El modelo boliviano de Sánchez y Humala: el resentimiento como proyecto político y la destrucción como horizonte

0
22

En Italia, un joven hijo de migrantes marroquíes, frustrado por no encontrar un trabajo, tomó su auto un domingo en la tarde y atropelló a más de diez personas que caminaban tranquilamente por el centro de Módena. Varias quedaron con las piernas amputadas. Hubo intentos de atribuir su acto a un desequilibrio mental, pero no: era odio. Hoy está en prisión.

Ayer, un adolescente de quince años fue interceptado mientras conversaba con un exponente del ISIS sobre la posibilidad de detonar bombas molotov. Este le respondió: “No es necesario. Basta un arma.” Luego ambos invocaron a Dios para que la acción fuera exitosa.

Estos episodios no hablan de pobreza extrema. Hablan de resentimiento: de sentirse fuera, de no comprender las reglas, de no encontrar el camino, de creer que el sistema está cerrado para uno. Y eso, lamentablemente, es lo que está empezando a ocurrir en el Perú.

El resentimiento no nace solo de la miseria: nace de la exclusión

Muchos peruanos se preguntan por qué no llegan a ser ricos en un país rico. Por qué otros ganan tanto y ellos no. Si les falta método, si no entendieron los pasos, si están demasiado lejos de la capital o simplemente porque nadie se preocupó por ellos.

Cuando estos motivos, u otros, se vuelven insoportables, algunos toman, metafóricamente, el auto y quieren atropellar a todos. No con un vehículo, sino con un ideario, un manual, un lenguaje político que no busca integrar, sino destruir. Luego podrán también decir: “yo también quería morir.”

Aquí no importa que seamos de la misma nacionalidad: ellos sienten que tienen más derechos que quienes han sacrificado décadas para construir lo que hoy existe. Tratan de distanciarse usando símbolos o vestuarios que los hagan diferentes, con una supuesta superioridad moral, azuzando quién sabe qué estereotipo.

El Perú necesita recuperar cuatro cosas antes de que sea tarde

  • Esperanza
  • Mérito
  • Comunidad
  • Sentido de pertenencia nacional

Sin estos cuatro pilares, el resentimiento reemplaza a la confianza social. Y cuando eso ocurre, la política deja de ser debate y se convierte en intimidación.

Italia ya sabe lo que se está incubando. El Perú aún no.

Italia lleva años observando cómo ciertos discursos radicales se alimentan del rechazo, del aislamiento y de la sensación de no pertenecer. Intentaron reducir la migración musulmana. No funcionó. El resentimiento ya estaba adentro.

En el Perú, tras cinco años de un gobierno, el de Castillo, que empobreció a millones, aparecen discursos que buscan asustar, amedrentar, imponer agenda: “Cambiar al presidente del BCR”, “refundar todo”, “destruir lo construido”. Y Lima, en vez de analizar, se asusta.

El problema no es debatir reformas. El problema es el lenguaje de destrucción. El problema aparece cuando el lenguaje político deja de buscar integración y comienza a apoyarse en:

  • intimidación
  • división social
  • destrucción simbólica
  • resentimiento acumulado

Todo ello sin un programa real, sin una visión de país, sin una propuesta que construya. Cargado de sentimientos negativos, aunque ninguno de los integrantes candidatos en la plancha de gobierno sea exitoso en algo, sin embargo, quieren cargarse un país entero: anular contratos marco de inversión, romper reglas, dinamitar instituciones.

El espejo equivocado: Bolivia

Bolivia perdió crédito internacional. No por su identidad, sino por decisiones políticas que:

  • apostaron por la coca como símbolo y terminaron exportando cocaína,
  • incumplieron contratos de inversión,
  • sacrificaron desarrollo por rentas ilícitas.

Ese no es un modelo. Es una advertencia. Y sin embargo, algunos en el Perú miran hacia ese sur como si fuese un horizonte deseable.

Si nuestra tendencia a la informalidad encontrara un terreno fértil en una situación similar, una sociedad sin parámetros de decencia iría sin duda hacia el caos total.

El temor peruano no es económico: es civilizatorio

Es comprensible que muchos peruanos se sorprendan ante los anuncios abiertos y claros de Sánchez o de Humala. Así es la izquierda gramsciana: no oculta sus intenciones. Mal haríamos en subestimarlas y considerarlas “humalescas”. En realidad, esa es la verdadera intención.

Solo que, de nuestra parte, no debemos darles un milímetro de espacio para su realización. Sabemos lo difícil que es construir y lo fácil que es perder reputación, perder confianza internacional y encerrarnos en la pobreza.

Nuevamente, miremos a Bolivia. Un país como Suiza intentó durante casi cincuenta años ayudarles, invertir en su territorio. Finalmente se retiró: cerró su cooperación al desarrollo después de aportar cientos de miles de francos suizos para mejorar el tejido productivo y la formación. Se retiró no solo por el flujo económico ilegal, sino también por el oro ilegal que circulaba y que podía poner en riesgo la reputación suiza.

Se entiende entonces que el temor de una parte importante de la sociedad peruana no es solamente económico. Es civilizatorio.

Existe la sensación de que años de esfuerzo, apertura internacional, profesionalización y modernización tecnológica podrían ser reemplazados por modelos que no generan crecimiento sostenible ni seguridad jurídica.

Mientras tanto, miles de jóvenes peruanos estudian programación, digitalización, inteligencia artificial, comercio internacional. Anhelan competir en el mundo, no encerrarse en discursos de resentimiento. ¿Qué van a hacer con ellos? ¿Cortar el internet? ¿Bloquear la señal satelital?

La visión de quienes proponen destruir el Perú, porque de eso se trata, es demasiado corta. No inspira. No convoca. No construye país.

Un mensaje claro para Sánchez y sus correligionarios

Este artículo reflexiona y advierte. El resentimiento no es un proyecto político. La destrucción no es un programa de gobierno. La intimidación no es liderazgo.

El Perú necesita integración, movilidad social, modernización, mérito, tecnología, comunidad. No volver a modelos fracasados. No repetir aventuras que terminan en ruina. No convertir la frustración en odio.

El Perú merece más. Y puede más.

Por otro lado, no podemos negar que estos cinco últimos años del gobierno Castillo aportaron pobreza a la pobreza. Pretendieron compensar regalando puestos de trabajo a personas sin preparación en ministerios e instituciones, ingresos sin concursos o con formalidades de acomodo. ¿Merecemos eso los peruanos? No. Menos lo merecen los niños, cuyas escuelas no se reforzaron ni reconstruyeron, cuyas condiciones de alimentación y vivienda no mejoraron. Menos aún las carreteras necesarias para el comercio internacional.

Si la mezquindad predominó para no mejorar la infraestructura, si las autoridades no van a eventos donde son convocadas porque no tienen nada que decir o no conocen el tema, deben recordar que son servidores públicos, no jerarcas, y los demás no somos súbditos.

En aras de contribuir a la reflexión, señalo los principales puntos del ideario de Juntos por el Perú… o Juntos destruiremos el Perú.

1. Modelo de Estado

  • Estado de Socialismo Andino Amazónico Proponen reemplazar el modelo actual por un Estado socialista, plurinacional, pluricultural, multiétnico y ecológico. El Estado sería autónomo, soberano y con fuerte centralización política.

  • Nueva Constitución Popular Reconocimiento del Perú como país plurinacional. Eliminación de contratos-ley, regímenes tributarios y laborales especiales. Prohibición de la mercantilización de salud y educación. Reestructuración total del sistema político, económico y judicial.

2. Economía

  • Economía mixta con rol predominante del Estado El Estado controla sectores estratégicos: gas, petróleo, agua, bosques, energía, mares, puertos y espacio aéreo.
  • Propiedad estatal de los recursos naturales Todo recurso del subsuelo pertenece al Estado; el privado solo puede explotarlo pagando por su extracción.
  • Renegociación de TLCs y acuerdos comerciales Se revisarán o anularán tratados que “afecten la soberanía nacional”.

  • Intangibilidad de cabeceras de cuenca y Amazonía Prohibición de actividades extractivas en zonas estratégicas.

3. Sociedad y cultura

  • País plurinacional y multiétnico Reconfiguración del concepto de ciudadanía y representación política.

  • Revalorización de lenguas originarias Impulso del quechua, aymara y lenguas amazónicas en educación y administración pública.
  • Medios de comunicación bajo veeduría ciudadana Licencias equitativas entre sector privado, estatal y comunitario. Creación de veedurías para vigilar contenidos y alertar sobre “bloqueos informativos”.

4. Poder político

  • Creación del “poder popular” Nueva estructura paralela a los poderes del Estado, basada en organizaciones sociales.
  • Separación estricta de poderes Prohibición de lobbies, puerta giratoria y favoritismos.
  • Elección de autoridades judiciales por antigüedad y probidad Presidente del Poder Judicial y Fiscal de la Nación elegidos por trayectoria y conducta.

5. Política internacional

  • Integración latinoamericana Adhesión a UNASUR, fortalecimiento de la CAN y alianzas regionales.

  • Antiimperialismo declarado Rechazo a injerencias extranjeras y defensa de la autodeterminación de los pueblos.

6. Seguridad y justicia

  • Imprescriptibilidad de delitos de corrupción Inhabilitación perpetua y control social mediante veedurías.

  • Reforma judicial profunda Sustitución de la doble instancia formal por doble instancia sustantiva.

7. Descentralización

  • Autonomía plena de gobiernos regionales y locales Redistribución territorial de tributos. Creación de macroregiones autónomas.

8. Medio ambiente y territorio

  • Protección absoluta de ecosistemas estratégicos Intangibilidad de cabeceras de cuenca y Amazonía. Prohibición de concesiones que afecten soberanía o matriz energética.

NOTA: Antauro Humala, militar dado de baja, lideró el “Andahuaylazo” en 2005, donde murieron cuatro policías. Fue condenado por homicidio, secuestro y rebelión, y pasó 17 años en prisión. Es fundador del etnocacerismo, un movimiento ultranacionalista y militarista. Su presencia en una plancha presidencial normaliza un proyecto abiertamente insurreccional.