Alguien cobrará la recompensa: $50 millones

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Un hombre, Donald Trump, con formas a menudo desagradables, decide —guste o no— cumplir con lo que prometió cambiar. Incluso en terrenos que nadie quiso tocar. Por ejemplo: poner fin a la competencia de personas «trans» en categorías femeninas. Durante años, muchas voces lo dijeron. Nadie escuchó. La indiferencia fue total.
La misma indiferencia que durante décadas se tuvo hacia los venezolanos: los que se fueron y los que se quedaron, estos últimos aprendiendo a vivir en la subsistencia mientras el aparato del poder vivía en el mejor de los mundos posibles.

El primer gesto inequívoco del cambio fue la recompensa: 50 millones de dólares. Todos sabemos que alguien la cobrará. También sabemos que existe una figura funcional, una «tonta útil» que prestándose a un juego que apunta a una transferencia de poder controlada, en este período de tránsito en el que —dentro de Venezuela— ya están cayendo cabezas. Se están abriendo cárceles donde hay personas inocentes detenidas. Y, sin embargo, la represión cotidiana sigue intacta. La presidenta encargada Delcy Rodríguez afirmó hoy (7.1.26) en el país “no hay agente externo que gobierne”, al subrayar que el Gobierno constitucional y el poder popular son quienes rigen la nación. Sobre la recompensa, «alguien cobrará la recompensa», la cúpula se está quebrando, no será inmediata, se romperá.

Sin embargo, ahora, la policía continúa controlando a los periodistas. Está prohibido tomar fotografías. Más prohibido enviarlas. Quien lo hace es detenido. Y su paradero, muchas veces, se desconoce.
Eso es hoy la “seguridad pública” en Venezuela.

En una reciente entrevista, el comandante norteamericano Jesús Romero —ex oficial de inteligencia naval de Estados Unidos, de origen latinoamericano— explicó algo crucial: Trump está poniendo en riesgo su presidencia. Si logra cambiar el gobierno de Venezuela, los demócratas lo acusarán de intervención. Por eso, el movimiento es quirúrgico: deben ser ellos mismos quienes ejecuten el pase interno. Sacado el jefe, Nicolás Maduro, aunque haya declarado “el presidente soy yo”. Hoy día, el Juez lo despertó y al parecer tanto él como Celia, entendieron que no están de turistas en Nueva York. El Juez lo calló y lo conminó a sentarse. Maduro está procesado. Tiene una requisitoria pesada. 
¿Cómo se probarán los cargos? La pregunta empieza a incomodar a muchos.

Se habla —cada vez con menos pudor— de colaboraciones inesperadas. José Luis Rodríguez Zapatero aparece en los rumores. También Juan Orlando Hernández, recientemente indultado por Trump, ex presidente de Honduras, procesado y condenado por narcotráfico en Estados Unidos, en ese mismo tribunal que ahora juzga a Maduro y Flores, acusado de ser el responsable político del tráfico de drogas hacia Estados Unidos. Las piezas se mueven. El tablero ya no es el mismo.

Ante los lamentos por no haber “colocado” a María Corina Machado como presidenta, conviene volver a la realidad: ella no tiene ejércitos. En ese nido de víboras, desaparece en medio día y esa no era la función de la «incursión» en Venezuela. Especialmente frente a Delcy Rodríguez.
¿Con qué autoridad llega? ¿Con un Nobel? La política real no funciona así.

La pregunta final incomoda más que todas las anteriores:
¿Podemos imaginar que un presidente actúe sabiendo que el partido opositor —en este caso, los demócratas— ha vivido durante años , digamos 26 años, no ya en la complicidad, sino en una tolerancia amplia, cómoda y comprensiva frente a todo lo que significó atraso, injusticia y degradación institucional en América Latina?

Tal vez por eso este proceso no es limpio, ni elegante, ni tranquilizador.
Pero tal vez —solo tal vez— sea el primero que no se limita a mirar hacia otro lado.