El propósito trascendente de Estados Unidos

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El propósito trascendente de Estados Unidos:
del Destino Manifiesto a la Doctrina Monroe hasta la Era Trump

Estados Unidos ha construido su identidad nacional alrededor de la idea de ser un pueblo elegido, con un propósito divino y trascendental que guía su historia y su rol en el mundo. Desde el Destino Manifiesto de John L. O’Sullivan en el siglo XIX hasta las promesas de liderazgo global de Donald Trump, la nación ha buscado una justificación para impulsar su progreso y expansión en una misión moral y espiritual. Este propósito se encuentra en la base de las decisiones políticas, económicas y culturales de este país a lo largo del tiempo.

En 1845, John L. O’Sullivan acuñó el término Destino Manifiesto, una ideología que justificaba la expansión de Estados Unidos hacia el oeste como un mandato divino. Este concepto, profundamente ligado al protestantismo puritano, proclamaba que el pueblo estadounidense tenía la responsabilidad de civilizar y democratizar el continente.

Es de esos años la anexión de Texas (1845) y la Guerra con México (1846-1848) que tuvieron como resultado la extensión de las fronteras hacia el suroeste. Fueron los colonos quienes bajo la veste de “portadores de progreso” y de modernidad frente a los pueblos indígenas y mexicanos, quienes vivían su cosmovisión sin aportar la riqueza que el gobierno mexicano esperaba.

Este propósito trascendente fue impulsado no solo por una narrativa espiritual, sino también por una necesidad económica. Tras el Pánico de 1819, la expansión ofreció un escape para los agricultores empobrecidos y una oportunidad de construir una nueva vida en tierras fértiles y con recursos abundantes.

El paralelismo con el presente

El legado del Destino Manifiesto persiste en la narrativa moderna de Estados Unidos. La idea de ser un pueblo elegido por Dios ha evolucionado, pero sigue moldeando la percepción que los estadounidenses tienen de sí mismos y de su papel en el mundo.

La llegada de Trump a la presidencia marcó un retorno al nacionalismo económico y cultural. Para muchos de sus seguidores, Trump encarna la figura de un líder que rescata a Estados Unidos de las «amenazas externas» (China, globalización, inmigración); reafirma los valores tradicionales, como el patriotismo, la independencia y el liderazgo global, un claro estímulo es el lema «Make America Great Again», que resuena como una versión moderna del Destino Manifiesto.

La percepción de Trump como un líder casi mesiánico se refuerza en su capacidad de sobrevivir políticamente a ataques, procesos judiciales y controversias, lo que para muchos simboliza un propósito divino que lo impulsa a «restaurar la grandeza de la nación.» El haber escapado al tentativo de asesinato ante la presencia de todos, incluso en directa televisiva, terminó de generar una confianza trascendente.

Estados Unidos ha demostrado, a lo largo de su historia, una necesidad constante de un propósito trascendente. Este propósito no solo moviliza a sus líderes, sino también a su pueblo, desde los pioneros que colonizaron Texas y desplazaron a los pueblos indígenas, hasta los soldados que lucharon en dos guerras mundiales bajo el ideal de «salvar la democracia.».

En el presente, esta narrativa se adapta a nuevos desafíos, como la competencia con China, el avance tecnológico y la polarización interna.

El paralelismo entre el pasado (Destino Manifiesto) y el presente (la era Trump) no es casual. Ambos momentos reflejan cómo Estados Unidos, en tiempos de crisis o transformación, recurre a la idea de ser un pueblo elegido con una misión global. Ya sea para expandirse territorialmente, dominar el comercio mundial o liderar la democracia, este propósito ha sido una fuerza constante en su identidad nacional.

Del Destino Manifiesto al dominio continental: La colonización de Texas

La anexión de Texas a Estados Unidos en 1845 es frecuentemente presentada como una expansión territorial impulsada por el Destino Manifiesto, pero desde sus inicios fue un proceso facilitado por las propias autoridades mexicanas. No fue una invasión inicial, sino un acuerdo estratégico para poblar y desarrollar una región que México consideraba subutilizada.

Tras lograr su independencia de España en 1821, México poseía vastos territorios poco poblados en el norte, incluyendo Texas. Con el propósito de consolidar el control sobre estas regiones y contrarrestar la presión de tribus indígenas como los comanches, el gobierno mexicano promovió una política de colonización extranjera: a) se ofrecían tierras a bajo costo y exenciones de impuestos a los colonos que aceptaran asentarse en el territorio y trabajar dichas tierras; b) los colonos también debían jurar lealtad a México y adoptar el catolicismo.

Un norteamericano, Stephen F. Austin, fue el hombre clave en la implementación de esta política de “colonización extranjera”. A partir de 1821, Austin recibió el encargo del gobernador mexicano de Texas, Antonio María Martínez, para establecer una colonia en la región. A los colonos se les otorgaban grandes extensiones de tierra (640 acres por jefe de familia, más incentivos por cada miembro adicional).

El rol de Austin era actuar como mediador y cobraba una tarifa de 12½ centavos por acre por sus servicios, lo que le otorgó tanto poder económico como político en la región, incluso, como responsable de los colonos, estableció una especie de código de conducta que debía ser respetado por todos los colonos.

¿Se puede considerar invasión?

México permitió este flujo migratorio, creyendo que los colonos angloamericanos reforzarían su control sobre Texas, obteniendo mayor producción e ingresos económicos. Sin embargo, esta política tuvo consecuencias no previstas, la llegada masiva de colonos rápidamente superó a la población mexicana local, alterando la demografía y cultura de la región. Los colonos comenzaron a resistirse a las leyes mexicanas, especialmente aquellas relacionadas con la prohibición de la esclavitud.

No obstante, los acuerdos legales que formalizaban tanto los títulos de propiedad, su estadía y la composición familiar, la relación con el gobierno mexicano se deterioró por la exigencia de:

  • conversión al catolicismo y la lealtad a la bandera mexicana, pero muchos colonos mantuvieron sus prácticas protestantes y su identidad de su país de origen, eran irlandeses y/o alemanes.
  • La abolición de la esclavitud en México en 1829 generó tensiones, ya que muchos colonos dependían de los esclavos para la agricultura.
  • En 1835, estas tensiones culminaron en el inicio de la Revolución de Texas, liderada por los colonos angloamericanos, quienes declararon su independencia en 1836 y más tarde buscaron la anexión a Estados Unidos.

La ingenua política mexicana unida a la ambición por una ganancia fácil fue la razón por la cual, lo que inicio legalmente se volvió en una gran pérdida de territorio, cuyos habitantes decidieron a que país pertenecer. Las decisiones políticas de México jugaron un rol central en el desenlace de este proceso.

La Doctrina Monroe

 “…….Pero con los Gobiernos que han declarado su independencia y la mantienen, y cuya independencia hemos reconocido, con gran consideración y sobre justos principios, no podríamos ver cualquier interposición para el propósito de oprimirlos o de controlar en cualquier otra manera sus destinos, por cualquier potencia europea, en ninguna otra luz que como una manifestación de una disposición no amistosa hacia los Estados Unidos……” (La Doctrina de Monroe (1823) Fragmento del Séptimo Mensaje Anual del presidente Monroe al Congreso el 2 de diciembre de 1823).

En la segunda década del siglo XIX, el mundo estaba atravesando transformaciones significativas que marcaron el panorama político global. Por un lado, la restauración europea tras las Guerras Napoleónicas (1815): el Congreso de Viena (1815) restauró las monarquías europeas y consolidó la influencia de las grandes potencias del continente: Reino Unido, Austria, Rusia, Prusia y Francia. Por el otro, el sistema de la Santa Alianza, liderado por Rusia, buscaba intervenir en cualquier país que desafiara el orden monárquico, amenazando potencialmente las jóvenes repúblicas de América Latina.

Las colonias españolas en América, iniciaron desde 1810 sus procesos de independencia, inspiradas en la Revolución Americana (1776) y la Revolución Francesa (1789). En 1823, la mayoría de las colonias españolas habían declarado su independencia, con excepción de Cuba y Puerto Rico. España, debilitada y con escasa capacidad militar, buscaba apoyo de la Santa Alianza para recuperar sus territorios.

El Reino Unido, en ese entonces, era la principal potencia marítima y comercial, prefería repúblicas independientes en América Latina para acceder libremente a sus mercados, oponiéndose a la intervención europea.

Además, en su proceso de consolidación territorial, Estados Unidos había adquirido Luisiana en 1803 (comprada a Francia) y Florida en 1819 (tratado con España), expandiendo notablemente su territorio hacia el oeste y el sur. En esas condiciones, debía evitar que potencias europeas interfirieran en sus intereses geopolíticos, especialmente en el Caribe y América Central.

Desde la presidencia de George Washington, Estados Unidos había adoptado una política de neutralidad en los conflictos europeos, pero la Doctrina Monroe marcó un cambio hacia una postura más activa en el hemisferio occidental. La posibilidad de que España intentara reconquistar sus antiguas colonias, con el apoyo de la Santa Alianza, era vista como una amenaza directa a la seguridad y los intereses de Estados Unidos. John Quincy Adams, secretario de Estado de Monroe, fue el principal arquitecto de la doctrina, argumentó que Estados Unidos debía posicionarse como el líder natural del hemisferio occidental, evitando la intromisión europea. Propuso aprovechar el momento histórico para fortalecer los lazos con las nuevas repúblicas de América Latina.

El discurso de Monroe al Congreso el 2 de diciembre de 1823 no solo era una declaración de principios para Estados Unidos, sino un mensaje claro a Europa: América no sería un campo abierto para nuevas colonizaciones, cualquier intento de intervención europea sería considerado como una amenaza directa a los intereses estadounidenses.

Los principios clave del discurso eran: No intervención mutua: Estados Unidos no interferiría en los asuntos internos de Europa, pero esperaba la misma reciprocidad en el hemisferio occidental; Protección de las nuevas repúblicas; Las naciones americanas independientes debían permanecer libres de control o influencia europea. América para los americanos (interpretación posterior): Aunque no se expresó literalmente, el mensaje subyacente era que el hemisferio occidental debía estar bajo la influencia de las naciones americanas, lideradas por Estados Unidos.

Conclusión

A la distancia de 200 años, cuando los países latinoamericanos, en su mayoría, han cumplido su Bicentenario, se reviven circunstancias y motivaciones que no se tomaban más en consideración en el mundo globalizado.

Un continente y dos hemisferios. El hemisferio norte, con una clara estrategia: atraer mano de obra talentosa, una economía diversificada: agricultura, industria, tecnología y servicios. Defensora de sus intereses geopolíticos, aunque deba intervenir en otros países. El hemisferio sur: rico por naturaleza, con divisiones internas y uso de la fuerza en política, como son los golpes de estado, falta de un proyecto unificador que trascienda fronteras nacionales, descuido de su recurso humano en formación, en salud, en civismo.

Los Estados Unidos, como el gobierno autócrata chino dirigido por el Partido Comunista, tienen un propósito trascendente. China tiene la meta de “volver a ser un Imperio”, la unidad y la dirección son fundamentales para unir un país y echarlo a andar. Superar el “siglo de la Humillación” y recuperar su lugar como potencia global dominante, no en vano han creado la “Iniciativa de la Franja y la Ruta” (Belt and Road Initiative), que posiciona a China como el centro del comercio global.

América Latina, aún no ha encontrado ni la fórmula definitiva, ni el propósito trascendente. La mayoría de países ha conocido políticos populistas, corruptos, mentirosos que han volcado sobre la población la carga de sus desatinos,. Sin embargo, esa población también ha dado muestras de salir adelante y construir “milagros de crecimiento” con consecuente disminución de la pobreza que no debería ser una meta. La meta debe ser la prosperidad y el orgullo de ser un país unido que camina bajo un mismo objetivo.

América Latina necesita un propósito que trascienda la división interna y los ciclos de inestabilidad. La región debe inspirarse en las lecciones de la historia y en ejemplos de resiliencia para construir un futuro basado en educación, innovación y cooperación. Solo a través de un esfuerzo colectivo y visionario se podrá transformar la riqueza natural en prosperidad sostenible para todos.

Ilustración: Taringa.net