerte desarrollo e integración de Vietnam.
La transformación comienza en la educación
Aquí aparece, finalmente, la cuestión que atraviesa toda la exposición de Aquino. Vietnam ha invertido en educación. Y no solamente en educación universitaria. Aquino insiste en la necesidad de fortalecer la educación primaria y la educación universitaria, pero con una finalidad concreta: formar personas capaces de transformar las materias primas y generar conocimiento y producción propia.
Su crítica al Perú es directa.
Considera deficiente la educación primaria y señala también que América Latina concentra una parte importante de sus estudiantes universitarios en carreras que no necesariamente contribuyen a formar científicos, ingenieros o especialistas capaces de transformar productivamente los recursos del país.
La consecuencia es una economía que continúa comprando productos elaborados y vendiendo buena parte de sus recursos sin haber desarrollado suficientemente las capacidades para transformarlos.
La experiencia asiática, en cambio, muestra otro camino: educar para producir, investigar para transformar y utilizar el conocimiento para subir en la cadena de valor.
La pregunta que queda para el Perú
La exposición de Carlos Aquino termina dejando una cuestión que va mucho más allá del comercio exterior:
¿Queremos seguir siendo un país que exporta principalmente aquello que la naturaleza nos entrega, o queremos formar a las generaciones capaces de transformar esos recursos y crear aquello que hoy importamos?
La respuesta, en su planteamiento, no comienza en el puerto ni en una negociación comercial.
Comienza en la educación.




