Señor Presidente Duque, hace tres años y medio, cuando empezó su mandato presidencial, que con bastante claridad se ha llamado histórico, todos estábamos convencidos de que los sueños podían hacerse realidad, que marcaría el inicio de una Presidencia más llena de iniciativas y esperanzas que ninguna otra de los últimos años, que podría traer consigo los cambios necesarios para avanzar por nuevos caminos de justicia o dirigir la vista a los nuevos horizontes que la Colombia de mañana debe alcanzar, permaneciendo fiel a sus tradiciones y a sus valores democráticos. La mayoría de los moderados, los reformistas y los demócratas verdaderos creían que podría traer un soplo de aire fresco en los meandros de la burocracia discreta y cerrada, y el oxígeno de una auténtica democracia para responder a un sistema elitista y opaco sin ninguna forma de respaldo popular. Una presidencia que, con trabajo inteligente y creativo, que, con coraje y más agallas y firmeza hiciera frente al claro compromiso con los resultados del plebiscito y de no imponer una camisa de fuerza de uniformidad con la paz, elaborase un marco de acción para luchar contra los comunismos victoriosos y la antidemocracia y afrontará los retos de la difícil crisis económica y la reforma de la justicia y, en particular, para resolver los graves problemas de una inmigración ilegal de proporciones bíblicas, la gestión de flujos y la acogida y todos los problemas de delincuencia y degradación social que ello conlleva y, al mismo tiempo, seguir prestando atención al progreso y mejorar la seguridad de los habitantes y la defensa de los valores y principios fundamentales.
Tenía esperanzas de que así fuera. Pero no era más que un sueño, Señor Presidente: la realidad es muy distinta. La realidad demuestra que bajo su Presidencia se vertieron grandes palabras y promesas, pero hubo muy pocos hechos, lo cual es muy triste. Actualmente la presidencia tiene un problema de credibilidad. Estamos decepcionados por muchas promesas que se traducen en pocos resultados. La opinión pública no había contemplado nunca una Presidencia con ojos tan críticos y con tanto escepticismo como en el caso de esta Presidencia Duque. No solo en el entorno de los medios de comunicación de izquierdas, sino ciertamente también entre los conservadores se expresan duras críticas. Esto no es, sin embargo, motivo de satisfacción para los que lo elegimos. Sin embargo, no protestaremos por la presidencia de su Gobierno; nos limitaremos, en su lugar, a criticar su política gubernamental, cuya base es esencialmente la primacía de los acuerdos de Paz y la primacía del mercado sobre el Estado, del individuo sobre el colectivo. Quiero apuntar varias cuestiones.
Señor Presidente, ha sido usted poco cauteloso y no ha hecho un esfuerzo serio y suficiente por romper con la política tradicional de Santos (anterior Mandatario) con respecto a Colombia, así como para prevenir o invertir el continuo deterioro de la democracia y el Estado de Derecho, combatir el extremismo y la violencia de izquierda y mejorar la seguridad de los habitantes; muy cómodo echar la culpa de las decisiones que no coinciden con sus intereses, y otorgarse el mérito de las que benefician a su país. Se ha referido Usted a la orgullosa contribución de Colombia a la paz y al Derecho internacional y nosotros nos preguntamos si su Presidencia será un hito en este ámbito. Los acuerdos de paz, declarándose contrario a los sentimientos expresados por la amplia mayoría de los ciudadanos, del todo incompatibles con la Carta, chocan con las leyes, las normas y los principios del Estado; chocan con la justicia, y esta es la verdad; es una crítica muy dura, pero es cierta. Presidente, usted no defendió con suficiente energía y firmeza el plebiscito o el derecho del electorado a cambiar ese texto en ninguno de sus planteamientos y [expresó] su satisfacción, incluso su adhesión personal a una paz habanera bajo los auspicios de las Naciones Unidas y no bajo los auspicios del pueblo soberano, únicos poseedores de la soberanía y, por lo tanto, los únicos capacitados para abandonarla. En efecto, ¿de qué serviría esta pretendida paz, equiparable a un verdadero salto al vacío, si nuestro país se convirtiera a fin de cuentas en la sucursal del imperio comunista? En su calidad de Presidente en ejercicio, usted está obligado a defender esos valores, de modo que le insto a que los defienda. ¿El problema con la Paz, no nos da testimonio del mismo desconcierto: qué Colombia queremos? Sin embargo, este clamor encuentra unos oídos sordos, una respuesta autista, e incluso ninguna respuesta. Hay muchas palabras, pero no hay acción. Una Constitución y la voluntad política no bastan si perdemos de vista nuestros orígenes y nuestros valores, si somos complacientes o pasivos con los genocidas o si perdemos de vista nuestros principios compartidos y nuestros objetivos políticos desde el punto de vista democrático, perdemos nuestra alma. Nos encontramos en una situación muy complicada. Si perdemos la batalla contra el comunismo, ¿qué clase de Colombia les vamos a dejar? Una Colombia que, recordemos, no solo se refiere a ideas o conceptos, sino que trata de un territorio y de las personas que viven en él.
Estoy preocupado porque no quiero que el virus del comunismo que humilla la democracia se extienda, porque este es el verdadero cáncer de una democracia. Esta paz aborda la esencia misma de la crisis de confianza de los ciudadanos en Colombia. Cuanto más me preocupo por este abuso, más me parece que el acuerdo de paz es un agujero negro para la democracia, que es el déficit democrático. Si nos demoramos más se deteriorará deliberadamente la democracia.
Veamos, por ejemplo, el caso de la política exterior. Señor Duque, no tenemos un protagonismo activo en la escena internacional y agentes diplomáticos calificados y comprometidos con las exigencias requeridas para unos servicios de interés general dignos de ese nombre o una posición equilibrada en relación con el tema de Venezuela, Nicaragua y Cuba, sin sacar adelante una propuesta coherente y precisa.
Señor Presidente, necesitamos darle un vuelco a esta situación. Hemos visto a un mandatario en su relación constitucional con las cortes, la oposición de izquierda, las ONG y los alcaldes de las principales ciudades en el que se carece de un liderazgo político y un planteamiento equilibrado, adoptando al mismo tiempo posiciones sumisas. En algunos casos, más bien la subordinación y la obediencia ciega. Es lo que denominamos el principio de no reciprocidad plena, coincido con quienes afirman que ya hemos hecho demasiadas concesiones. No es con temor cómo se construye y consolida la democracia genuina. Como todos sabemos, desgraciadamente no se han producido cambios positivos en el país. Al contrario, la situación política sigue deteriorándose y aumenta el ciclo de violencia por medio de grupos organizados que ejercen presiones y manifiestan su protesta. Otra cuestión que me preocupa es la falta de auténtico control democrático sobre lo que negocia la presidencia en nuestro nombre. No existe un mecanismo eficaz para exigir cuentas. Creo que existe una retórica vacía alrededor de la Presidencia Duque que no puede ocultar la realidad política: la realidad es que cada Presidencia es la presidencia de un Gobierno de coalición, no de un país; por lo tanto, si las personas están en contra de la Administración Duque no significa que sean anti-colombianas, y si hay ciudadanos que están en contra de su Gobierno, no significa que estén en contra de Colombia, y le ruego no se tome este como un signo de hostilidad. Ahora se nos dice que tenéis que ser cautos y no criticar a Duque por lo que hace o por lo que no hace. ¿De verdad? Acaso no es nuestra responsabilidad como «buenos ciudadanos» asumir con honestidad y decisión esta conciencia firmemente asentada en los principios de la responsabilidad social ciudadana, permaneciendo especialmente atentos a las decisiones que se adopten y ejercer su influencia sobre las decisiones de gobierno, con un verdadero sentido de responsabilidad institucional y con un incondicional espíritu democrático, claridad y transparencia. También han sido contradictorias hasta ahora en lo que respecta a la importante tarea de la política económica y financiera, la disciplina presupuestaria y la austeridad. Al menos espero que, en interés de Colombia, los daños puedan limitarse a un mínimo. Las naciones que se nieguen a cumplir con sus obligaciones deben enfrentar las consecuencias. Finalmente, todavía tengo esperanzas de que el resultado sea positivo estos ocho meses, y solo podemos esperar que lo haga lo más rápidamente posible.









