EUROPA: los Refugiados son Nuestros Hermanos, Casina Pío IV, 9-10 Diciembre

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NOTA CONCEPTUAL

En su carta encíclica Laudato si’, el Papa Francisco llamó a una mayor conversión del corazón hacia “los hermanos y hermanas más frágiles”, argumentando que debemos incrementar los esfuerzos para prevenir las crisis humanitarias y, cuando así y todo ocurran, debemos asegurarnos de que nuestra respuesta sea adecuada a la enorme magnitud del desafío y oportuna de acuerdo con la urgencia de la necesidad. Suministrar carpas y agua potable después de que todos ya han fallecido a causa del frío y de la deshidratación es algo a todas luces inaceptable.

Específicamente, el Papa nos pide en su Encíclica que demos prioridad a aquellos enfoques que traigan como resultado cambios apreciables para los excluidos y los marginados que más necesitan de nuestra ayuda.

Esta cumbre ha sido convocada para atraer la atención inmediata del mundo a la amenaza que representa para la estabilidad mundial la presencia creciente en nuestro planeta de más de 125 millones de refugiados.

Esas personas, que requieren asistencia humanitaria urgente, han sido desplazadas de su tierra, entre otras razones, como consecuencia de la guerra, del hambre y de los terribles desastres naturales que han aumentado tanto en número como en magnitud en los últimos años (y que muchas veces son provocados por actividades humanas basadas en la utilización de combustibles fósiles).

En la actualidad, unas tres cuartas partes de todas las emergencias humanitarias del mundo son el resultado directo de una guerra. Para reducir esa cifra, nada sería tan eficaz como poner fin a los conflictos armados —e impedir que comiencen o vuelvan a ocurrir—; además, de esta manera se acabaría de un plumazo con la principal causa de los éxodos masivos de refugiados.

Las guerras tienen su origen en múltiples razones, aunque no siempre justas: orgullo nacional, avidez de ganancias, ira, ansias de poder, pereza para hacer el bien, envidia de los países vecinos. En resumen, este tipo de flagelo está arraigado en una naturaleza humana inclinada al egoísmo y al interés personal.

Resulta lógico, entonces, que las soluciones para las causas que conducen a las guerras tengan que ver con nutrir las correspondientes virtudes: un amor visible hacia nuestros enemigos, así como manifestaciones más elocuentes de humildad y templanza. Específicamente la justicia, apoyándose en el derecho internacional, puede contribuir a desactivar tensiones al centrar la atención en las obligaciones para con la humanidad.

La otra cuarta parte de las emergencias humanitarias es provocada por desastres naturales, en gran medida derivados de crisis ambientales tales como el hambre, las inundaciones, las graves anomalías meteorológicas, etc. A su vez, muchas de esas crisis ambientales tienen su explicación en causas antrópicas, tales como los conocidos efectos de la utilización indiscriminada de los combustibles fósiles por parte del hombre o las consecuencias ambientales de la deforestación o de prácticas agrícolas agresivas.

Por regla general, los desastres ambientales golpean más a quienes menos tienen, ya que de manera inevitable los pobres están en peores condiciones para hacer frente a esas situaciones adversas.

A la hora de brindar asistencia a esas víctimas, el mayor deber moral sin duda lo tienen quienes en primer lugar son responsables de generar las causas de las catástrofes ambientales.

Por eso, vale la pena destacar que mientras muchas personas hoy se encuentran desplazadas debido a “causas naturales”, también hay muchas otras que no son más que víctimas inocentes de acciones y decisiones ajenas, es decir, de circunstancias totalmente evitables.

Ya sea que las crisis humanitarias surjan por causas naturales o bélicas, en ambos escenarios se advierte lamentablemente un factor común: la prevención es mejor que la cura. Por tal razón, el Acuerdo de París de la COP21 sobre el cambio climático puede calificarse con toda justicia como un triunfo humanitario.

Jesucristo hizo una promesa revolucionaria: “Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”. Este es un precepto que contiene un llamamiento universal. En esta cumbre se explorarán nuevas formas de construir la paz: formas que sean más acordes a los tiempos que corren, con todas las oportunidades que tenemos a nuestro alcance para unir a las personas, formas que hagan hincapié en la dignidad humana de los refugiados y las refugiadas —en situaciones penosas, exacerbadas través de la exclusión social— y que les permitan afirmar su identidad.

Como en ningún otro momento de la historia, el hombre moderno ha creado una enorme cantidad de riqueza. Por lo tanto, sobre nuestras espaldas recae una cuota extra de responsabilidad moral de utilizar ese potencial para detener las guerras y evitar sus consecuencias sobre la humanidad. No debería ahorrarse ningún esfuerzo a la hora de alentar a todas las personas de buena voluntad a unirse a esta empresa.

No se trata de una prioridad que podamos optar por delegar en nuestros líderes políticos, ONG o filántropos internacionales: cada uno de nosotros debe encontrar la manera de hacer su aporte institucional y personal, según sus propias habilidades y capacidades.

Nadie es tan pobre como para no poder dar o compartir nada, ni nadie se encuentra totalmente privado de la capacidad para ejercer la caridad; en cambio, todos podemos ser protagonistas en la búsqueda del bien común. Con esta visión en mente, hacemos un llamamiento para que cada uno contribuya con su grano de arena a eliminar de la faz de la Tierra los flagelos de la guerra, el cambio climático y la explotación, a partir de hoy y para siempre.

Ninguna otra cosa que hagamos será tan significativa para quienes hoy más necesitan de nuestra ayuda. Es lo mismo que querríamos que otros hicieran por nosotros si atravesáramos esa situación. Profundizando en esta observación, nadie escapa a la regla de oro: “hagan con los demás lo que quieran que hagan con ustedes”.

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Entonces, ¿cuáles serían exactamente los pasos a seguir? En la cumbre venidera se sugerirán y evaluarán una serie de propuestas, que en su conjunto apuntan a reducir los riesgos de una espiral de reacciones catastróficas en el corto plazo, así como a maximizar y consolidar los beneficios de las reformas en el largo plazo:

En primer lugar, detener la oleada de refugiados desde su origen, poniendo fin de inmediato a la guerra en Siria.

En segundo lugar, no castigar al Reino Unido por su salida de la Unión Europea, marcada por una preocupación sobre cómo vivir la unidad frente a la llegada masiva de refugiados y a la falta de trabajo. En cambio, hay que pensar en otra forma de unión superior, más creativa y fecunda, y también de “sana desunión”. Esto implica dar más independencia y más libertad a los países de la Unión Europea en general y, en especial en el tema de los refugiados, patrullar las fronteras nacionales y de la Unión Europea a fin de que los migrantes económicos necesitados puedan ser acogidos “tal como vienen”. Se debe dar prioridad a salvar vidas. Urge establecer sistemas sólidos de atención a las personas refugiadas: permitirles solicitar asilo, tratar sus solicitudes con justicia, reasentar a las más vulnerables y atender necesidades básicas como la educación y la atención de la salud.

En tercer lugar, crear corredores humanitarios, seguros y regulares, reconocidos por la comunidad internacional, no solo en los estados miembros de la Unión Europea —donde la demanda actual ya está poniendo al límite la infraestructura de bienestar social al sobrepasar los límites de sostenibilidad— sino también en territorios menos poblados, tales como Argentina, Australia, Brasil, Canadá, Estados Unidos y Medio Oriente, entre otros. Se debe respetar el principio de no devolución del refugiado y, en tal caso, examinar las posibilidades de acceso al mercado de trabajo en el país huésped.

En cuarto lugar, ofrecer una amnistía u otra solución para las víctimas de las formas modernas de esclavitud y de la trata de personas, en términos de trabajo forzado, prostitución y tráfico de órganos. Muchas personas indocumentadas, incluidos menores de edad, terminan siendo engañadas para ser objeto de trata con fines de explotación sexual (especialmente las mujeres) o esclavizadas con falsas promesas de regularizar su situación migratoria. Desgraciadamente, las organizaciones delictivas luego amenazan a las víctimas de prostitución y de trabajo forzado con la expulsión del país para así mantenerlas bajo control, o bien las despojan de sus pasaportes o de otra documentación personal una vez que les han sido otorgados, quedando la víctima atrapada perpetuamente en la esclavitud. Todos los países deben investigar y enjuiciar a las bandas de traficantes que explotan a las personas refugiadas y migrantes en cualquiera de sus formas, y poner la dignidad y seguridad de esas personas por encima de todo.

En quinto lugar, restaurar un sentido de justicia y de oportunidad para la clase trabajadora desencantada, los jóvenes desempleados y aquellos a quienes las crisis financieras y la subcontratación laboral han perjudicado económicamente. Esto implica implementar amplios programas de gasto social en salud, educación, capacitación, pasantías y apoyo familiar, financiados a través del cierre de los paraísos fiscales (que menoscaban los ingresos públicos y exacerban la injusticia económica). También implica otorgar a Grecia el alivio de deuda, con la esperanza de poner fin a la prolongada crisis de la eurozona.

En sexto lugar, pero no menos importante, concentrar los recursos, incluidas las ayudas adicionales, en fomentar el desarrollo económico de los países de bajos ingresos y no en promover guerras. La migración descontrolada desde las regiones pobres y afectadas por conflictos se volverá inmanejable —cualesquiera sean las políticas migratorias que se apliquen— si el cambio climático, la pobreza extrema y la falta de formación y de educación debilitan el potencial de desarrollo de África, América Central y el Caribe, Medio Oriente y Asia Central.

Todo esto pone de relieve la necesidad de pasar de una estrategia basada en la defensa y la guerra a otra más focalizada en el desarrollo sostenible e integral, especialmente en el caso de los países desarrollados. Por más muros y vallas que se levanten, no se logrará detener a los millones de migrantes que huyen de la violencia, la exclusión, la pobreza extrema, el hambre, las enfermedades, las sequías, las inundaciones y otros males. Solo la cooperación internacional para alcanzar la justicia social puede ser la solución.

En conclusión, urge que a los Alcaldes, en cuanto las autoridades más próximas a la ciudadanía, se les provea de competencias para atender, acoger y regularizar a todo tipo de emigrantes o refugiados. Urge que la voz de los Alcaldes sea escuchada para promover puentes y no muros. Urge que su autoridad se ponga al servicio del desarrollo sostenible e integral, de la justicia y de la paz.