La normalización de un orden sin árbitro.

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Se ha desencadenado una guerra entre fuerzas de enorme poder contra Irán: un país hostil para muchos de sus vecinos, temido por buena parte de la región, golpeado severamente en su estructura de mando, pero no derrotado. En tiempos de creciente ineficacia del multilateralismo, incluso lo que parecía impensable puede ocurrir. Y en el tramo más crítico de su resistencia, Irán ha respondido razonando como sus atacantes: no solo con lógica militar, sino con lógica económica. Al bloquear el estrecho de Ormuz —un paso natural, sin infraestructura, pura geografía convertida en poder— ha puesto al mundo en vilo. Más que una victoria militar, ha conseguido una palanca. Y eso, en el tablero actual, ya es mucho.

Esta decisión debe de haber desconcertado a muchos iraníes que no respaldan al régimen y que, sin embargo, observan cómo este logra resistir allí donde se esperaba su colapso. Golpeado, pero no destruido, Irán ha demostrado que aún puede convertir la geografía en presión. Incluso sin exhibir plenamente su capacidad política, conserva la posibilidad de alterar el equilibrio regional y global.

Estados Unidos, ¿se vio obligado? La tregua de dos semanas entre Estados Unidos, Irán e Israel —presentada en el lenguaje clásico del sistema internacional como una oportunidad para la desescalada— fue impulsada gracias a intermediaciones regionales y recibida como un respiro. Sin embargo, basta observar con un poco más de atención para advertir que el conflicto ya se ha desplazado a otro terreno. Lo que comenzó como una acción de desesperación, bajo razonamiento económico por parte de Irán, corre ahora el riesgo de convertirse en trofeo de negociación. Mientras la ONU permanece en el registro formal de la suspensión de hostilidades, no se pronuncia sobre la libertad de navegación, el control del paso marítimo y la tentación de convertir una tregua en una renta.

Algo le falta hoy al sistema multilateral. Conserva el lenguaje de la legitimidad, pero ya ni siquiera alcanza a narrar con precisión el desplazamiento real de la crisis. En el sitio de las Naciones Unidas, el relato permanece anclado en la pausa temporal, en la protección de civiles y en la contención de la violencia. Todo eso es correcto, pero insuficiente. Porque el centro del problema ya no está solo en la interrupción de los bombardeos, sino en la disputa por el cuello de botella energético más sensible del planeta. Ormuz no es únicamente un símbolo estratégico: es un punto de estrangulamiento por el que transita una parte decisiva del petróleo y del gas licuado que abastecen al mundo. Allí se está jugando hoy algo más concreto que una retórica de guerra: se está negociando poder.

Quien sí habló desde el inicio fue la UNCTAD. ¿La ONU calla cuando la crisis entra en el terreno económico?

Podemos leer comentarios como el del presidente de Italia, Sergio Mattarella, durante su visita a la República Checa, dirigiéndose a los parlamentarios reunidos en la Cámara: “Debemos evitar retroceder en el tiempo a épocas de la historia humana en las que las disputas se resolvían por la fuerza, no por la ley.”

El intento iraní de introducir tarifas o formas de control sobre el tránsito marítimo no es un detalle técnico: es la manifestación de una lógica más profunda. Cuando una guerra entra en fase económica, deja de buscar únicamente una victoria y empieza a disputar una renta. El mal no siempre entra con estruendo. A veces entra como negocio: el negocio de una causa, de una institución, de una guerra.

Por ahora, Washington se presenta del lado de la legalidad internacional del tránsito. La Casa Blanca ha insistido en que el estrecho debe reabrirse sin peajes y ha alineado, al menos públicamente, el interés estadounidense con la defensa de la libertad de navegación. En este punto, conviene reconocerlo: hoy el intento explícito de monetizar la crisis proviene de Irán. Pero sería ingenuo creer que la dimensión económica no tentará también a quienes, en nombre del orden, terminan administrando los flujos, las rutas y las garantías. La mera aparición de la idea de un posible arreglo transaccional —aunque todavía no se haya consumado— basta para encender una alarma. Porque cuando entre el bien y el mal entra en juego la economía, todo se desarma.

También los vecinos árabes del Golfo ofrecen una lección importante. No han guardado silencio, como podría parecer a primera vista. Se han pronunciado, pero lo han hecho en bloque, con el lenguaje de la legalidad y sin exponerse como frente individual contra Teherán. Emiratos Árabes Unidos ha sido particularmente claro al denunciar la obstrucción del paso y al subrayar que los países de la región no deben ser arrastrados a una guerra ajena. Omán, por su parte, mantiene su papel tradicional de mediador prudente, consciente de que comparte con Irán la geografía misma del estrecho. No es cobardía. Es diplomacia de supervivencia. Hablan, con prudencia ante la proximidad geográfica, en esta región, cualquier gesto en un riesgo existencial. Sino miremos la transformación de Dubai. 

Y allí aparece la pregunta de fondo. No basta con censurar la ineficacia del multilateralismo. La cuestión más inquietante es otra: si la solución ya no puede pasar realmente por la ONU, ¿qué clase de mundo estamos habitando? La crisis de Ormuz no solo revela una disputa por el control de un estrecho. Revela algo más grave: la creciente separación entre el lenguaje del derecho y la práctica del poder. Tenemos un mundo en el que el multilateralismo conserva la forma, pero ya no garantiza el fondo; un mundo en el que las instituciones describen, mientras los Estados deciden y los mercados anticipan.

Ese es, quizás, el verdadero drama de nuestro tiempo. No solo que haya guerras, sino que cada vez parezca menos claro quién puede traducir el derecho en eficacia, la legitimidad en conducción, la prudencia en orden. La ONU habla todavía el idioma de la tregua; la crisis ya está hablando el idioma del estrecho. Y mientras el sistema internacional se aferra a fórmulas cada vez más abstractas, la realidad avanza por rutas más concretas: puertos, seguros, convoyes, petróleo, sobre todo peajes. En ese desplazamiento silencioso, el mundo corre el riesgo de acostumbrarse a algo peor que la guerra: a la normalización de un orden sin árbitro.