Guido del Castillo, cuzqueño originario de Anta, descubrió desde muy joven en la tierra no solo una vocación, sino también el horizonte de su futuro. Realizó sus estudios primarios y secundarios en su tierra natal y, a los quince años, llegó a Lima para continuar su formación en la entonces Escuela Nacional de Ingenieros, hoy Universidad Nacional de Ingeniería.
En 1955 se graduó como ingeniero de Minas en la Facultad de Ingeniería Geológica, Minera y Metalúrgica de la UNI. Ese mismo año obtuvo una beca otorgada por la universidad para realizar estudios de posgrado en la prestigiosa Colorado School of Mines, en los Estados Unidos, donde obtuvo una maestría y consolidó una formación internacional que marcaría su trayectoria profesional.
Tras destacar en el extranjero, regresó al Perú y se convirtió en una de las figuras más importantes del sector minero nacional, fundador de empresas como Aruntani y Bradley MDH. Sin embargo, uno de los aspectos más significativos de su legado ha sido su compromiso con la formación de nuevas generaciones de ingenieros y profesionales peruanos.
A lo largo de su vida desarrolló varios proyectos auríferos como: Aruntani en Moquegua, (2003), Arasi en Puno (2004), Anabi en Cusco (2010) y Apumayo (2013). En el 2014 abrió la mina Anama que entró en producción en el año 2015, siendo el primer productor aurífero en el departamento de Apurímac.
Cada año, ProUNI y la Compañía Minera Apumayo impulsan la convocatoria de las Becas Guido del Castillo-Apumayo, dirigidas a bachilleres y titulados de la Universidad Nacional de Ingeniería para realizar estudios de posgrado en universidades de prestigio internacional. La iniciativa refleja la convicción de Guido del Castillo de que el conocimiento y la excelencia académica constituyen una herramienta esencial para el desarrollo del país.
Mientras avanzaba en la reconstrucción de la histórica Casa Belén, espacio que más tarde se convertiría en el Museo de Minerales Andrés del Castillo, Guido del Castillo atravesó uno de los momentos más dolorosos de su vida: la pérdida de su hijo Andrés.
A partir de entonces, el proyecto adquirió un significado profundamente personal. El museo no solo nació como un espacio dedicado a la preservación y difusión de la riqueza mineralógica del Perú, sino también como un homenaje a la memoria de su hijo. Por ello lleva su nombre: Museo de Minerales Andrés del Castillo.
La colección, considerada hoy una de las más importantes de América Latina, refleja no solamente el interés científico y cultural de Guido del Castillo, sino también la voluntad de transformar el dolor en legado, conocimiento y belleza compartida.
Al ingresar al Museo de Minerales Andrés del Castillo, el visitante es recibido por tres enormes formaciones minerales que parecen custodiar silenciosamente el inicio del recorrido.



Las tres piezas no solo anuncian el valor científico de la colección; también preparan emocionalmente al visitante para comprender que el museo no es únicamente un espacio de exhibición mineralógica, sino un diálogo entre naturaleza, belleza y memoria.
Entramos al Museo, la colección del Museo Andrés del Castillo tiene además una particularidad: muchas de estas piezas provienen de yacimientos andinos situados entre los 3.000 y los 5.000 metros de altitud, en algunas de las zonas mineras más importantes del Perú. Eso explica la intensidad de sus colores, la pureza de los cristales y la monumentalidad de ciertas formaciones.

La primera pieza que llama la atención es la Mangano Calcita de la mina Quiruvilca, en La Libertad. Su tonalidad rosada parece casi orgánica, como una piedra modelada por el agua o por tejidos vivos. La mangano calcita es una variedad de calcita rica en manganeso, responsable de ese color suave y luminoso. Este tipo de mineral aparece en yacimientos hidrotermales de Perú, México, Rumania y Sudáfrica. La mina Quiruvilca se encuentra aproximadamente a 4.000 metros sobre el nivel del mar, en plena sierra liberteña. En el museo, la pieza transmite delicadeza, casi fragilidad, en contraste con la rudeza del paisaje donde nació.
Muy distinta es la Crisocola, un silicato hidratado de cobre, reconocible por sus intensos tonos verdes y azul turquesa. Históricamente asociada a depósitos de cobre en Perú, Chile, República Democrática del Congo y Estados Unidos, la crisocola se forma en zonas de oxidación de minerales cupríferos. Su color recuerda inmediatamente los paisajes minerales del desierto andino. La pieza fotografiada posee cavidades cristalinas que parecen pequeños universos interiores. En el Perú suele encontrarse en minas situadas entre los 2.500 y 4.500 metros de altitud.
La combinación de Ferberita, Fluorita y Cuarzo procedente de la mina Mundo Nuevo, en La Libertad, revela la complejidad geológica andina. La ferberita, mineral de tungsteno, aporta los cristales oscuros y metálicos; la fluorita introduce transparencias delicadas; y el cuarzo funciona como estructura integradora. La mina Mundo Nuevo, situada cerca de los 4.200 metros de altura, es célebre entre coleccionistas internacionales por la calidad excepcional de sus fluoritas y cuarzos. Estas asociaciones minerales también se encuentran en China, Bolivia, Rusia y Alemania, aunque las peruanas poseen una estética particularmente refinada.
La gran pieza blanca de Fluorita y Cuarzo, también de Mundo Nuevo, parece casi nevada. El cuarzo domina visualmente con sus cristales translúcidos, mientras pequeñas inclusiones azuladas de fluorita emergen discretamente desde el interior. La fluorita es apreciada mundialmente no solo por su belleza sino también por sus propiedades ópticas; aparece en Inglaterra, China, México y España, pero las piezas peruanas destacan por la nitidez de sus formaciones.


Otra de las piezas más impresionantes es la Mangano Calcita con Esfalerita de la mina Raura o Racracancha, en Pasco. Aquí la suavidad rosada de la calcita contrasta con las inclusiones oscuras de esfalerita, principal mena del zinc. La composición parece escultórica, casi barroca. Las minas de Pasco se encuentran entre los 4.000 y 4.500 metros sobre el nivel del mar, en una de las regiones mineras históricas del Perú.
La enorme formación de Selenita y Atacamita procedente de la mina Lily, en Ica, posee una apariencia casi arquitectónica. La selenita, variedad cristalina del yeso, genera grandes planos translúcidos, mientras la atacamita introduce tonos verdes asociados al cobre. La atacamita aparece especialmente en ambientes desérticos ricos en cobre, como el desierto de Atacama en Chile, Namibia y el sur peruano. Esta pieza parece condensar el paisaje árido de la costa peruana transformado en geometría mineral.

La Baritina de la mina San Genaro, en Huancavelica, destaca por la disposición radial de sus cristales blancos translúcidos. La baritina, sulfato de bario, es un mineral ampliamente utilizado en la industria petrolera, aunque en el museo adquiere una dimensión puramente estética. Sus cristales recuerdan abanicos o alas minerales. San Genaro se encuentra aproximadamente a 3.800 metros de altura, en los Andes centrales del Perú.
Las distintas variedades de Mangano Calcita provenientes de Pachapaqui y Quiruvilca constituyen quizá algunas de las piezas más poéticas de la colección. Sus tonalidades rosadas cambian según la concentración de manganeso y la formación cristalina. En algunos casos parecen flores minerales; en otros, masas de coral petrificado. Estas piezas poseen además una rareza internacional muy apreciada por coleccionistas y museos especializados.

Finalmente, las asociaciones de Ferberita y Cuarzo revelan otra característica esencial de la mineralogía peruana: la coexistencia de fuerza y delicadeza. Los cristales negros de tungsteno emergen sobre bases claras de cuarzo generando contrastes visuales muy intensos. Son piezas que convierten la geología en arte natural.
La ferberita con cuarzo de Mundo Nuevo, por ejemplo, parece una cordillera helada emergiendo de un bosque oscuro metálico.
La calcita de Casapalca tiene una suavidad orgánica, casi floral.
La baritina de Huánuco parece construida con láminas doradas translúcidas, como una ciudad mineral iluminada desde dentro.
La turmalina con apatito de Piura posee una fuerza volcánica, compacta y oscura, casi primitiva.
La fluorita con cuarzo de Pasto Bueno parece una pequeña escultura extraterrestre suspendida en el aire.
Y la malaquita con crisocola y selenita de Ica recuerda un fragmento de paisaje submarino o terrestre visto desde otro planeta.


Lo extraordinario del museo es precisamente eso: logra que la geología deje de ser abstracta y se transforme en experiencia emocional y estética.
En conjunto, la colección del Museo Andrés del Castillo permite comprender que la minería peruana no solo ha sido una actividad económica fundamental, sino también una fuente de patrimonio científico, artístico y cultural. Cada piedra expuesta conserva la memoria de montañas situadas a miles de metros de altura, donde durante millones de años la presión, el agua y los minerales dieron origen a estas formas irrepetibles.






