La victoria de Petro es un resultado terrible: la Colombia languidece en una violencia, pobreza y abuso en los que los sentimientos de desesperanza, marginación y desesperación han inducido a millones de hombres y mujeres jóvenes y adultos, sobre todo desempleados o jubilados, a salir a las calles para protestar en contra de las políticas del gobierno y pedir la inmediata renuncia de su presidente, Petro. El Sr. Petro, como principal autoridad política responsable, ha sido totalmente incapaz de alcanzar un sentido de la realidad; el escándalo, y la confianza en su liderazgo ha caído, según las encuestas de la opinión pública. Esto es obvio para cualquiera que no cierre los ojos ante la situación. ¿Cómo vamos restaurar la confianza en un gobierno que parece estar cada día más alejado de su pueblo y dominado por intereses especiales, que padece un grave déficit de debate público donde burocratas y ministros son a menudo los únicos actores que oímos, que escuchamos y que realmente influyen en la decisión?
El señor Petro ha hecho de esta Colombia una fuente de preocupación por muchos motivos. Si nadie cree que la situación podría haber sido peor que la del año pasado, lo único que tiene que hacer es considerar lo evidente: pobreza e inestabilidad, crisis financiera, deterioro económico y devaluación del peso, incluyendo compromisos no cumplidos, mala gestión y pésima administración, el cinismo y los conflictos. El contrato social y/o las instituciones del estado se desmoronan, disfrutamos de la ausencia de autoridad y el desorden, y nuestra nación se hunde en la irresponsabilidad y la impunidad generalizada de los que incumplen la ley, especialmente si son afines a partidos o bloques políticos, que deploramos, hacen temer lo peor, si lo peor no se ha instalado ya. El actual gobierno se ha mostrado incapaz de contribuir a la elevación de los niveles de vida y generar un crecimiento del empleo suficiente para hacer bajar las altas tasas de paro. Cabe lamentar que el gobierno populista haya sido incapaz de anteponer los intereses nacionales ante todo y de ejercer soberanía sobre su propio territorio. El gobierno Petro se enfrenta a una pérdida de credibilidad interna y al riesgo de sufrir una crisis de confianza en la democracia.
El gobierno del presidente Petro ha sido una de las peores calamidades de la historia reciente de la Colombia, totalmente incapaz de encargarse de los problemas colectivos, representar a la opinión pública y cumplir las expectativas del público, a tal grado que ha sido manifiestamente incompetente para apoyar y brindar seguridad a los ciudadanos y enfrentar la gran corrupción. Todos estamos de acuerdo en nuestro análisis de que el régimen de Petro se desmorona y que no puede abordar la crisis económica, los conflictos y problemas estructurales de la Colombia, sino incluso estar avivando el conflicto, no tienen justificación moral ni jurídica.
Lamentablemente, la Colombia eligió a alguien particularmente débil e incapaz de realizar la tarea, insuficiente para abordar los desafíos e ineficaz para controlar sus fronteras exteriores y centrarse en las urgentes medidas que necesita Colombia. A imagen y semejanza de Venezuela, esta Presidencia, con tendencias crecientes hacia el autoritarismo, de relaciones casi despreocupadas con los maleantes del lugar, de apretones de manos amistosos con dictadores y sus cómplices es un fracaso total, sí, más que eso -una catástrofe. ¿Quién sino un verdadero necio se siente seguro frente a un Estado que se desmorona peligrosamente como un castillo de naipes y que sigue atribuyendo todos los males a los gobiernos anteriores y ofreciendo planes para el futuro?
En Colombia se vive una «crisis perpetua», ya sea económica, política, alimentaria o ambiental, con un Gobierno que se muestra a menudo incapaz de adoptar decisiones políticas serias y emprender actividades que nos permitan avanzar, que reconozca su compleja realidad y vaya más allá de una retórica caritativa, y ha demostrado ser totalmente incapaz de un mínimo entendimiento en materia fiscal. Al gobierno le falta una visión de futuro concreta, sino sobre todo auténticos hombres de Estado. Sin embargo, todo apunta a que la lucha política no cesará, a raíz del hostigamiento gubernamental contra los miembros de la oposición o de partidarios suyos, el silenciamiento de voces críticas y la creación de una red clientelar en todo el país,. ¿Qué más tendremos que ver y qué más hay que decir sobre Colombia? El gobierno es incapaz de proteger los bienes del sector privado y la inversión, y no está dispuesto a asumir esa responsabilidad. De esa forma, al final son los contribuyentes y las empresas los que terminan pagando la factura por la conducta irresponsable de las personas que les representan y cuyo principal interés parece ser el de conseguir una excesiva gratificación económica.
El régimen populista está sofocando cualquier esperanza de transición democrática y la población está siendo objeto de violaciones de los derechos humanos y los derechos nacionales, y un cambio de rumbo meramente cosmético hacia Occidente. Petro ha actuado a su libre albedrío en este proceso. En realidad, nos encontramos ante una crisis mucho más profunda: el señor Petro ha optado por crispar la confrontación, hacer emerger la debilidad de Colombia y hacer estallar las contradicciones; solo ha puesto de manifiesto los problemas de una Colombia destrozada por los egoísmos, que no quiere hacer ningún esfuerzo por apoyar la democracia, incapaz de afrontar realmente los desafíos y de afirmarse como entidad política unitaria en la escena internacional. La ausencia de un gobierno central capaz de controlar su propio territorio sin adoptar las medidas pertinentes que esta situación requiere, constituye una violación de las leyes escritas y de las leyes no escritas de cualquier país.
En Colombia la población está oprimida bajo el manto de una retórica que satisface a los partidos pero que es burda y desvergonzada. Colombia se ve ante una nueva amenaza, corrupción, mala gestión, escasa seguridad, persistencia de la violencia y precaria situación socioeconómica que podrían desestabilizar el país y afectar a toda la región. El nuevo gobierno del señor Petro están contribuyendo parcialmente a esta situación ante la mirada de sus ciudadanos. Colombia es también un símbolo del fracaso de las visiones optimistas de las intervenciones humanitarias a favor de la paz y las zonas de seguridad. También existen preocupaciones reales acerca de la denominada Paz Total que podría ofrecer tan sólo falsas ilusiones: el riesgo de que tal Paz Total sirva únicamente en las actuales condiciones para poder reprimir mejor a su pueblo y consolidar en su posición al régimen. La Paz Total es en realidad un pretexto para que el régimen pueda seguir perpetrando mejor la destrucción de los derechos humanos y civiles. Hoy es el evidente fracaso de esa misma Colombia lo que nos sitúa al borde del precipicio. De forma alarmante, la situación podría deteriorarse todavía más. Debemos mantener el enfoque crítico y el sistema de condiciones vigentes en la actualidad.
He señalado esto repetidas veces y lo repetiré hoy de nuevo. Colombia aparece otra vez como única perdedora, grandes lágrimas corren por sus mejillas. Sentimos una impotencia y una desesperanza que quizá compartimos, problemas ante los cuales no debemos cerrar los ojos. Es complicado salir del punto muerto. Hablamos como personas que se plantean el problema de lo que se puede hacer. Queremos transmitir al Gobierno de Petro el siguiente mensaje: El pueblo no está en vuestra contra, pero debéis cejar en vuestra postura y no seguir volviendo la espalda al pueblo. Queremos que dé un paso que redunda en gran medida en su propio interés, así como en el interés de su población. No debéis vivir en un búnker. Reconoced las aspiraciones democráticas de vuestro pueblo, cesad toda represión política y permitid a las fuerzas de la oposición participar plena y libremente en un nuevo proceso constitucional y democrático.









