La delincuencia, signo de grave enfermedad social.

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Tomado por Fernando Morales Barría, del Blog en el diario chileno El Mercurio,
del distinguido Médico Psiquiatra Profesor Doctor Otto Dörr
El Profesor Dörr es miembro de la Academia de Medicina del Instituto de Chile y del Centro de Estudios de Fenomenología y Psiquiatría de la Universidad Diego Portales, Chile

No solo enferman las personas, sino también las familias, las naciones, los imperios y hasta las civilizaciones. Y en forma análoga a lo que ocurre con las personas, estas enfermedades “sociales” pueden ser agudas o crónicas y cursar hacia la mejoría, la cronicidad o la muerte. Ejemplo de una enfermedad crónica es el Imperio Romano, y de una aguda, el Imperio Azteca. En ambos casos uno puede recorrer su historia y encontrar los pródromos de la enfermedad que los condujo a la muerte. Un caso notable de mejoría es Alemania, país que entre 1933 y 1945 -y luego de ser uno de los más civilizados de la tierra- estuvo secuestrado por una ideología perversa que lo empujó a iniciar guerras insensatas, discriminar a las personas por su raza o religión y cometer crímenes que en crueldad no tienen parangón, y que en cantidad solo han sido superados por la era stalinista de la Unión Soviética. Sin embargo, asumiendo sus culpas y buscando una verdadera reconciliación, logró Alemania volver a ser un ejemplo de orden, cultura y justicia social.

 Temo que nuestro país esté entrando también en un proceso patológico, cuya manifestación más evidente es la delincuencia. Si se revisan estudios de organismos internacionales, uno se encuentra con la paradoja de que Chile tiene la menor tasa de homicidios de América (3,1 por cada 100.00 habitantes), pero con distancia la más alta del mundo en robos y, además, en dramático ascenso: 1.036 por cada 100.000 habitantes en 2008 y 2.029 en 2014, mientras México tiene 649, Argentina 349, Francia 181, Australia 18 y Japón solo 4. A esto habría que agregar la impunidad, que llega al 93%, y la extrema violencia de los delincuentes. Pero también hay otros signos y síntomas que anuncian que estamos enfermando como sociedad, como por ejemplo el altísimo consumo de drogas y alcohol en la juventud, el vandalismo y las agresiones a la policía en marchas estudiantiles y huelgas, la violencia en los estadios, la insostenible situación de La Araucanía y también los feos e impertinentes rayados que están invadiendo nuestras ciudades -cuyo ejemplo más extremo es la bella y sucia Valparaíso- y que no son tan inocentes, porque estimulan la conducta antisocial (M. Spitzer, 2009).

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¿Y qué tienen en común estas manifestaciones? Pienso que todas ellas son la expresión de una pérdida del respeto hacia el otro. En el cerro Alegre se puede leer, en uno de sus rayados muros, una impresionante leyenda que representa de algún modo el espíritu imperante: “Somos libres; que los otros no te importen nada”. Esto significa, entre otras cosas, borrar de una plumada dos mil años de cristianismo. Y ocurre que esta no es una religión o una creencia más, sino el relato, la narración, el mito constitutivo de Occidente. Ni la filosofía, ni el arte, ni la literatura, ni la ciencia de Occidente son pensables sin esa historia tan inocente -en comparación con los mitos actuales- que dio origen al cristianismo, y entre cuyos mensajes más revolucionarios están el amor al prójimo y la igualdad de los seres humanos. Y esto no es un asunto de fe. Podemos ser o no creyentes, pero no podemos prescindir de nuestra historia mítica, porque de inmediato perdemos el rumbo y caemos en la autodestrucción. Ahora, algo de este respeto por el otro ya había sido postulado antes por los grandes filósofos griegos. Ellos también propiciaban la regla de oro de toda convivencia: “No hagas al otro lo que no quisieras que te hagan a ti”, que Sócrates llevó a su máxima expresión cuando, en su discurso de despedida, afirmó: “Prefiero ser víctima de una injusticia que cometerla”. Aristóteles, por su parte, en su Ética a Nicómaco, plantea como norma de vida la búsqueda de la felicidad a través de una vida buena, vale decir, virtuosa, junto a los “padres, hijos, esposa, amigos y conciudadanos” (p.140). Veintitrés siglos más tarde el filósofo francés Paul Ricoeur llevó este principio aristotélico de la vida social a una fórmula, en mi opinión, insuperable: “Buscar una vida buena con el otro, para el otro y en el marco de instituciones justas”.

¡Cuán lejos está nuestra cotidianidad de estos ideales! Pienso que todas las formas de irrespetuosidad que observamos en nuestro país derivan de la erosión de lo que el mismo Ricoeur llama el “núcleo ético-mítico” de nuestra civilización greco-romano-judeo-cristiana. Sin un vínculo con su narración constitutiva, la vida de una comunidad se torna insostenible... hasta que aparezca otra, que la sustituya y vuelva a ordenar la convivencia. Me pregunto: ¿podrá el llamado “progresismo” -que a todas luces aparece como la ideología del futuro– con sus conocidas banderas de lucha y su prescindencia de todo vínculo con lo religioso, tener la fuerza suficiente para que retorne a nuestro país el sentido del respeto por el otro y las instituciones y así nos mejoremos de esta enfermedad que ya se está haciendo crónica?.

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Fernando Morales
Representante del CEFIAL en el Cono Sur, chileno, abogado, diplomático, profesor universitario, Licenciado en Derecho Europeo (Lovaina), Diploma del Instituto de Altos Estudios Internacionales (Ginebra) y del Svenska Institutet, Comendador de la Orden del Rey Leopoldo II de Bélgica, Caballero de la Orden Isabel La Católica de España, Caballero de la Orden de San Fortunato de Bélgica, Miembro Honorario de la Koninklijke en Soevereine Hoofdgilde van Sint Joris de Gantes, ex Presidente del Salón Arturo Prat del Club de la Unión de Chile.

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