Hemos leído: «Los de Bilbao nacen donde quieren» de María Larrea

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La adopción como acto de amor hacia un ser que ha sido voluntaria o involuntariamente abandonado. Suplir ese abandono con amor sincero, seguir su crecimiento, un acto que da sentido a la vida de los adoptantes: serán una familia. Alrededor de este acto gira la novela “Los de Bilbao nacen donde quieren”; su autora y protagonista es María Larrea, es autobiográfica. El título recoge una expresión propia de los bilbaínos, denota orgullo, como la frase “los bilbaínos no lloran, sudan por los ojos”. Es una historia que recorre sentimientos, humanidad, y que muestra que saberse sola en el mundo no te inhibe de lograr tu objetivo, con fatiga, te enriquece.

En esta novela María Larrea nos sumerge en la España de principios del siglo pasado; vemos historias de vidas usadas, abandonadas, impactadas por la dureza de la vida familiar. Dos protagonistas: Victoria, abandonada por su madre, a horas de nacer, en un convento y luego recuperada, a los 11 años, por esa misma madre para servir en su casa y fuera de ella. Abusada por su padre, soporta gracias a su fe unida a inconscientes culpas morales generadas por ella misma, que la ayudan a atravesar una adolescencia que culmina con el matrimonio con Julián. Julián, su inocencia y su ligereza en tomar la vida terminan cuando se enfrenta a la visión de su madre prostituta. Su reacción emotiva es incontenible, lo lleva a ser expulsado del colegio donde estudiaba. Está en la edad de independizarse, buscar su destino. Ahí encuentra a Victoria. En pocos meses se casan.

El equilibrio entre ellos se nutre de los rudimentarios conocimientos de Victoria, de sus temores e inseguridades. A él, internamente frágil, la vida le ha quitado ilusiones. Ambos sueñan con ser ricos, es decir, tener hijos, que no llegan. La riqueza de los pobres no llega. Viven en París como inmigrantes, eso los une más, pero la posibilidad de mejorar de condición, de ser una familia, se agrava ante la ausencia de los hijos. Deciden adoptar. Para no herir el orgullo de Julián y dar una narrativa a la adopción, fingen un embarazo y un parto que se tendrá en Bilbao, donde recibirán a María, apenas unas horas después de su nacimiento. La narración de María Larrea es clara, descriptiva, aunque el relato contiene tantas vicisitudes que obliga a parar la lectura, meditar y releer el episodio.

La novela marca un giro rotundo cuando, a los 27 años, la protagonista, María, una chica libre de pensamiento, sin escuela familiar que seguir, sin cultura familiar que la oriente, consciente de su pobreza socio-económica familiar que no le pesa, conoce los límites de su padre y los de su madre. Ella no se amilana, cree en ella, quiere cumplir sus sueños, no obstante carezca de referencias en ejemplos o en consejos. Su padre es portero y su madre se ocupa de la limpieza; ambos carecen de afectividad familiar, hacen lo que su instinto les indica, quieren el bien de María. Ella es comunicativa, sociable, tiene amigas, amigos, y la fuerza suficiente para labrarse un destino siguiendo sus ilusiones. Se hace leer el tarot y descubre haber sido adoptada.

Aquí inicia un ordenado relato emotivo. Es destacable la unidad familiar que María ha construido, inspirada en sus padres adoptivos da valor a la familia. Su marido y sus dos hijos son su columna, siguen a distancia su búsqueda, la búsqueda de su origen, de su identidad. El relato te inmerge en un mar de emociones; se llega a pensar que tal vez María no llegará a encontrar a su madre. Ha requerido casi 20 años para lograrlo. Es ahí donde “colpo di scena”: las últimas páginas son de una intensidad y un aterrizaje de lo que puede significar el acercamiento a su origen. Se colma un vacío indispensable para proseguir su vida: ya no más elucubraciones, sabe su origen, ha recuperado su identidad, que no se resquebrajará más.

En el encuentro con su madre, ni se menciona el nombre del padre y, al final, no importa. Ella tiene dos hijas, nacidas antes de María; su origen familiar no le permitía tenerla, por ello, disimulando el embarazo y engañando a todos, la da en adopción. En la madre de María priman las formas, nunca la buscó; en cambio, los parientes cercanos de la madre conocedores del hecho, sí dejaron pistas. No hay reproches: para María era necesario saber, no reclamó nada material, ni quiso alterar equilibrios familiares. Al final hay reencuentro también con las medio hermanas, con afecto compensan en María esa carencia afectiva que la hacía desempeñar dos roles en sus trabajos: protagonista y tras las cámaras, el padre y la madre adoptivos le dieron afectividad en la medida de sus posibilidades, ya que cada uno estaba estacionado en sus frustraciones. En la diferencia en el vestir, la autora detalla orígenes diferentes, la libertad de pensamiento de María, distante del pensamiento de una familia burguesa, como es el origen de su madre biológica. Por un lado, la hace avalorar su familia, la que ella ha creado, concebida para ella como su columna, lo suyo; a sus padres adoptivos los apreciará aún más pues le dieron lo máximo que podían darle y le permitieron ser quien es, sin moldes ni ataduras que le permiten descubrir la riqueza de encontrar en su fuerza interior y su tenacidad.

La vida obligó a María a sostenerse a sí misma, es en ese sostenerse que descubre su identidad que no dependía de un origen, sino de la fuerza interior que había construido para sobrevivir y es aquella fuerza que la hace encontrar caminos únicos.