La presencia de Bélgica en los Juegos Olímpicos de Invierno de Milano‑Cortina 2026 ofrece una lectura distinta a la de las grandes potencias del medallero. Con una delegación de 30 atletas, el país no viajó a Italia con la presión de obtener resultados espectaculares, sino con un objetivo más profundo y coherente con su cultura deportiva: crecer, aprender y consolidar disciplinas que todavía están en desarrollo.

En un contexto donde Noruega, Alemania o Estados Unidos viven los Juegos como una competición de supremacía, Bélgica adopta una filosofía más serena y pragmática. La obtención de una única medalla de bronce —en el relevo mixto de short track— no generó críticas ni debates encendidos. Al contrario: fue recibida como un logro legítimo y un paso adelante para un país que entiende el deporte olímpico como un proceso, no como un examen nacional.
La media de edad relativamente alta de la delegación, cercana a los 27–28 años, refleja esta misma lógica. Bélgica no acelera carreras deportivas ni exige resultados prematuros. Sus atletas llegan al alto nivel de manera más gradual, combinando estudios, trabajo y deporte, y construyendo trayectorias más largas y estables. En contraste, las naciones nórdicas presentan equipos más jóvenes, fruto de sistemas deportivos masivos y altamente profesionalizados desde la adolescencia.

¿Era necesario enviar una delegación tan numerosa? Desde la perspectiva belga, sí. La participación olímpica es parte del aprendizaje: competir, observar, adaptarse, ganar experiencia internacional. Cada atleta que pisa unos Juegos amplía la base deportiva del país, inspira a nuevas generaciones y fortalece disciplinas que necesitan continuidad para crecer. No se trata de inflar números, sino de invertir en futuro.
Una presencia real que revela la identidad belga
La participación belga estuvo acompañada por un gesto silencioso y profundamente simbólico: la presencia del Roi Philippe, de la Reine Mathilde y de la Princesse Éléonore, quienes viajaron a Italia para acompañar y alentar a los atletas del país.
La jornada comenzó en el Milano Speed Skating Stadium, donde la Familia Royale apoyó a Isabelle Van Elst durante la competición de patinaje de velocidad. Más tarde, se trasladaron a la Milano Skating Arena para animar con el mismo entusiasmo a los equipos de short track en el 5000 metros masculino y el 1500 metros femenino.
No hubo discursos, ni cámaras buscadas, ni gestos grandilocuentes. Solo una presencia cálida, cercana y discreta, fiel al estilo belga. En un país donde el deporte no se vive como presión nacional, sino como un espacio de comunidad y crecimiento, la visita real no pretendió ejercer protagonismo: fue un acto de acompañamiento humano, casi familiar.
La alegría por la medalla de bronce se vivió con la misma naturalidad. Sin euforia desmedida, sin dramatismos, sin comparaciones. Solo orgullo genuino por un logro que confirma que Bélgica avanza a su propio ritmo, con una filosofía deportiva que privilegia la experiencia, la continuidad y el aprendizaje.

¿Ironía que hiere? El “siparietto” Tomba–Goggia y la teatralidad italiana
La escena se volvió viral en cuestión de horas: durante los Juegos, Sofia Goggia contó entre risas que Alberto Tomba, leyenda absoluta del esquí italiano, había mirado su medalla de bronce y, con ese tono provocador tan suyo, le habría dicho: «Carino questo bronzo… sai, io ho vinto solo ori».
Tomba, ante la repercusión, matizó enseguida: aseguró que su comentario fue simplemente «Carino questo bronzo», negando haber añadido la comparación con sus propios oros. Pero mantuvo el tono goliárdico, casi teatral, que lo caracteriza desde siempre. Goggia, por su parte, lo relató riendo, como quien reconoce el juego irónico de un campeón que vive el deporte con una mezcla de orgullo, competitividad y espectáculo.
El episodio, más allá de su literalidad, revela algo profundo sobre la cultura deportiva italiana: la medalla no es solo un resultado, es un símbolo emocional, y cada color lleva consigo expectativas, comparaciones, dramatizaciones y, a veces, ironías que pueden rozar la herida.

Dos culturas, dos maneras de vivir el deporte
Frente a esa teatralidad mediterránea, la actitud belga en Milano‑Cortina 2026 parece casi de otro planeta. Mientras Italia debatía sobre la ironía de Tomba, Bélgica celebraba su bronce en short track con una mezcla de orgullo tranquilo y alegría contenida. Sin polémicas. Sin comparaciones. Sin dramatismos.
La presencia del Roi, de la Reine y de la Princesse Éléonore en las gradas —apoyando a Isabelle Van Elst y a los equipos de short track— reforzó esa identidad: un país que acompaña, que celebra, que no exige épica para sentirse representado.
El bronce belga no fue motivo de ironía, sino de satisfacción. El bronce italiano, en cambio, se convirtió en un pequeño teatro nacional.
Conclusión: una lección de serenidad
Milano‑Cortina 2026 no fue un triunfo para Bélgica en términos de medallas, pero sí en términos de identidad. Fue una demostración de cómo un país pequeño puede participar con dignidad, coherencia y visión, sin renunciar a su estilo ni a su ritmo. En un escenario olímpico cada vez más competitivo, esa serenidad es, en sí misma, una forma de fortaleza.
Revisando la prensa belga tras Milano‑Cortina 2026, sorprende la ausencia casi total de críticas duras. Ningún editorial habló de fracaso, de decepción o de crisis. Solo una periodista especializada analizó con precisión técnica los errores cometidos durante algunas exhibiciones, siempre desde un tono constructivo, casi pedagógico, muy lejos de la retórica inflamable que domina en otros países.
Ese enfoque encaja con una frase que marcó la historia reciente del deporte belga. Antes de los Juegos de Sochi 2014, el Comité Olímpico e Interfederal Belga lanzó una campaña con un lema provocador y entrañable: «On n’a pas besoin de montagnes pour ramener une médaille.» No necesitamos montañas para traer una medalla.
En 2014, Bélgica volvió sin podios. Pero desde entonces, el lema encontró su justificación:
- 2018 PyeongChang → 🥉 1 bronce
- 2022 Beijing → 🥇🥉 1 oro + 1 bronce
- 2026 Milano‑Cortina → 🥉 1 bronce
Tres ediciones consecutivas confirmando que un país plano, sin una sola montaña, puede construir excelencia en deportes de invierno a través de la constancia, la técnica y la serenidad.
En un escenario olímpico donde la teatralidad, la presión y la comparación son moneda corriente, Bélgica ofrece una lección distinta: la dignidad de competir sin estridencias, la alegría tranquila de un podio y la convicción de que el deporte es, ante todo, un viaje que se recorre paso a paso.
¡Nos vemos en los Alpes franceses en 2030!







