Morgana Vargas Llosa y el arte de perennizar el método de trabajo de Mario Vargas Llosa

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El 28 de marzo de este año, Mario Vargas Llosa habría cumplido 90 años.

En la prestigiosa sede del Centro Cultural Inca Garcilaso se desarrolló un programa intenso, articulado en tres mesas redondas, donde se habló de su prosa literaria, de su relación con el Perú, de esa reconciliación política con el país que también forma parte de su biografía, para concluir en un diálogo a partir de una pieza teatral escrita por él mismo: Odiseo y Penélope.

Pero el homenaje tenía otro centro, más silencioso. Estaba en el primer piso del Centro Cultural Inca Garcilaso, en unas amplias salas donde se abría algo así como el backstage de algunos de sus libros. Allí aparecían imágenes de El paraíso en la otra esquina, Le dedico mi silencio, de Israel Palestina. Paz o guerra santa —el reportaje realizado para El País Semanal— y luego las de la guerra de Irak. No era solo una muestra fotográfica. Era una manera de entrar, sin ruido, en el proceso creativo del escritor.

Esas fotos fueron realizadas por su hija Morgana.

Morgana no ama el foco de una entrevista; prefiere la libertad de una conversación, allí donde la memoria aparece sin presión y sin pose. Con mucha naturalidad nos explica que estas imágenes son, al mismo tiempo, “recuerdo de un viaje familiar y la conexión entre la fotografía y la escritura en la vida de un autor”, mientras evoca a su padre, sí, pero también al escritor y a ese proceso de trabajo que casi siempre quedaba lejos de la mirada pública.

Visitando la muestra, observando las fotos, Morgana nos explica: “Yo creo que con estas fotos uno puede imaginarse cómo él trabajaba, cómo él llegaba a ese proceso final”.

Le preguntamos cuándo comenzó este acompañamiento. “Bueno, hace años, porque la otra sala tiene el último viaje que hicimos juntos, cuando él investigó para su última novela. Y en esta pared, la de Gauguin, tiene que haber sido antes del 2000, porque fue uno de los primeros viajes que hicimos juntos.”

Lo dice con sencillez, pero también marcando un límite que le pertenece: “No me gustan mucho las entrevistas, como saben bien”. Le respondemos que nosotros no estamos entrevistando, que estamos conversando.

Cuando le preguntamos cuál es la anécdota que más ha quedado con ella de esos largos viajes, responde con una delicadeza que ilumina toda la muestra: “Yo creo que lo más entrañable para mí fue poder compartir con él esos momentos. Al final, el escritor tiene una vida bastante solitaria, él está encerrado en su escritorio, y además el escritorio, para mí, es un lugar bastante sagrado al que no podías acceder”.

Entonces, una manera de acercarse a su trabajo fue seguirlo en su proceso de investigación, a una prudente distancia, y recorrer con él los lugares donde luego él podía imaginar sus historias o colorearlas un poco, como las iba contando. “Esos fueron los recuerdos más bonitos que tenemos juntos. El poder compartir, que él también vea cómo yo trabajaba, ver la cámara en acción, y yo verlo a él en ese proceso que normalmente era algo secreto y aislado en el escritorio, en la soledad.”

¿Y cuál fue la reacción de Mario Vargas Llosa cuando supo que lo tuyo era la fotografía? La respuesta de Morgana es sincera y directa: “Mira, siempre me apoyó. Evidentemente, el arte es algo que se apoyaba muchísimo en la casa. Quizás se sorprendió de que fuera la fotografía, porque, a pesar de que él la apreciaba mucho como arte, no sé si se imaginó eso”.

Lo interesante es que tampoco Morgana  lo había imaginado. La fotografía no apareció como un sueño desde la infancia, sino casi por accidente. “Yo estaba en un colegio donde no había cupo para estudiar otra cosa como cursos electivos, y no imaginaba que podía elegir un curso de fotografía. Me obligaron a tomar ese curso porque no quedó otra alternativa, y quedé absolutamente fascinada”.

No solo con la fotografía. También con el reportaje. “Me encantaba el periodismo, pero no me gustaba mucho hablar como ustedes, ya saben. No me gusta escribir. Y yo decía: ¿cómo puedo compaginar este amor por el periodismo, la curiosidad por lo que está pasando en el mundo, poder transmitirlo, y con la fotografía descubrir un lenguaje?”

Le preguntamos si en su trabajo fotográfico reconoce algo heredado de su padre —la disciplina, la exigencia, la investigación—, y responde con humor: “No soy tan chancona —tan estudiosa— como mi papá, definitivamente. Ojalá lo fuera”. Pero enseguida añade: “Sí, definitivamente la disciplina, la constancia, están ahí. Claro, eso es algo que nos ha encantado desde que nacimos a todos nosotros”.

¿Cómo fue volver a estas imágenes? Morgana no oculta que no fue simple. “Fue un proceso difícil. Esto empezó porque me involucraron en un proyecto del Hay Festival, que era una exposición. No había pasado mucho tiempo desde su fallecimiento, y me pareció que era muy difícil en ese momento acercarme nuevamente a esas imágenes. Yo quería dejar un poco más de tiempo, pero bueno, se dio la oportunidad”.

Lo que siguió fue también una forma de atravesar el duelo. “La verdad es que fue un proceso bonito, sanador. Bueno, estamos todavía en el luto y en el proceso… pero hacer esa curaduría, trabajar tantos meses encerrada con mi computadora, con mis imágenes, revisitando todo, ha sido un proceso muy emocionante, muy bonito poder compartirlo con el resto de las personas y también bastante sanador para mí”.

Le preguntamos por Tahití, por Gauguin, por esos viajes donde Mario Vargas Llosa parecía volver sobre los pasos de otros para dar cuerpo a sus propios libros. ¿Iba a recuperar los lugares donde vivió Gauguin o a investigarlo de otro modo?

Morgana responde con precisión.  “Él hace la investigación previamente, luego escribe un borrador con la historia que se está imaginando, y después le gusta ir a sentir un poco el lugar de las historias”.

Ese “sentir” era una manera muy concreta de completar el mundo de la novela: «escuchar a las personas, mirar las vestimentas, absorber el color, el cielo, el clima, registrar si hacía calor o frío.» Empaparse de todo eso para luego dar vida a la historia. “Son fantasías, pero normalmente él escribe muchísimo en el detalle de los lugares. No es un lugar tan imaginado. Entonces a él le gusta darle ese sentido de realidad a las historias inventadas”.

Por eso, quizá, la exposición lleva un título tan exacto: La verdad y las mentiras.

Entre las imágenes de la muestra aparece también Le dedico mi silencio. Le comento  a Morgana que hago parte del grupo de literatura en la Biblioteca di Porta Venezia, en Milán, donde hemos leído ese libro con lectoras italianas que estudian castellano. Y le digo algo que provoca de inmediato una sonrisa: que para ellas, después de haberlo leído con atención, Mario Vargas Llosa estaba un poco enamorado de Cecilia Barraza.

Morgana me mira, ríe, y responde con una frase que cierra la conversación con una ligereza inesperada: “Puede ser un poquito… no les falta razón.”

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