Hemos visto en pantalla intercontinental «Project Hail Mary»

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En el vuelo transcontinental vi una película que me agradó por su delicadeza emocional dentro de un relato de ciencia y supervivencia. Su protagonista, Ryland Grace, un biólogo convertido en profesor universitario, participa en la preparación de una misión espacial aportando sus conocimientos basados en los resultados de una investigación sobre un microorganismo misterioso que había llegado a la Tierra, descubrió que esa forma de vida —llamada Astrophage— se multiplicaba con rapidez y consumía energía a una escala capaz de poner en peligro al Sol. Era una vida nueva, desconocida, que moría rápido fuera de su entorno, pero cuya existencia implicaba un riesgo global. Su hallazgo fue determinante: la humanidad enfrentaba un posible colapso energético y climático.

El proyecto internacional creado para estudiar el fenómeno necesitaba científicos capaces de comprender la biología del Astrophage. Dicha tripulación, entrenada para la misión, murió antes del lanzamiento por una explosión en el laboratorio. Ante el diezmamiento del equipo y la urgencia planetaria, la responsable del proyecto propuso a Ryland que participara en la Misión, ante su negativa lo reclutaron por la fuerza, sedándolo y embarcándolo sin su consentimiento. Él no eligió irse de la Tierra: fue enviado por otros, en nombre del bien mayor.

Al despertarse, Ryland se encuentra sólo, la tripulación había fallecido. En medio de esa soledad absoluta encuentra algo imposible: una forma de vida hecha de piedra, un ser de otra evolución, de otra biología, de otro mundo. Lo llama Rocky. Dos inteligencias que no comparten lenguaje, historia ni estructura corporal, pero que descubren que pueden comunicarse. Al inicio, con un traductor improvisado, tipo Google, casi como un puente digital entre dos universos; luego, con un aprendizaje mutuo que se vuelve íntimo. En sus conversaciones Ryland le cuenta que en la Tierra era profesor universitario. Rocky no entiende qué es una universidad, ni qué significa enseñar. Pero escucha. Pregunta. Aprende. La habilidad de Rocky en transformar los metales es impresionante, es un transformador innato.

Ryland registra todo en su diario: videos, notas, observaciones científicas. Documenta cada hallazgo para llevarlo a la Tierra. Lo que él no sabe al principio es que Rocky escucha todo, incluso a distancias impensadas. Su oído mineral capta vibraciones que para un humano serían silencio. Esa capacidad transforma la relación: Rocky no solo entiende, sino que acompaña.

En esas conversaciones aparece lo más humano: la tristeza, la soledad, el miedo, la necesidad del otro. Ambos se complementan. Ambos se sostienen. Ambos descubren que la vida, en cualquier forma, necesita compañía, comunicación.

A un punto Ryland y Rocky se separan, uno para volver a la Tierra y el otro para llegar a su planeta.

En el camino a la tierra Ryland descubre, observando el comportamiento de la nueva vida bajo su microscopio, que esta nueva vida literalmente devora la piedra,  no obstante tener carburante para un solo viaje decide ir a salvar al amigo y a su planeta. Envía todos los datos acumulados a la tierra, los cuales llegan y contribuyen a la reactivación del «Proyecto Fin del Mundo».

La escena final nos presenta a Ryland, despertándose en un día soleado, el robot que le prepara el café, tocan a la puerta y es Rocky, ambos caminan por las orilla del mar y llegan a un lugar donde Ryland, como profesor, inicia su clase con una pregunta y una treintena de alumnos entusiastas hasta saltan de sus sillas, solo que estos alumnos son jovenes de piedra como Rocky, quienes asisten a su lección.

El profesor humano que enseñaba en la Tierra ahora enseña en un planeta mineral. La especie que no sabía qué era aprender ahora aprende con fervor. Dos evoluciones distintas que encontraron un punto común: la necesidad de comprender el mundo y a los otros.