Piero Corvetto ha renunciado, sin embargo no cierra la crisis electoral: la vuelve institucional.
Su carta de renuncia merece leerse con atención. En ella no habla de un simple desgaste político ni de una controversia mediática pasajera, sino de “problemas técnicos operativos” ocurridos en el despliegue del material electoral el 12 de abril. Intenta calificarlos como “focalizados”, pero su propia decisión desmiente esa minimización. Si la renuncia es, como él mismo la define, “necesaria e impostergable”, entonces el problema no puede reducirse a una mera contingencia local. No se abandona la jefatura del organismo encargado de conducir una elección presidencial por una simple descoordinación administrativa. Se abandona cuando la crisis ha dejado de ser técnica y ha pasado a afectar el núcleo de la confianza institucional.
La carta revela, además, una segunda contradicción aún más significativa. Corvetto afirma que su salida busca “generar un clima de mayor confianza” de cara a la segunda vuelta. Dicho de otro modo: reconoce implícitamente que su permanencia ya se había convertido en un factor de desconfianza pública. En una democracia seria, esa admisión basta para comprender que el daño no fue menor. La autoridad encargada de garantizar el ejercicio del voto admite, al retirarse, que ya no está en condiciones de ofrecer la serenidad institucional que el proceso requiere. La renuncia, por tanto, no es solo una dimisión: es también una admisión de daño y una tentativa de preservar su integridad personal frente a una crisis que ya no podía seguir siendo presentada como normalidad administrativa.
Por eso, la salida de Corvetto no devuelve legitimidad al proceso: la pregunta vuelve más urgente. ¿Qué ocurrió exactamente? ¿Cómo se produjo la falla en la cadena de despliegue del material electoral? ¿Quién tomó las decisiones operativas, quién autorizó los mecanismos logísticos, quién toleró que miles de ciudadanos vieran afectado su derecho al voto? Renunciar no equivale a reparar. En una crisis electoral de esta magnitud, la dimisión no es un cierre: es apenas el comienzo de la obligación de rendir cuentas. Si algo debe salir de esta crisis, no es solo una renuncia. Debe salir una verdad. Solo así el país podrá mirar de frente la degradación institucional que ha tolerado durante años y empezar, alguna vez, a recuperar el respeto por su propia democracia.
Con su decisión de renunciar, Piero Corvetto admite más de lo que escribe. Su salida no solo compromete su propia responsabilidad: expone también la insuficiencia de quienes, desde dentro y desde fuera, se presentaron como garantes de un proceso que hoy aparece seriamente erosionado en su legitimidad. La renuncia deja en una posición incómoda a los veedores internacionales, que no estuvieron a la altura del encargo que les fue confiado, y también a tantas asociaciones nacionales que han preferido presentarse como defensoras abstractas de las “instituciones”, aun cuando esas mismas instituciones mostraban signos evidentes de deterioro. Quienes intentaron atenuar, relativizar o incluso “enfriar” los reclamos ciudadanos quedan hoy ante una evidencia incómoda: no defendían la transparencia del proceso, sino su apariencia. Para todos ellos queda una sola palabra: acomodarse.
Y, sin embargo, en medio de esta crisis, hay una noticia que sí merece ser celebrada. La ciudadanía peruana está madurando. Ha comenzado a retirar del escenario político a figuras impresentables, a liderazgos agotados, a personajes que durante años sobrevivieron alimentándose de la confusión, del resentimiento o de falsas épicas. Eso es una buena noticia. El Perú sigue demostrando que, por debajo de la precariedad institucional, existe un instinto democrático más sano de lo que muchos creen. Somos un pueblo que sabe distinguir mejor de lo que algunos imaginan. No debemos dejarnos encandilar por señoríos inexistentes ni por proclamas fantasiosas. Dejemos atrás, de una vez, las secuelas del extremismo, de la violencia ideológica y de las pulsiones colectivistas que tanto daño hicieron. Dejemos también los complejos de quienes se comportan como si fueran propietarios del Perú y terminan, una y otra vez, viviendo del Estado mientras dicen hablar en nombre del pueblo.
Si de esta secuencia de hechos termina imponiéndose la necesidad de nuevas elecciones, que así sea. Porque el maquillaje no se sostiene indefinidamente. Porque cuando cae el responsable visible de un mal manejo, empiezan a aflorar las piezas ocultas del mecanismo: aparecen las explicaciones, las contradicciones, los testimonios, las responsabilidades. Sabremos más de lo que hoy sabemos. Nada de lo ocurrido parece fruto de la casualidad; demasiado en esta crisis remite, más bien, a una cadena de causalidades que el país tiene derecho a conocer. Y si el resultado de esa verdad es la necesidad de convocar elecciones limpias, transparentes y plenamente confiables, entonces habrá que asumirlo con serenidad y con firmeza. Queramos al Perú.
Queramos al Perú. Querámoslo lo suficiente como para no resignarnos nunca a su degradación.
Foto: Palacio de Gobierno y mi sede de votación.









