En las elecciones del domingo 4 de marzo ganaron los partidos políticos anti sistema: por un lado, de derecha, La Liga del Norte, partido de ultraderecha, con su candidato Matteo Salvini, y por el otro, el Movimiento Cinco Estrellas, cuyo líder es el comediante Beppe Grillo y el candidato joven Luigi Di Maio .

El Movimiento Cinco Estrellas obtuvo el primer lugar, con 34% de los votos; lo siguió el Partido Democrático, dirigido por Matteo Renzi, 18%; en tercer lugar, La Liga del Norte, 17%; Forza Italia, de Berlusconi, 14%.

Ningún partido político ha logrado el 40% de los 630 diputados, cifra requerida para formar gobierno solo, por consiguiente, se ven obligados a formar alianzas o bien, repetir las elecciones. El movimiento Cinco Estrellas se niega a aliarse con cualquiera otro partido.

El gran perdedor en estas elecciones fue el Partido Democrático, actualmente en el gobierno, lo cual viene a confirmar la tendencia mundial de rechazo ciudadano tanto a la centro-izquierda como a la socialdemocracia, por haberse vendido al neoliberalismo, entre otras razones.

El sistema político, reformado por Renzi, además de complicado, hace muy difícil formar gobierno: un sistema parlamentario bicameral, cuyos cargos emanan de un sistema proporcional sin premiar a las mayorías, complica la formación de gobierno, sobre todo si triunfan los partidos anti-sistema. Lo curioso de Italia es que puede funcionar perfectamente sin gobierno, una especie de anarquismo de derecha.

Desde el proceso de “las manos limpias”, la Democracia Cristiana desapareció del mapa político, que había hegemonizado desde 1946, a veces con alianzas con los socialistas y siempre con la mafia. Este Partido tuvo fracciones que iban desde Comunión y Liberación, hasta los cristianos de izquierda. Este derrumbado sistema político fue aprovechado y liderado por Forza Italia, Partido de derecha, cuyo jefe y dueño siempre ha sido Silvio Berlusconi, muy amigo de Bettino Craxi, de quien heredó sus relaciones con la mafia.

Los temas centrales de las recientes elecciones italianas fueron la inmigración, el déficit fiscal, la continuación de pertenencia a la Comunidad Europea y el cambio generacional en el poder.

Italia no ha sido un país racista, con la excepción de un corto período, cuando fue ocupada por los alemanes; Benito Mussolini, por ejemplo, no tuvo nunca políticas antisemitas, y siempre ha acogido a los inmigrantes, incluso facilitándoles la ciudadanía. En estos últimos años Italia más de 500.000 inmigrantes, muchos de ellos provenientes del Medio Oriente, cuya precaria situación actual los ha llevado a la mendicidad y al trabajo ilegal.

El Partido La Liga, de ultraderecha, en primer lugar, ha agitado el tema de la inmigración y el abandono por parte de la Comunidad Europea, exaltando en medio de la población el racismo; en segundo lugar, ha promovido la rica región del norte, respecto de la pobreza del sur.

El Partido Cinco Estrellas, con una alta votación por parte de la juventud, no es ni de derecha, ni de izquierda, y su tema fundamental es el rechazo al sistema político y abogan por un cambio de generación en el poder, es decir, el fin de “los dinosaurios”. En el aspecto económico les preocupa la alta deuda externa del gobierno italiano, 120% del PIB; (por vía de comparación, Chile llega sólo al 30%, sin embargo, Italia crece un 1,5%, porcentaje superior a la de los otros países del Mediterráneo).

Forza Italia, ahora fuerza minoritaria de la derecha, debería apoyar a Matteo Salvini, de la Liga; por su parte, Berlusconi está impedido de ocupar el cargo de Primer Ministro, por sentencia judicial.

Italia, sin embargo, a pesar de su desorden político, seguirá siendo una potencia fundamental en la Comunidad Europea, y está por verse si imita el “Brexit”.

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