En Pitti Uomo presente el Sigaro Toscano

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Todo empieza en 1815, en Florencia. En la fábrica de tabaco de la ciudad, unos fardos de hojas de tabaco quedaron mojados por una lluvia inesperada. El tabaco fermentó de forma natural y empezó a oler fuerte, distinto. En vez de tirarlo —como dictaba la lógica— alguien decidió probarlo. El resultado fue áspero, intenso, rústico… pero con carácter. Así nació, por accidente, el Sigaro Toscano.

No nació como lujo. Nació como error convertido en destino.

Durante mucho tiempo fue el cigarro del pueblo: soldados, campesinos, obreros. No se fumaba con delicadeza, se mordía. De hecho, su forma curva y su textura permiten partirlo con los dientes. Es un cigarro que no pide ceremonia: pide presencia.

Después llegó su giro inesperado: los intelectuales y los artistas lo adoptaron. Giuseppe Garibaldi lo fumaba, igual que Puccini. Más tarde lo harían actores, escritores, hombres de campo y de ciudad. Porque el Toscano no es elegante por pulido, sino por identidad. No intenta gustar: es como es.

Se hace con tabaco Kentucky, curado al fuego. Por eso su sabor es ahumado, terroso, casi salvaje. Cada cigarro se fermenta dos veces y se hace todavía, en gran parte, a mano. Muchas torcedoras —mujeres con décadas de oficio— siguen siendo el alma de la producción.

El Toscano no se parece a los habanos ni quiere parecerse.
No es caribeño, es toscano.
No es seductor, es honesto.
No es suave, es profundo.

Y hay algo más: el Sigaro Toscano no se fuma para aparentar. Se fuma para acompañar un momento. Una caminata, una espera, una conversación lenta, una soledad elegida.

Un Sigaro Toscano es un objeto de vida.

El Toscano es eso: un cigarro que no quiere ser moderno, porque ya es verdadero.