Entre Trump y Perú: el doble estándar de Sheinbaum

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México fue coorganizador del Mundial. Anfitrión, protagonista, país que debía mostrarse con orgullo en la inauguración. Pero su presidenta decidió no asistir. Cedió su lugar a una niña, en un gesto que quiso ser simbólico, pero que terminó interpretándose como una renuncia al papel que México debía ocupar en el escenario global.

La explicación oficial fue ideológica: la inauguración era “un evento para ricos”. Sin embargo, para millones de mexicanos, la ausencia tuvo un peso emocional más profundo. México arrastra una herida histórica que reaparece cada vez que el país siente que cede su lugar: la figura de La Malinche, asociada a la conciliación, a la entrega, a la ausencia del propio protagonismo. Muchos vieron en este gesto una repetición simbólica: cuando México debía afirmarse, su líder no estuvo. Para los millones de mexicanos en Estados Unidos, fue casi un golpe a la autoestima, sobre todo después de que México había organizado impecablemente varios partidos.

La contradicción llegó días después. La presidenta sí asistió a la clausura. Viajó a Estados Unidos. Fue recibida cordialmente por Donald Trump y Melania. Hubo fotos, saludos, gestos diplomáticos. Y, apenas terminada la ceremonia, regresó a México sin sostener conversaciones de fondo.

Para muchos mexicanos, esto fue más desconcertante que la ausencia inicial. La clausura era un escenario perfecto para abordar temas urgentes: migración, seguridad fronteriza, cooperación antidrogas, tensiones con gobernadores investigados por vínculos con organizaciones criminales. La percepción pública fue clara: México perdió una oportunidad de negociar directamente con Trump en un momento en que el país necesita soluciones concretas.

En su mañanera explicó la razón por la cual asistió. Mientras se encontraba en gira de trabajo en México, la llamó Trump: “Claudia, ¿vas a venir?”, relató Sheinbaum. Ella respondió: “Bueno, si usted me invita, presidente Trump”. El mandatario estadounidense le confirmó que tendría un lugar asegurado junto a él y otros funcionarios, entre ellos el primer ministro de Canadá, Mark Carney.

Sheinbaum compró de inmediato cinco pasajes en una línea comercial para asistir al partido, pero su vuelo se canceló por lluvias. Se vio obligada a solicitar al secretario de Defensa Nacional un avión estatal.

Aún así, esta ajetreada partida reveló algo más: ella ya había decidido no asistir a la clausura. La llamada de Trump alteró su programa de ausencia. Pero la desilusión se mantuvo en México, sobre todo en el ámbito empresarial, donde se consideraba que era la oportunidad de socializar y conversar sobre temas pendientes. La desilusión fue por lo que no ocurrió.

La reacción mexicana también estuvo atravesada por un sentimiento más amplio: la incomodidad histórica de América Latina frente a Estados Unidos. Pero en este caso, el doble estándar no fue solo de Washington, sino de la propia Sheinbaum. Con Trump adoptó una postura sumisa, complaciente, casi ansiosa por agradar; mientras que con Perú mantiene una actitud abiertamente entrometida, opinando sobre procesos políticos internos y olvidando por completo la Doctrina Estrada, que durante décadas definió la política exterior mexicana como respetuosa y no intervencionista. Esa contradicción: sumisión hacia el poder estadounidense, intromisión hacia un país latinoamericano, hizo que la ausencia en la inauguración y la presencia improvisada en la clausura se leyeran como gestos incómodos, una oscilación entre ideología y conveniencia, sin lograr un equilibrio claro. Por eso la desilusión mexicana no fue solo nacional, sino regional: una oportunidad perdida de mostrarse con autonomía y firmeza en un escenario global.

Al final, lo que muchos mexicanos sintieron fue una incomodidad profunda: la imagen de una mandataria que, entre la ideología y la necesidad de agradar a Washington, terminó proyectando una postura vacilante, casi acomplejada, frente al poder estadounidense. Ese contraste, ya señalado, sumisión ante Trump y entrometida con Perú y distante de la Doctrina Estrada, asemeja a una política exterior sin brújula, más reactiva que soberana. Y en un Mundial que México co-organizó con solvencia, esa falta de firmeza dejó la sensación de que el país estuvo presente, sí, pero no en la posición de liderazgo que el momento exigía.

México estuvo en el escenario global; su voz, no.