Fondazione Prada presenta una investigación arqueológica que revela una globalidad antigua, compleja y sorprendentemente actual.
Milán vuelve a situarse en el centro del pensamiento cultural con Global Antiquity, la nueva exposición de Fondazione Prada que abrirá del 5 de noviembre de 2026 al 1 de marzo de 2027. Es el capítulo más reciente de una investigación iniciada en 2015 con Serial Classic, Portable Classic y Recycling Beauty, tres muestras que ya habían demostrado que la antigüedad es un territorio fértil para interrogar el presente. Ahora, la institución milanesa amplía esa mirada y propone algo más ambicioso: una historia global antes de la globalización.
Curada por Salvatore Settis, junto a Anna Anguissola y Chiara Ballestrazzi, y con un montaje concebido por Rem Koolhaas y el estudio OMA, la exposición ofrece una perspectiva inédita sobre las interacciones entre las culturas del Mediterráneo y las de Asia entre el 700 a.C. y el 1000 d.C. No se trata de una reconstrucción arqueológica tradicional, sino de un ejercicio intelectual que revela cómo los pueblos antiguos se influenciaban, comerciaban, viajaban y se transformaban mutuamente.
Settis lo resume con una frase que funciona como tesis de la muestra:
“Una costellazione di casi esemplari… una macro-storia in cui la globalità pre-moderna appare come una condizione di equilibrio instabile, ma aperta a innumerevoli potenzialità.”
La idea es poderosa: la globalidad no es un invento moderno, sino una condición humana que ya existía, frágil pero expansiva, sostenida por rutas comerciales, curiosidad cultural y contactos políticos y religiosos que cruzaban continentes.
En el Podium de la sede milanesa, más de 150 piezas —esculturas, fragmentos, marfiles, bronces, astrolabios, textiles, monedas y objetos rituales— narran estas conexiones. Proceden de instituciones como el MET, el Getty, el Louvre, el British Museum y los Musei Vaticani, y cada una funciona como un testigo silencioso de un viaje improbable.
Entre los ejemplos más fascinantes está la statuetta indiana que llegó a Pompei antes de la erupción del 79 d.C., una presencia que obliga a reconsiderar la supuesta distancia entre Italia y el subcontinente indio. También destacan los relieves del Gandhāra, donde el arte budista dialoga con formas helenísticas, y los bronces árabes que circularon por rutas que atravesaban desiertos y mares. Son objetos que revelan una Eurasia interconectada, donde las influencias viajaban con la misma naturalidad que las mercancías.
La exposición insiste en que estas interacciones no se limitaban a las célebres rutas de la seda o de las especias. Había redes más amplias, más humanas, más complejas: comerciantes, artesanos, peregrinos, diplomáticos, soldados, narradores. Una multitud de actores que tejía una globalidad premoderna que hoy parece casi futurista.
En un tiempo marcado por discursos identitarios y tentaciones aislacionistas, Global Antiquity ofrece una lección inesperada: la historia no confirma la pureza, sino la mezcla. No sostiene fronteras rígidas, sino puentes. Como señala el documento, la muestra invita a “rivedere il proprio sguardo sulla storia, dimostrando le velleità della ‘retorica identitaria’ e delle dinamiche isolazionistiche del nostro tempo”.
Milán, con esta exposición, se convierte en un laboratorio donde el pasado ilumina el futuro. Y lo hace con la fuerza de los objetos: silenciosos, pero capaces de contar historias que cruzan continentes y siglos.
Global Antiquity no es solo una muestra arqueológica. Es una invitación a pensar la globalidad desde su origen, a reconocer que las culturas siempre se han buscado, influenciado y transformado. Es, en el fondo, una defensa de la curiosidad humana como motor de la historia.










