Nuevos vientos en la política exterior de Estados Unidos: Trump y Putin ante los factores Siria y Ucrania. Por Jorge Riquelme Rivera

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Security Council meeting on The question concerning Haiti.

En el ya clásico libro Poder e interdependencia. La política mundial en transición, Robert Keohane y Joseph Nye caracterizaban al mundo como un escenario determinado por la interdependencia, es decir, una situación marcada por los efectos recíprocos entre los países y otros actores en diferentes Estados, derivados de los cada vez más intensos flujos de dinero, bienes, personas y comunicaciones a través de las fronteras. Para estos autores, la interdependencia compleja comprendía una nueva etapa mundial, donde el Estado territorial, actor predominante en la política internacional durante cuatro siglos, paulatinamente perdía fuerza ante el desarrollo de actores no territoriales, como las empresas multinacionales, los movimientos sociales y las organizaciones multilaterales regionales e internacionales. En tal contexto, la guerra perdía fuerza como medio de solución de conflictos entre los Estados.

Complementando tales argumentos, en un trabajo posterior, Keohane analizaba la política mundial bajo el prisma del institucionalismo. Bajo esta perspectiva, reconociendo que los Estados seguían siendo actores prominentes en los asuntos mundiales, el autor destacaba el creciente proceso de institucionalización multilateral de las relaciones internacionales, lo que tenía un efecto significativo en el comportamiento de los gobiernos, por cuanto se relacionaba directamente con las posibilidades de comunicarse y cooperar entre ellos. Para Keohane las instituciones remitían a un conjunto de reglas (formales e informales) persistentes y conectadas, que prescriben papeles de conducta, restringen la actividad y configuran las expectativas. En suma, en un contexto internacional donde se desarrollan y complejizan las instituciones multilaterales, que regulan la convivencia entre los actores de la sociedad internacional, la conducta de los Estados se hace cada vez más predecible, superando el clásico esquema hobbesiano, caracterizado por la constante lucha por la propia seguridad.

Con ciertos vaivenes, este fue el esquema bajo el cual se movió el ex Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, luego de las graves convulsiones mundiales generadas por la guerra de Irak y la política exterior acentuadamente unilateral puesta en marcha por la anterior administración de George W. Bush y su Cowboy Diplomacy. Obama procuró poner un mayor acento en el multilateralismo, moderando las antiguas tendencias hegemónicas de la administración conservadora anterior, lo que se expresó, por ejemplo, en un cierto distanciamiento de la postura israelí respecto de la denominada cuestión palestina. El discurso pronunciado a mediados de 2009 en la Universidad de El Cairo por Obama fue particularmente sintomático, al señalar que en el conflictivo escenario internacional que se enfrentaba, “El Islam no es parte del problema en el combate del extremismo violento, es una parte importante de la promoción de la paz”. De este modo, el Presidente estadounidense tomaba distancia de los argumentos favorables a un supuesto choque de civilizaciones, como lo planteara en los noventa Samuel Huntington.

Pero esta tendencia moderadora de la política exterior americana, con el nuevo inquilino de la Casa Blanca, ha entrado en un franco retroceso. Ya el institucionalismo parece quedar atrás en el Departamento de Estado, en favor de una nueva tendencia proteccionista que podría calificarse como Realista Narcisista, donde la apreciación global americana vuelve a concebir al mundo como escenario de guerra y conflictos, planteando un decidido retroceso hacia el aislacionismo. “América primero” es la nueva consigna de un Narciso que se vuelve otra vez hacia su reflejo y que, cuando se gira, sólo contempla riegos y desazón, lo que también augura un nuevo impulso al Departamento de Defensa en asuntos exteriores, en desmedro del multilateralismo.

Al parecer, la nueva conducta de Estados Unidos oscilará entre dos tendencias que parecen incongruentes: entre el aislacionismo y el intervencionismo o el policía mundial. Pero si en el clásico Realismo la conducta de los Estados era racional, en esta nueva mirada Narcisista prima lo irracional e impredecible. Y ante esta situación, las relaciones entre la potencia americana y Rusia parecen particularmente preocupantes.

Ambos países denotan evidentes signos de pérdida de su status internacional, no en vano, Trump hizo célebre su consigna “Make America great again”. Por un lado, diversos actores emergentes, particularmente en el caso de China, han apoyado la conformación de un contexto crecientemente multipolar, marcado por la erosión de la antigua hegemonía estadounidense y el fin de la Pax Americana. Por otro, Rusia se siente cercada en sus propias fronteras por occidente, en un contexto de grave estancamiento económico y demográfico, que ha atizado las tendencias nacionalistas en este país. Y ante tal escenario, la situación de Siria y el conflicto en Ucrania aparecen como la piedra de toque de las relaciones ruso-americanas.

En la época de campaña, Trump apareció como un campeón de las relaciones con Rusia, valorando especialmente a su líder, Wladimir Putin. Éste se presentaba entonces como un aliado relevante para contener a China y enfrentar coordinadamente al Estado Islámico, pero a poco andar esta cercanía ha demostrado ser superficial y poco sólida. Representaba meramente una estrategia mediática para golpear audiencias en tiempos de campaña. Una vez en la Casa Blanca, la política de competencia vuelve a aparecer nuevamente en escena. Trump ha comenzado por aumentar los gastos militares y su “afinidad espiritual” con Putin ha quedado atrás. Ambos líderes han vuelto prontamente a las realidades del poder, como parte de dos países con poderosos arsenales nucleares.

Es cierto que gran parte de las tendencias que evidencian actualmente las relaciones internacionales pueden ser analizadas desde el prisma del Institucionalismo Liberal, que pone un énfasis en la cooperación, el multilateralismo y la interdependencia, sin embargo, al analizar las relaciones entre Estados Unidos y Rusia, a la luz del caso sirio y la situación de la zona eurasiática, es el Realismo y sus supuestos sobre el conflicto y la continua lucha por el poder el que se presenta como el paradigma más adecuado.

Por un lado, el reciente ataque aéreo realizado por Estados Unidos en Siria, que involucró el uso de misiles de Tomahawk sobre la base militar de Shayrat, en respuesta a la utilización de armas químicas por parte del régimen de Bashar al Asad, ha vuelto a tensionar las relaciones con Rusia, gran aliado de dicho régimen y el responsable de la inactividad del Consejo de Seguridad en la zona. No olvidemos que históricamente ha sido Rusia el miembro del órgano que más veces ha utilizado el mecanismo del veto, seguido por China y luego por Estados Unidos. También, el bombardeo augura un nuevo impulso a una política estadounidense coherente con un mundo donde prima el choque de civilizaciones.

Rusia condenó fuertemente el hecho, comparándolo con el ataque de Estados Unidos sobre Irak de 2003, al mismo tiempo que cortaba toda coordinación en la lucha contra el terrorismo. En una declaración oficial, emitida al respecto por el gobierno de Rusia el pasado 7 de abril, se señala que “No por primera vez Estados Unidos aplica un similar enfoque irrazonable que tan solo agudiza los problemas existentes y crea una amenaza a la seguridad internacional. La propia presencia de los militares de Estados Unidos y otros países en el territorio de Siria sin obtener el visto bueno del Gobierno de este país o del Consejo de Seguridad de la ONU viola de modo burdo y sin fundamento el Derecho Internacional”. Al mismo tiempo, la declaración instaba al Consejo de Seguridad a convocar una reunión extraordinaria para abordar tal situación.

Para Putin, los ataques estadounidenses constituyen una agresión contra un Estado soberano y una violación del derecho internacional. A su vez, el Ministro de Relaciones Exteriores Serguéi Lavrov, advirtió que dicha acción “daña las ya de por sí maltrechas relaciones entre Rusia y Estados Unidos”. En otro frente, ciertos países de la Unión Europea, como Reino Unido, Francia, Alemania e Italia, apoyaron la acción del gobierno de Trump, apreciándola como una respuesta comprensible al terrible bombardeo químico realizado por el régimen sirio.

Y por otro lado, cabe realizar igualmente algunas consideraciones en torno al escenario ucraniano, que actualmente es el marco de despliegue de Rusia, en su intento por recuperar su antigua posición de superpotencia, perdida luego del fin del conflicto bipolar y la implosión de la Unión Soviética. En cierta manera, el conflicto ruso-ucraniano representaría una vuelta a la Guerra Fría y la estrategia asociada de la constante lucha por esferas de influencia. En esta búsqueda por el poder y el status, Rusia estaría tratando de mantener a ciertos actores extrarregionales fuera de su patio trasero estratégico, como es el caso de la OTAN, con la protagónica presencia de Estados Unidos, y la Unión Europea, demostrando su poder en la zona, al mismo tiempo que señala que el conflicto es esencialmente interno, apoyando subrepticiamente a los sectores pro-rusos de Ucrania, en una estrategia similar a la utilizada anteriormente en espacios como Abjasia y Osetia del Sur.

En un contexto de marcadas asimetrías entre los actores envueltos en el conflicto, Ucrania estaría buscando apoyos desde Occidente en pro de inclinar la balanza de poder, aunque modestamente, en su favor, al mismo tiempo que Rusia busca mantener a Ucrania en su esfera de influencia. Ciertamente, la intervención de Rusia en Ucrania y la invasión de Crimea han roto normas elementales del sistema internacional, lo que le ha implicado sanciones desde Estados Unidos y Europa, que han terminado por afectarlo.

Actualmente, la población de Ucrania expresa fuertes divisiones y escasa cohesión, con sectores que mantienen un posicionamiento favorable a las corrientes europeístas y pro-occidentales –como es el caso de su actual gobierno-, mientras otros sectores son manifiestamente pro-rusos, situación que se ve agudizada por la situación geográfica del país, virtualmente dividida al nivel río Dnieper, en cuyo lado oriental el Estado ucraniano tiene problemas al momento de ejercer el control político y la soberanía efectiva.

Luego de Rusia, Ucrania es el país más grande de Europa, representando una fuente de conflicto entre Occidente y aquel país prácticamente desde su independencia el año 1991. El conflicto en dicho país evidencia el interés del Oso Ruso por buscar nuevos espacios para su posicionamiento global, siendo Crimea un lugar estratégico, por su acceso al mar Negro. Tampoco debe olvidarse que gran parte del gas que Rusia exporta hacia Europa pasa por Ucrania, lo que lo transforma en un corredor especialmente valioso para sus intereses.

A lo anterior, se agrega el relevante potencial agrícola de Ucrania, que lo ha puesto en diversos momentos de su historia en los ojos de las potencias, así como su vinculación con el mar negro, espacio que se ha configurado como un escenario de cooperación y conflicto, aunque esta última situación resulta actualmente la más vigente, como lo expresa la invasión de Rusia sobre Crimea –cuya población tiene un origen ruso-, que de facto ha implicado una relevante pérdida de territorio de Ucrania, pese a que esta situación no haya sido oficialmente aceptada desde la comunidad internacional, por considerarla ilegal e ilegítima. Esta anexión, que data del 2014 –que incluye el puerto de Sebastopol, donde se encuentran las flotas rusas- junto a las actividades de los pro-rusos, han reforzado las tendencias en pro de Europa en el gobierno de Ucrania, que había mostrado una estrecha cercanía con la administración de Barack Obama.

Siendo la OTAN la herramienta predilecta de Estados Unidos en la zona, las ácidas críticas de Trump a este mecanismo prontamente han sido matizadas por su Secretario de Estado, Rex Tillerson, quien recientemente ha señalado que su país valora especialmente el trabajo de la organización, para cuya labor resulta imperativo que los miembros europeos lleguen al 2% del gasto del PIB en el plano militar, tal cual lo habían acordado en 2014. Para la potencia americana, la OTAN resulta el instrumento fundamental para frenar la agitación de Rusia y contenerla, especialmente tras la anexión de Crimea y el conflicto separatista ucraniano.

Estados Unidos ha vuelto su mirada a la OTAN, en el contexto de una Europa con signos de fragmentación ante la inminente salida del Reino Unido de la Unión Europea. Norteamérica y el viejo continente, actuando colectivamente, parecen los únicos capaces de contener a Rusia, cuya debilidad parece desestabilizadora –con una economía y demografía estancadas. El bombardeo de Estados Unidos sobre Siria, así como el caso de Ucrania, pueden representar los factores catalizadores de esta cooperación, a fin de que el antiguo hegemón, luego de tantos tropiezos en los inicios del nuevo gobierno, se enrumbe y vuelva otra vez su cara al concierto internacional. Para que aquel país se gire y abandone el narcisismo y el antiglobalismo, que tantos costos le han significado a él y al mundo, entendiendo que la seguridad se alcanza en conjunto, con una mirada renovada y más cercana al multilateralismo, el gran huérfano de la política exterior de la era Trump.

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