El hambre y el imperativo del cotidiano sobrevivir

El humorista y escritor Genaro Prieto no podía explicarse el porqué de las últimas palabras del Capitán Arturo Prat, entes de morir en la cubierta del Huáscar, “¿ha almorzado la gente?” Para morir hay que hacerlo, al menos, con la guatita llena, razón por la cual el escritor concluyó que Prat pertenecía al Club de los Rotarios, famoso por las suculentas comilonas.

Mi nieta Beatrice, cuando tenía apenas seis años se reía cada vez que repetía esta frase y, sobre todo, porque no comprendía la dignidad del morir con el estómago lleno vs el vacío.

El millonario Presidente, Sebastián Piñera, que se cree un gran estratega, como no conoce el diario vivir de los pobres y sólo lo vislumbra a través de las campañas electorales, no pudo entender que antes de encerrarlos en sus covachas con el pretexto de contribuir a salvar sus vidas, había que planificar como distribuir la alimentación para adultos mayores, niños y cesantes, que padecen hambre.

El decretar una cuarentena en viviendas de lujo, de más de 300 metros cuadrados no es difícil, pues sus moradores pueden turnarse entre el sauna, el gimnasio, las canchas de tenis y la jardinería y los libros…y si los niños están muy inquietos, se les envía a jugar, con la nana, a los jardines de la mansión. Como es lógico, la cuarentena en las comunas de Providencia, Las Condes, Vitacura y Lo Barnechea, en el fondo bastaba, por ejemplo, con suprimir los viajes a Europa para que la curva comenzara a aplanarse.

El Presidente Piñera, como siempre, “metepatas”, comenzó a hablar de “una nueva normalidad y un retorno seguro”; Joaquín Lavín, en su disposición de seguirlo, comenzó a autorizar la apertura de peluquerías y del Mall Apumanque, pero este intento resultó un verdadero fracaso, pues se produjo un verdadero baile del Coronavirus.

Helder Cámara, obispo brasilero escribía, allá por los años 60, La geografía del hambre, obra en cual describía la situación de miseria del nordeste brasileño. En Chile, en Santiago, también existe “una geografía del hambre” como efecto de la expulsión de los pobres hacia guetos, especialmente en las comunas ser suroeste de Santiago; la idea del gobierno de Augusto Pinochet, imitando a sus mentores nazis y sudafricanos, era el confinar a los pobres, enfermos, discapacitados y los demás desechables y derrotados de la vida, en guetos, similares a los que se empleaban con los judíos.

En Las Condes, por ejemplo, (aceptando que muy pocos lo crean desde afuera), existe sectores, entre ellos Colón Oriente, en que el hambre ha obligado a los vecinos a juntarse para revivir las antiguas “ollas comunes”.

El hambre puede aniquilar la dignidad humana, como ocurrió en las grandes hambrunas a través de la historia de la humanidad, pues la muerte por inanición no permitía luchar, ni siquiera, ponerse de pies.

Desde el otro lado de la vereda, decía el gran filósofo marxista de la esperanza, Ernst Bloch, “el hambre es la parafina que impulsa al hombre a luchar creativamente en pos del imperativo de sobrevivir y, además, buscar y encontrar horizontes de esperanza”. La frase “morir luchando, de hambre ni cagando” retrata a la perfección lo escrito por Bloch.

Al Presidente le preocupa, más que la vida de los chilenos, la salvación de las grandes empresas, (muchas de ellas le pertenecieron antes de dejarlas en comodato); hoy LATAM, que pertenece a la familia Cueto, (antes Piñera fue socio principal), ha solicitado ayuda al Fisco, a fin de evitar la quiebra, pero no tiene ningún empacho en repartir utilidades y, a su vez, enviar a la cesantía a gran número de sus empleados.

La Clínica Las Condes, (antes Sebastián Piñera era su dueño, y su “brillante” director, Jaime Mañalich), acaba de anunciar que va a repartir sus ganancias entre los accionistas.  A los ricos no los conmueve el hambre y la miseria de los pobres, por mucho que se golpeen el pecho en la misa dominical, y siempre hay un cura vendido y degenerado que les perdona los pecados.

La vida, según la filosofía del absurdo, consiste en el trascurso terrenal entre el determinismo azaroso del nacer y el de la muerte. Como el dios Sísifo, así sea absurdo subir y bajar eternamente una piedra desde la sima y hacia la cima de un cerro, lo importante es cumplir esta tarea con dignidad, por esta razón, para Albert Camus, por ejemplo, el gran problema de la filosofía es el suicidio.

Los pobres han recurrido a las ollas comunes en varios períodos de nuestra historia: a comienzos del siglo XX, en la crisis del salitre, entre 1920 y la gran depresión de los años 30; posteriormente, a raíz del maga terremoto de Valdivia, en 1960; luego, durante crisis económica de 1982-1983, durante la dictadura militar; hoy, frente a la peste Coronavirus.

La olla común demuestra la solidaridad y dignidad de los pobres que contrasta con la miseria moral y ética de nuestra plutocracia que, ni siquiera, está dispuesta a bajar sus sueldos millonarios (que todos los chilenos les pagamos), a fin de ayudar a sus conciudadanos.

La manera en que los pobladores se ayudan mutuamente da muchas esperanzas respecto a los valores humanos, que residen entre los que menos tienen, pero que lo comparten entre sus hermanos. La frase evangélica “dar la vida por los demás” tiene su más profundo sentido en la pobreza, y no en la ramera de los ricos

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