Entendernos, todos.

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Italia es un país donde la cultura no es un accesorio: es un lenguaje. Un lenguaje hecho de estética, presencia, modos, silencios, de cómo se entra a un lugar y cómo se mira a los demás. No es superficialidad: es historia. Es Renacimiento, es diseño, es moda, es dignidad después de siglos de pobreza. Es una forma de decir: “estoy aquí, existo, me respeto”.

Por eso, cuando llega migración que viene a trabajar, no a estudiar ni a integrarse culturalmente, se produce un choque. No porque esa migración sea “menos”, sino porque llega sin los códigos que Italia usa para reconocerse a sí misma, ni se preocupa de conocerlos, su objetivo es sobrevivir y muchos, mantener a sus familias de origen. Y eso genera malentendidos, distancias, prejuicios, heridas.

La migración peruana en Italia es un ejemplo claro: gente que trabaja muchísimo, que sostiene hogares, que cuida ancianos, que limpia casas… pero que llega sin idioma, sin redes, sin capital cultural italiano, sin tiempo para aprender los códigos del país. Y eso los deja atrapados en un círculo que no permite avanzar. No es identidad peruana. Es estructura social.

Y también es verdad que Italia tiene una relación muy fuerte con la estética. Aquí la presentación personal es un lenguaje. No es vanidad: es cultura. Por eso, cuando un migrante no domina ese lenguaje, queda fuera. Y con el propósito de entendernos todos, hay que decir las cosas como están. Pero, es posible aprender a leerse mutuamente.

Los italianos deben entender que la migración llega en condiciones duras. Los peruanos deben entender que Italia no es un país “melange”: es un país con identidad histórica. La integración debe ser un puente, no una imposición. Y la política debe entender la sensibilidad cultural de su propio pueblo.

Hoy, la realidad nos permite comprender mejor esta razones. El Partido Democrático italiano perdió rotundamente las elecciones en el Veneto, consideraban que después de 11 años con el centro-derecha podía ser el momento de cambiar. Y, en efecto propusieron un cambio.

Desde que Berlusconi llegó al poder, cambió la psicología del votante italiano. Mostró que se podía producir, aspirar, vivir mejor, verse bien. Rompiendo con la estética triste de la izquierda clásica, enseñó a los italianos que el bienestar no era pecado. Y millones de votantes del centro-izquierda se fueron al centro-derecha porque ese relato les hablaba en su propio lenguaje cultural. Hasta la televisión cambió, el italiano comenzó a volar en ideas y aspiraciones.

La izquierda italiana perdió su base histórica. Y en vez de reconstruir un proyecto cultural italiano, buscó votos donde no había: en la migración.  Favoreció a grupos que aún no están integrados culturalmente, creyendo que serían votos cautivos. Pero Italia no funciona así. Italia vota desde la identidad, desde la estética, desde la historia compartida.

La propuesta del candidato a Alcalde estaba compuesto por migrantes musulmanes, nadie podía esperar nada, sólo, el voto de la ciudadanía. Su propuesta, en silencio, presentó símbolos que no dialogan con la sensibilidad italiana, como candidatas con velo en regiones donde la identidad cultural es fuerte, el electorado lo percibió como: desconexión, provocación simbólica, gesto vacío, falta de lectura del territorio. Fue un rechazo ante la desalineación cultural.

La política que no entiende a su pueblo, pierde. La política que ignora la historia cultural, pierde. La política que intenta sustituir a su base social con grupos no integrados, pierde. Y eso es exactamente lo que le pasó al PD. No es un accidente: es una alarma para toda Italia.

Si queremos convivir, si queremos integrarnos, si queremos construir un espacio donde nadie tenga que renunciar a su identidad pero que todos podamos vivir con dignidad, necesitamos una cosa: entendernos, todos.