La crisis financiera mundial empezó hace diez años y dio lugar a la peor recesión sufrida en la Unión Europea en sus seis décadas de historia. La crisis no empezó en Europa, pero las instituciones de la UE y los Estados miembros tuvieron que actuar resueltamente para contrarrestar su impacto y abordar las deficiencias de la creación inicial de la Unión Económica y Monetaria. Esta intervención decisiva ha dado su fruto: en la actualidad, la economía de la UE crece por quinto año consecutivo. El desempleo registra sus cifras más bajas desde 2008, los bancos son más fuertes, la inversión está repuntando y las finanzas públicas están más saneadas. La reciente evolución económica es alentadora, pero queda mucho por hacer para superar el legado de los años de crisis.

El comisario Pierre Moscovici, responsable de Asuntos Económicos y Financieros, Fiscalidad y Aduanas, ha declarado: «Diez años después del comienzo de la crisis mundial, la recuperación de la economía europea se ha consolidado y ampliado. Debemos aprovechar este impulso positivo para completar la reforma de nuestra Unión Económica y Monetaria. No todos los legados del pasado se corrigen automáticamente. Hemos observado cómo se han generado mayores divergencias sociales y económicas en los Estados miembros y entre ellos. Es esencial que nuestra labor futura contribuya a la convergencia real y sostenida de nuestras economías».

Hace diez años, el 9 de agosto de 2007, BNP Paribas se convirtió en el primer gran banco en reconocer el impacto de su exposición a los mercados de hipotecas de alto riesgo en los Estados Unidos de América, al tener que inmovilizar fondos. En los años siguientes, lo que era inicialmente una crisis financiera y bancaria se convirtió en una crisis de deuda soberana, que afectó pronto a la economía real. La Unión Europea cayó en la peor recesión de su historia, que ha dejado profundas marcas en los ciudadanos, empresas y las economías de los Estados miembros.

En esta coyuntura adversa, las instituciones de la UE y los Estados miembros tomaron decisiones políticas enérgicas para contener la crisis, preservar la integridad del euro y evitar resultados aún peores. La UE ha trabajado para regular el sector financiero y mejorar la gobernanza económica; alentar nuevos marcos institucionales y jurídicos comunes; crear un cortafuegos financiero para la zona del euro; ayudar a los países que atravesaban por dificultades financieras; mejorar las finanzas públicas de los Estados miembros; llevar a cabo reformas estructurales y estimular la inversión; combatir el desempleo juvenil; mejorar la supervisión del sector bancario; aumentar la capacidad de las entidades financieras para hacer frente a los retos del futuro; y establecer métodos para gestionar y prevenir mejor posibles crisis. El número de Estados miembros cuya moneda es el euro ha pasado de 12 a 19, y el euro es ahora la segunda moneda más importante del mundo. De los ocho Estados miembros de la UE que recibieron ayuda financiera, únicamente Grecia está todavía sometida a un programa, del que se prevé que salga a mediados del año 2018. Solo tres Estados miembros están sometidos a la vertiente correctora del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, el llamado procedimiento de déficit excesivo, frente a 24 Estados miembros en el momento más grave de la crisis. El Plan Juncker, el Plan de Inversiones para Europa, que se puso en marcha en noviembre de 2014, está listo ahora para movilizar más de 225 000 millones de euros en todos los Estados miembros.

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