Han transcurrido 250 años desde que, por voluntad de María Teresa de Austria, se fundó la Academia de Brera en Milán. Fue en 1776, en el antiguo edificio de los jesuitas, cuando la emperatriz instituyó un centro público para la enseñanza de las Bellas Artes, liberado del control de los gremios artesanales. Este gesto no fue solo político: fue profundamente cultural. Brera nació como parte de una visión ilustrada que buscaba modernizar Lombardía a través del conocimiento, el arte y la ciencia.
Durante el siglo XVIII, Italia aún no estaba unificada. Era un mosaico de territorios frágiles, y Lombardía pasó a manos austríacas en dos momentos clave: primero en 1714, tras la Guerra de Sucesión Española, y luego en 1815, después de la derrota de Napoleón Bonaparte. Aunque los lombardos no amaban a los austríacos, el legado de María Teresa es incuestionable: reformas educativas, administrativas, fiscales, judiciales y sanitarias que aún distinguen a Milán del resto de Italia.
La Academia de Brera no fue una excepción. En el Palazzo Brera convivían la Biblioteca Braidense, el Observatorio Astronómico y el Huerto Botánico. Era un verdadero polo de cultura. Con el tiempo, Brera se convirtió en el corazón artístico de Milán, participando activamente en el Risorgimento y formando generaciones de artistas, arquitectos y pensadores.
El sistema teresiano: una modernización a 360 grados
María Teresa no fue una mecenas ocasional ni una soberana caprichosa. Su proyecto para Lombardía fue integral y racional, pensado para transformar una región atrasada en un territorio eficiente, culto y orientado al mérito. Entre sus reformas más significativas destacan:
- la creación de escuelas públicas elementales
- la obligatoriedad escolar para niños de 6 a 12 años
- la reorganización de la Universidad de Pavía
- la abolición de la tortura y de la pena de muerte
- un sistema fiscal equitativo que eliminó privilegios del clero y la nobleza
- la introducción de la vacuna contra la viruela
- estudios pioneros sobre mortalidad infantil
- la modernización administrativa basada en la selección por mérito
- la restauración del Palazzo Reale y la Villa Reale di Monza
- el impulso al Teatro alla Scala y a la Pinacoteca de Brera
Este conjunto de reformas creó un ecosistema cultural y administrativo que aún hoy sostiene a Lombardía. No es casualidad que sea considerada la “capital moral” de Italia ni que produzca la mayor renta del país. Su identidad se basa en un sistema de trabajo donde la eficiencia, la organización y la calidad son valores centrales. La Academia de Brera es una de las expresiones más visibles de ese espíritu: una obra nacida en tiempos de ocupación, pero convertida en símbolo de continuidad, excelencia y desarrollo cultural.
Brera hoy: una institución que sigue creciendo
En los últimos años, la Academia de Brera ha sido reconocida como Facultad universitaria y puede otorgar títulos de doctorado. Este paso confirma su evolución institucional y su papel como centro de pensamiento contemporáneo. La celebración del 23 de enero de 2026 no es solo una conmemoración: es un rito cívico que reafirma la continuidad de una institución que ha sobrevivido a invasiones, guerras, pandemias y transformaciones políticas. Asi lo entendieron sus profesores, los estudiantes, un sano orgullo, una expositora señaló: «La Academia es una academia estatal, una academia pública, pero al mismo tiempo es percibida por sus miembros como un bien común, un patrimonio, un patrimonio humano. El bien común es el conocimiento, fruto de la creatividad, fruto de la investigación artística.»

Una enseñanza para América Latina
La historia de Brera ofrece también una enseñanza para América Latina, una región que con frecuencia se narra a sí misma desde la herida y la revuelta. Los procesos históricos nunca son puros: nacen de conflictos, imposiciones, mezclas y tensiones. Sin embargo, más allá de la violencia o del rechazo inicial, lo que permanece son las obras, las instituciones y los sistemas que permiten a una sociedad crecer.
Así como los lombardos no amaron a los austríacos pero conservaron sus reformas —que aún hoy distinguen a Milán—, también en América Latina el legado español dejó estructuras, lenguas, caminos, universidades y formas de organización que conviven con las raíces indígenas. El sistema incaico no era perfecto, como tampoco lo fue la conquista española, pero de esa fricción surgieron sociedades complejas, creativas y resilientes.
Reconocer lo que funciona, valorar lo que quedó y aprender a construir sobre ello es una forma adulta de mirar la historia. Brera, con sus 250 años, es un recordatorio de que las buenas obras sobreviven a los imperios, a las guerras y a los resentimientos, y que la cultura es siempre el territorio donde la continuidad vence al conflicto.








