Maibort Petit: testigo de un poder que se defiende

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Maibort Petit es una periodista venezolana que hace más de veinte años se vio obligada a migrar a los Estados Unidos y reside actualmente en Nueva York. Su trabajo periodístico ha estado dedicado, de manera constante y documentada, a denunciar la arbitrariedad del poder en Venezuela desde los gobiernos de Hugo Chávez hasta Nicolás Maduro.

No se trata de una opinión aislada, sino de una constatación compartida por millones de personas que han abandonado el país cuando el aparato estatal dejó de cumplir su función primordial de protección para transformarse en un sistema de acusación y persecución al servicio de un régimen de carácter dictatorial.

Maibort Petit fue testigo directo del proceso judicial contra los llamados “narcosobrinos”, hijos adoptivos de Nicolás Maduro, provenientes de un primer matrimonio de su actual esposa, Cilia Flores. Fue a partir de ese proceso que conocí su trabajo. En su libro, Petit reconstruye minuciosamente la investigación y el juicio, así como la operación de la DEA estadounidense que llevó a la detención de los jóvenes, quienes aceptaron reunirse para negociar una operación de tráfico de cocaína en un territorio que permitió su captura en flagrancia. Fueron detenidos, procesados y condenados. Posteriormente, fueron liberados tras una gracia concedida durante el gobierno del presidente Joe Biden, en el marco de un acuerdo que contemplaba la convocatoria a elecciones en Venezuela, compromiso que finalmente no fue cumplido por el régimen de Maduro.

La trayectoria de Petit incluye también la cobertura de otros procesos relevantes, como el del expresidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, acusado y condenado por narcotráfico. Hernández ha sido recientemente liberado y, según se ha informado, ha decidido permanecer en los Estados Unidos.

En la apertura del proceso judicial al que Maibort Petit asistió recientemente, la periodista relató haber encontrado a un Nicolás Maduro aguerrido, confrontacional y lejos de cualquier actitud de abatimiento. Durante la audiencia, Maduro declaró: “Yo soy el presidente legítimo de Venezuela”, afirmación que Petit se apresura a precisar como falsa, pero que él sostuvo ante el tribunal. A ello añadió que se consideraba un prisionero de guerra secuestrado por el ejército de los Estados Unidos y que se acogía a los Acuerdos de Ginebra.

La mención explícita a Ginebra permitió anticipar la línea de defensa que se desplegaría. Se trata de una estrategia jurídica compleja y costosa. El abogado defensor es el mismo que representó a Alex Saab y a Julian Assange, una figura ampliamente reconocida en Nueva York. En palabras de Maibort Petit: “Lo hemos visto en varios casos de crímenes. Tienen una plataforma y una estructura que realmente cuesta mucho dinero, pero son de los mejores en Nueva York.”

Cilia Flores, por su parte, fue observada por Petit visiblemente afectada desde el momento de su detención. En esta audiencia se la vio cabizbaja y con tumefacciones en el rostro; solicitó atención médica, lo que fue consignado durante la sesión. Se trata apenas de la primera audiencia, pero permite una primera evaluación: Maduro no se mostró arrepentido ni debilitado por su detención ni por su permanencia en una de las cárceles más duras de los Estados Unidos. Lejos de ello, su actitud pareció aún más desafiante.

No estamos frente a un intelectual ni a un líder formado académicamente. Estamos ante un hombre que ha desarrollado una astucia práctica a lo largo de múltiples etapas de poder, que supo ganarse la confianza de la cúpula cubana y recibió el aval directo de Hugo Chávez, quien pidió explícitamente al pueblo venezolano que lo eligiera como presidente de la llamada Revolución Bolivariana. Desde entonces, Maduro se mantuvo en el poder con pleno conocimiento del precio de cada lealtad, apoyado por figuras clave como Delcy Rodríguez, sobre cuya fidelidad han surgido dudas persistentes y a quien algunos señalan como posible eslabón en negociaciones que habrían facilitado la localización y entrega de Maduro y Flores.

El juez del caso —nombrado durante la presidencia de Bill Clinton— actúa dentro de una estructura judicial en la que el peso central del proceso recae en la fiscalía. En el sistema penal estadounidense es el fiscal quien construye el caso, presenta las pruebas y diseña la arquitectura jurídica que permite al juez dictar sentencia.

Un elemento que Petit subraya como particularmente revelador es la presencia de grupos que manifestaban apoyo a Maduro y exigían su liberación. Para la periodista, este fenómeno no puede entenderse como espontáneo ni reciente. El financiamiento de estructuras, grupos de presión e incluso de ciertas instituciones en el exterior ha sido, según su análisis, parte de la estrategia del régimen chavista para sostenerse en el tiempo. Si el control interno sobre una población empobrecida y vigilada ha sido absoluto, la proyección internacional mediante recursos económicos también ha jugado un rol decisivo.

Este episodio, profundamente latinoamericano en su origen, tiene implicancias globales. Obliga a reflexionar sobre los intereses cruzados, las alianzas estratégicas y las conciencias compradas que permiten la supervivencia de regímenes que generan sufrimiento masivo. La experiencia narrada por Maibort Petit no busca impactar emocionalmente de forma gratuita, sino dejar constancia de un proceso cuyo alcance excede con creces las fronteras de Venezuela y plantea preguntas incómodas al orden internacional contemporáneo.